Javier Villán


Don Laurentino o la sabiduría humanista

01/03/2021

El libro de Andrea Herrán  Santiago, Crónica de una vida. Literatura, arte y religión en la obra de don Laurentino Herrán, editado por la Fundación Tello Téllez de Meneses es una revelación incluso para aquellos que lo tuvimos de profesor en el Seminario de Lebanza y nunca sospechamos la universalidad y grandeza de aquel hombre bajito escondido bajo una sotana. 
En Lebanza hacíamos tercero, cuarto y quinto de latín, creo recordar, y con su meticulosa y avanzada idea de la docencia, llegaba a desarrollar en latín las clases y el aprendizaje del Padre Kleutgen, una metodología endiablada de la retórica argumentativa o así. 
Como la humildad no ha sido nunca  la principal de mis escasas virtudes, diré que, una vez, en las composiciones semanales que nos  ponía me calificó con un  diez  un soneto a la Inmaculada, por su perfección más que por el fervor mariano que don Laurentino profesaba. 
Nunca le dije que ese soneto lo había memorizado una tarde en la capilla, en el último banco reclinatorio para que nadie percibiese cómo medía los endecasílabos con los dedos. Al lado del DIEZ, apostilló optime que no dejaba lugar a dudas. Por la traducción al latín de un fragmento de un capítulo del Quijote, me puso un nueve y medio. 
En mi valoración intelectual a don Laurentino  solo se le acercaba, aunque de lejos, don Ignacio, al que por el rigor de sus exámenes y exigentes calificaciones apodábamos el pirata. Sería injusto olvidar el nombre de don Melchor Caminero que en primero y segundo, en Palencia, puso un orden  relativo en mis tribulaciones de conciencia. O el nombre de don Quintín Calvo, que impartía música y literatura de forma muy amena. 
Todas estas defensas que  pertrechaban mi alma en primero y segundo, las perdí al trasladarnos a Lebanza. Pero allí me encontré con don Laurentino. Este percibió muy pronto mis inquietudes y calibró como rebeldía una indisciplina que  empezaba a ser preocupante para todos.
Pasados unos años, cuando ya había publicado en La Estafeta literaria algunos artículos que tuvieron cierta resonancia en ambientes muy limitados, me lo encontré en Madrid, a la entrada del Metro. 
Conversamos ampliamente y le dije que ya no creía en Dios, que había perdido la fe, pero que sin Dios no acababa de entender el mundo. Sonrió y me agradeció que en mis manifestaciones públicas  recordara siempre  que todo lo que yo pudiera saber se lo debía a los curas. 
Esta gratitud  también me la reconoció Manuel Carrión, al que tuve de profesor en San Zoilo, los escasos meses que estuve allí, buen sonetista al que me encontré años después de director de la Biblioteca Nacional. Cuando abandoné el Seminario  de Carrión de los Condes don Laurentino gestionaba mi paso a  Comillas, antesala para la Curia Vaticana a la que accedían muy pocos. 
Estos eran mis altos destinos y, vean, me he quedado en periodista.



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