Otra mirada

Carmen Quintanilla Buey


Dos retazos    

08/10/2020

Años atrás, la modista a la que yo acudía tenía en su taller un cesto de mimbre y allí introducía pequeños trozos de tela que eran los residuos de las prendas que confeccionaba, los llamaba retazos y se los entregaba a su madre, que al unirlos lograba auténticas maravillas artesanales como cojines, edredones, colchas.... A estos minuciosos trabajos lo llamaban retacería. Y eran muy meritorios. Los trozos más grandes, llamados retales, eran más aprovechables, y tenían más aplicaciones.
Yo también guardo pequeños retazos literarios, y aquí van dos, y lo mismo que los de mí modista, también son de distinto colorido. Empiezo por uno pequeñito y a cuadros: Hace pocos días me desperté llorando. Pasé todo el día profundamente triste, comí poco y con desgana, no respondí a las llamadas telefónicas, y me pregunté: ¿Por qué estoy fatal, si no me pasa nada?. Y una voz me respondió desde mi fuero interno: Pues estás fatal precisamente por eso, porque no te pasa nada. Lo ideal, es que pasen cosas. Si son buenas, para sentir una alegría inmensa. Y si son malas, para sacar la fuerza, el valor, y el sacrificio para afrontarlas, resolverlas, superarlas....¡Hace falta que pasen cosas, para que rellenen vidas!. Sí, sí, todo muy filosófico lo que me dijo el fuero interno, pero hace falta mucho valor en algunos casos. 
El segundo retazo es marrón oscuro: Todos conocemos en el pueblo un hombre mayor, achacoso, con dificultad para andar, de aspecto deplorable cuya misión consiste en revolver contenedores de basura y extraer cositas que va introduciendo en dos talegos que cuelga al hombro. Se supone que son desperdicios de comida que constituirán su alimento. Pacífico, serio, triste, resignado, no hace daño a nadie, no se le conocen delitos ni ofensas, pero a mí me apena y desconcierta. Solamente me resigno cuando oigo decir que no admite consejos, sugerencias... que su capricho es vivir así. Hace unos días, al ir a realizar la compra, le vi revolviendo en el contenedor de mi calle. Pasé cerca de él, y como siempre vi que introducía cosas en sus talegos. Y de pronto noté que hacía un gran esfuerzo por sacar a flote algo que debía estar muy oculto.No me moví hasta ver qué era. Y muy triunfante logró sacar a flote, y enterito... ¡un periódico! Muy triunfante, se aposentó en un banco de la plaza, dejó sus talegos en el suelo, se recostó en el respaldo... y allí le dejé leyendo. Y yo me fui muy feliz a realizar mi compra, tras comprobar que no están reñidos el hambre y la cultura.