DESDE EL ALA OESTE

Fernando Aller

Periodista


Erasmus rural

02/04/2021

Es prematuro saber en qué medida el coronavirus cambiará nuestros hábitos de vida, pero de lo que no cabe la menor duda es que la trágica experiencia ha removido conciencias y nos ha obligado a plantear interrogantes sobre asuntos que se daban por sobreentendidos, implícitos en las relaciones económicas, laborales y de convivencia. Cuestión distinta es que hayamos aprendido alguna lección o que al final, superado el trauma por la vacuna, todo siga igual. Pero de momento, y ya es positivo, ahí está la incertidumbre, la discusión sobre si es posible un mundo con menor aglomeración urbana, si carece de sentido vivir en colmenas que hipotecan más de la mitad del salario y la vida laboral completa.

En medio de esta tesitura surge ahora un proyecto del Gobierno con el ánimo de visibilizar el medio rural entre la población más joven. El pasado lunes la ministra para la Transición Energética y el Reto Demográfico, Teresa Ribera, presentó un programa auspiciado por la Unión Europea con la pretensión de que los jóvenes universitarios accedan a prácticas laborales en los pueblos de la España vaciada, o en riesgo de despoblación. El proyecto ha sido denominado ´Erasmus Rural´ y pretende generar oportunidades de empleo y propiciar una diferente “conexión emocional con el territorio”. Introducir en la mente del joven universitario la idea de que no está abocado inexorablemente a vivir en las grandes capitales o, más grave, en países extranjeros, ya constituiría un logro si los objetivos marcados finalmente se cumplen. El Gobierno de Aragón y la Universidad de Zaragoza fueron pioneros en España en esta materia hace unos años y la experiencia resultó prometedora.

A nadie se le oculta que la complicidad emocional que se pretende necesita del soporte pragmático de la realidad. Los gobiernos regionales son los máximos interesados y han de ser los mayores promotores de las condiciones que auspicien el desarrollo de iniciativas económicas privadas. Sería bueno que, rompiendo precedentes sobrados y conocidos, no se confundan las medidas de impulso con las cortapisas burocráticas. Con demasiada frecuencia las mejores intenciones acaban en la ciénaga de los papeles.



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