COLABORACIÓN

Fernando Lussón

Periodista


La hora electoral

06/04/2021

Cuando el pasado martes el candidato a la investidura como presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, no alcanzó el número de votos necesarios para lograrlo se puso en marcha el reloj de dos meses para que ese proceso concluya o se dé paso a la convocatoria de unas nuevas elecciones. Aunque parece que la política española se ha abonado a las repeticiones electorales, consideradas como una segunda vuelta que apuntala los resultados previos sin que se produzcan vuelcos sustanciales, es difícil suponer que los partidos independentistas están dispuestos a pegarse un tiro en el pie y no aprovechar que el 14-F arrojó una mayoría absoluta en votos y escaños para su propuesta secesionista.  

El reloj, por tanto, se ha puesto en marcha, pero puede parar sus giros en el momento en el que tanto ERC como JxCat asuman que su posición es susceptible de empeorar si no alcanzan algún acuerdo, aunque sea limitado y parcial, pero que aleje una nueva crisis hasta que esta se haga insoportable o invivible como ocurrió bajo el mandato de Quim Torra. A los catalanes no les ha quedado más remedio que acostumbrarse a vivir en la incertidumbre del cuándo y del cómo, pero seguros de que los “indepes” se pondrán de acuerdo a pesar de todo: el “pas al costat” de Artur Mas es un ejemplo relevante.  

Ocurre, además, que el tiempo del independentismo no se puede medir por los métodos convencionales. El soberanismo tiene prisa por alcanzar su objetivo final, pero sabe que el camino es largo y que tendrán que pasar por muchas vicisitudes y realizar innumerables sacrificios. En ese tránsito, que haya generaciones perdidas no tiene la menor relevancia, que la economía se hunda, y que Cataluña haya dejado de ser el motor de España es un tiempo muerto que se podrá recuperar en el futuro, que los servicios públicos no funcionen de la mejor forma posible es un peaje transitorio… Los dos meses hasta una nueva convocatoria electoral, más todo el proceso siguiente y el de negociación para la formación de un nuevo Govern sería otro medio año perdido para la ciudadanía.  Un tiempo irrelevante ante el horizonte de la eternidad nacional  

En el ínterin hasta una hipotética nueva convocatoria de elecciones es ilusorio pensar que se vaya a producir un cambio de paradigma y que aquello que no fue posible tras las elecciones, un acuerdo transversal que implicara a los representantes de la mayor parte de los catalanes, vaya a producirse en este tiempo. ¿Un acuerdo PSC-ERC? Sería deseable, pero es una hipótesis muy lejana porque ERC no tiene interés estratégico ni el suficiente valor político para dar ese paso, que quizá fuera posible tras otras elecciones, con una nueva mayoría del PSC y si los independentistas pagan la factura de su desacuerdo.  

Dado que la acumulación de fuerzas que pretendían, junto a un diálogo sereno sobre sus pretensiones a sabiendas de que no son posibles por la vía legal, en ERC prefieren el mantenimiento de las existentes y someterse a las intenciones de ir al choque con el entramado constitucional, como quieren los antisistema de la CUP, y desea Carles Puigdemont desde Waterloo, al frente de su Consejo para la República con el que pretende marcar la acción estratégica del Govern.  

Sería una sorpresa que el reloj catalán llegara a dar la hora electoral.