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Antonio Álamo

Antonio Álamo


OTAN

28/04/2022

La OTAN, como todo el mundo sabe, es una organización que ha recobrado cierta popularidad gracias a la reciente invasión de Ucrania por Rusia. España forma parte de ella y los avatares de su entrada pueden refrescarse en cualquier manual de historia porque algunos son más propios de una comedia de enredo que de una decisión histórica. A quien le quede alguna duda sobre esta aseveración puede esclarecerla conociendo las opiniones en aquella época de dos conocidos líderes, Felipe González y Manuel Fraga, y, de paso, asombrarse ante el extraordinario desparpajo desplegado por ambos en el manejo de una popular expresión coloquial… Donde digo 'digo', no digo 'digo', sino digo 'Diego'. Nada nuevo porque las contradicciones acompañan al ser humano desde su nacimiento.
En breve la OTAN tendrá mucho protagonismo en España porque celebrará una cumbre en Madrid. Los días 29 y 30 de junio. No pasa de ser una reunión más aunque esta vez, dadas las circunstancias geopolíticas, será menos protocolaria que otras y, en consecuencia, la opinión pública prestará más atención a su desarrollo. Por lo demás, sin duda provocará reacciones dispares puesto que no todos aceptan la pertenencia de este país a la organización e incluso hay quienes la rechazan con visceralidad. En definitiva, a unas personas les parecerá bien y a otras les molestará que España forme parte de ella. Pero no pasa nada, las discrepancias en la vida forman parte del deambular cotidiano de una sociedad libre.
Cuando tales discrepancias se producen en un gobierno las cosas cambian un poco, entre otras razones porque se supone que sus miembros actúan de forma unitaria y carecen de –usemos lenguaje coloquial- versos sueltos. O de francotiradores, como usted desee. Da la casualidad de que miembros del gobierno español, de la rama Podemos en concreto, rechazan ahora la celebración y consideran que en su lugar debería celebrarse una «cumbre por la paz». Muy bien, tal anhelo -el de la ministra Ione Belarra, entre otros- es legítimo, loable e incluso valiente, aunque incoherente en un miembro de un gobierno que forma parte de la OTAN. Solo falta, eso sí, que se arrope con la dignidad que requieren las circunstancias y se cambie el despacho por la pancarta.