A vuela pluma

Elisa Docio Herrero


Paranoia antivírica    

26/07/2020

Entendíamos por sentido común esa intuición para comprender las cosas que nos conduce en la vida por el camino adecuado. La expresión «es de sentido común» se utilizaba como argumento irrebatible, si no lo tenías de forma automática te ganabas un asiento en el banco de los tontos. Y si además, te caía un «no sabes pensar» o «no sabes lo que dices» el camino estaba cerrado a cal y canto «ahora qué hago, qué digo». Pero en los tiempos actuales, llamados de la posverdad, ya no se alude a este sentido, ya ni tan siquiera a los datos científicos. Ahora cuenta más lo que sentimos o las emociones que queremos sentir que la realidad más contundente. Lo vemos en la forma de afrontar la gran pandemia del Covid-19. Hay opiniones bárbaras que se quieren hacer valer como verdades absolutas. Me refiero a los negacionistas. Esas pandas de ignorantes que mantienen sin fisuras que esta pandemia no existe, que no trae más contagios ni más muertes que la gripe común o, ya en el extremo de la paranoia, que se la ha inventado Bill Gates para meternos un chip en el cuerpo y poder controlarnos como a robots al servicio de no se sabe qué interés. En esta parte el argumento está por perfeccionar, los paranoicos aún no han logrado determinar para quien es el interés. Algunas de las nuevas sectas no-covid sí que tienen intereses muy concretos, en el fondo son económicos, les va la vida laboral o empresarial. Desde este punto de vista es comprensible, a todos nos preocupa y mucho la que está por caer, pero negar la evidencia no evita las pérdidas y tendremos que superar el duelo. Y ya en el límite extremo están los que niegan la eficacia de la mascarilla e incluso se rebelan en concentraciones y manifestaciones públicas contra su uso obligado. ¿De qué carencia hablamos? Acaso de neuronas funcionales, simplemente.
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