Campos de Tierra

Julio César Izquierdo


El sosiego

05/09/2020

Resulta extraño a la par que paradójico, pero, como Tiburcio, muchos me dicen que anhelan y sueñan con la tranquilidad de lo rural. Volver a ser lo de antes, en el sentido de menos jaleo, menos gente y bullicio. Quizá, por el miedo, por la permanente prevención, por evitar colas en las tiendas, por disponer de más espacio en las terrazas. Y no, no va contra nadie. Es algo que subyace en el subconsciente. Suele pasar. Hay unas semanas en las que el desfilar de personal a sus destinos trae una extraña serenidad, como un retorno al sosiego, tan habitual el resto del año. Aunque, señalan, se agradece que algunos decidan alargar y prolongar su estancia en sus casas, principalmente los mayores. Retorno a los orígenes, a descubrir y vivir todo aquello que dejaron atrás. Y es que, entre pandemias y décadas sufriendo la despoblación, un amplio porcentaje de moradores han interiorizado la soledad y ya no piden ni peras al olmo. Es lo que hay, es lo que hubo. Ojalá, a pesar de que los pagos de pueblos y villas consigan tener un repunte de vida, de inversión, de más viviendas abiertas a lo largo del año. Que todo fluya. Ya no urgen milagros, ya no se cree en nada, tampoco en fórmulas que resuelvan la papeleta. Tal vez porque, los que se han quedado lo hicieron y hacen por filosofía de vida. Por ello se recrean en el paseo matinal, en perderse con la mirada en el horizonte amplio de los campos de tierra, en convertir en modalidad olímpica el café de patio y el vermú de bodega. Sí, y ahora más, cuando el aforo se cumplirá por bemoles y por falta de concurrencia. Es así, cierto a no poder más. Con todo, el turismo de interior ha sido genial, así como la presencia de turistas y el  incremento de pernoctaciones en los establecimientos del ramo. Muchos, afirma Tiburcio, han destapado los tesoros que tenían en lo cercano. Y a lo mejor no entraba en sus planes, pero mire usted por dónde, nos ha venido bien. En fin. El curso de la vida seguirá su navegación, esperemos que no falle la brújula ni el sentido común, aunque no todo depende de la responsabilidad individual. Conviene recordar aquello de «no puedo mandar mis barcos a luchar contra los elementos». Y vive Dios que hay mucho elemento. Veremos qué pasa mientras.