Para bien y para mal

Jesús Mateo Pinilla


Las cuquis

25/08/2020

Las actitudes humanas son patrones. La peste negra se originó en las proximidades del lago Issyk-cul de Asia central, como ahora la pandemia, y también se la negó, como ahora hace Miguelito Bosé. Pero al extenderse por los mercaderes del mediterráneo y el norte de Europa se vio su magnitud. En un año 1347, la peste bubónica, el bacillus pestis, mató a la tercera parte de Inglaterra y entre 1347 y 1351 a setenta y cinco millones de europeos. Esta letalidad comparable con la segunda guerra mundial, donde con mayor población, murieron cincuenta y cinco millones de civiles y militares en Europa y Asia, hizo a los negacionistas bajar la cabeza. 
Se produjo otra corriente filosófica, el fatalismo: si tu vida se la puede llevar de madrugada el enterrador, lo que has de hacer es comer, beber y divertirte en el burdel. Cuando la línea entre la vida y muerte está tan definida no caben eufemismos, ambigüedades, ni disimulos y se busca el amor, el placer, el prostíbulo, al que el mundo en eterna contradicción niega su existencia. Eros y Tánatos, piedra clave de Bataille.
Se persigue al prostíbulo demoniaco, donde se ha de evitar el hacer el amor con la mismísima muerte y la propagación de la epidemia. Las cuquis invaden la calle. Las prostitutas se concentraron solo para Reyes en retiros, la Roserie de Eduardo II de Inglaterra y un agente papal, Guillermo de Testa, funda el club social Aulus Comitis.
El pueblo buscaba en la calle, como en la Roma clásica, a las ambulatorae, callejeras. A las deambulantes, las obligan a vestir de forma diferente a las damas. Como a las prostitutas romanas, Londres da normas de vestuario, emitiendo una ordenanza que prohibía a las mujeres de la calle llevar capucha. Por eso las mujeres de las orgías narradas en películas diabólicas cubren la cabeza con capuces o capirotes que preservan su identidad. En Valencia, en los años setenta, deambulaba por Vellouters una antigua pilingui completamente vestida de blanco para decirnos que estaba limpia del Treponema Pallidum, la sífilis. 
A Irene Montero, Ministra de Igualdad, la falta perderse por la historia. Comprendería al Eclesiastés: «Nada nuevo bajo el Sol» y vería que a los burdeles no los mató ni el Rey.