Ajo, guindilla... y limón

Javier San Segundo


Pitorro 

10/10/2020


Que algo célebre, fino y, a la vez, popular sea denominado como alguien, suele ser motivo de honra para ese sujeto, que lo atesorará en su mochila con dicha y orgullo… incluso en silencio. Y hoy he sido testigo de cómo una preciosidad de seis años, llamada Olimpia, se sonrojaba cuando su tía me revelaba que en el rótulo del bar de sus papás rezaba su nombre como emblema del negocio que les procura el sustento familiar y del profundo amor que profesan a esa joya que sonríe cada vez que cruza la puerta y les regala un beso después de las clases.
Supongo que aquella Margarita, esposa de aquel cliente de Lorenzo Hernández en el Kentucky Bar de Ciudad Juárez, México, y hablamos del año 1942, se regocije (Dios la mantenga en nuestra gloria) con el mismo orgullo con el que Olimpia hoy ha alumbrado de sol un día nublado, cuando le piten los oídos porque se ha solicitado en una barra el cóctel que lleva su nombre. 
Y qué rico sabe ese sorbo de la copa impregnada con limón para que la sal que remata el trago se adhiera a su borde y el conjunto fluya por nuestras papilas cerrando los ojos, filosofando lo que nos salga del higo y sintiendo el cariño del bartender que lo ha preparado para nuestro disfrute y deleite.
Pero de la misma manera que la sal se agarra al filo del cristal por la humedad del cítrico que lo ha empapado, se queda pegado el mosquito que nos ha tocado los redaños a la hora de la siesta en el pitorro del cañero de cerveza si se ha sumergido, el pitorro, en el zumo de cebada fermentado (valga) cuando nos ponen una caña.
Si el cliente es un luchador innato contra todo aquello que perturba la paz de su descanso a la hora de la cabezadita después de las lentejas, quizás se relama en las mieles de saberse vencedor tragándose el alma, y el cuerpo, de su adversario en el duermevela. Pero, por lo general, engullir un insecto en una cañita, si no viene en carta, no suele ser del agrado de la feligresía.
Indagaremos en el tiraje profesional de la cerveza, como es menester, que, siendo un arte, está al alcance de cualquiera si se pone un poco de interés por aprenderlo y por maniobrarlo; pero, por lo pronto, nada que no se haya solicitado expresamente debe invadir la línea de flotación del oro amarillo que vamos a metabolizar en nuestro organismo.
Vamos… que el pitorro del cañero, lejitos de la cerveza.