La madeja

Froilán de Lózar


‘Apocalypto’

12/03/2021

No me canso de ver Apocalypto. Creo que la he visto veinte veces y entiendo a Mel Gibson cuando dice que no debe considerarse un documento histórico. Un hombre cautivo, herido de muerte, logra escapar de una tribu que quiere utilizarlo como diana. A la película, que se rodó en 2006, en el estado mexicano de Veracruz, no le ha faltado su buena dosis de polémica por el tratamiento de algunas escenas, que enseguida algunos medios resumieron como la pretensión de contarnos las costumbres y los sacrificios de los mayas en torno al año 1500. Algunas historias están basadas en lo que cuenta el sacerdote Francisco Diego de Landa (1524-1579) que afirma haber sido testigo de sacrificios humanos y que entra en contradicción con Bartolomé de las Casas que, por el mismo tiempo, lo relata de manera distinta en su obra Breve resumen del descubrimiento y destrucción de las India» (1542). Es una película con todos los ingredientes que se necesitan para pasar un rato. El director, que ha estudiado bien toda la trama, ambientada en un escenario que fue el mismo origen de las tribus que se citan, debe recurrir también al suspense que se palpa segundos antes del eclipse, cuando el hechicero advierte que los dioses han pedido que se detenga el sacrificio. Mel Gibson, que nos deja ya una buena lectura como actor en el Patriota, apunta bien los tiempos en la cima de la pirámide, donde según los investigadores se realizaban los rituales mayas. Allí, en cuestión de segundos, un sacerdote abre el pecho de la víctima y arranca el corazón como una ofrenda. Una persecución a través de la selva que va diezmando al enemigo y le lleva a rescatar a la mujer que ama. También viajamos con la imaginación hacia otros momentos de la historia. Y lo que nos sugieran las escenas no cambia nada de lo que pasó en realidad. El mundo actual, que tanto avanza tecnológicamente, no duda en juzgar los acontecimientos del pasado y de pedir justicia. Ahora hay una persecución a los hechos históricos, a los personajes y caudillos de otros siglos, como si su criminalización fuera a librarnos de tantos monstruos como caminan a diario entre nosotros. Porque no los vemos, o no los queremos ver, pero ahí están, al acecho, más cerca de lo que pensamos. Y no son parte de ninguna película.