A vuela pluma

Elisa Docio Herrero


La peste que también nos desiguala

13/09/2020

Mascarilla, prenda de uniforme que se nos ha colgado con ganas de quedarse unos añitos como atuendo obligatorio. No hay diferencias sociales ni de raza ni de sexo, todos embozados. Puede haberlas con lentejuelas, de encaje de guipur o bordadas en oro, pero mascarillas, a fin de cuentas, que tapan la nariz y la boca. Sin embargo, el bicho no nos amenaza por igual, ni mucho menos. Por poner dos ejemplos extremos no está sometido al mismo riesgo quien vive con un alto poder adquisitivo, sale de casa en coche para llegar al trabajo o al ocio sin bajarse, puerta a puerta de entornos exclusivos y excluyentes, que vivir hacinados en las favelas brasileiras, cohabitáculos chabolistas, calor húmedo y frío nocturno, escasez de agua y de servicios de higiene. Tampoco nos iguala la asistencia sanitaria disponible. In extremis, vemos con espanto las imágenes del campo de refugiados de Lesbos, doloroso e indignante acontecimiento inhumano. 13.000, sí, TRECE MIL personas hacinadas en un campo de refugiados, preparado para acoger a 3.000, andan vagando entra las cunetas y el sotobosque aledaños a las carreteras. Niños y niñas con mirada fija en la nada, mujeres agotadas de sufrir heridas en el alma, hombres de brazos caídos que ya no pueden con la vida. Detrás de ellos, fuegos, muchos fuegos, provocados, programados, llamas gigantes que chisporrotean lanzando las cenizas de los pocos enseres de tantos desgraciados. Policías, ciudadanos de la isla armados con palos y radicales de ultraderecha que esperan su oportunidad de acción criminal, forman cercos en las salidas de los caminos, es una ratonera. Centroeuropa mira para otro lado. Grecia ya no puede más. Dicen que todo empezó por los contagios del Covid-19, pero el Mediterráneo ya ardía antes con combustible de inhumanidad. www.elisadocio.com.