Julio César Izquierdo

Campos de Tierra

Julio César Izquierdo


Le llamaban Trinidad

06/03/2021

Tiburcio se ha despertado sobresaltado y nervioso. Se veía solo en el hospital, pero no era más que una pesadilla, evocación de lo que le había pasado a su amigo Cosme, que no pudo superar el virus. Me dice que cada vez duerme peor, que debe ser cosa común en los viejos. Yo le digo que no es viejo, si acaso vetusto, conformándose con el adjetivo calificativo: «siempre que no añadas decrépito» y se sonríe mientras se sienta a horcajadas en una silla de cuero con la leyenda ‘Furia’ que tiene a la entrada del zaguán. Algún día me tendrá que contar la historia de la silla, que me tiene intrigado. No parece el caso, pero tras un pequeño silencio, lanza la colilla del Celtas a la boca del enroje y murmura que, como no tiene pensado sacarse el Bono Rural del transporte a la demanda, porque no sabe (ni quiere) lo que es una App ni cómo se descarga, pues que tiene tiempo para dedicarme. Y arranca, vivaz y dicharachero, como si fuera la versión masculina de Sophia en Las chicas de oro, cambiando el mítico Sicilia, 1920 por un rumiado «a ver, cómo te lo explico». De perdidos al río, me digo para mis adentros y nos vamos hasta un tiempo demasiado lejano para estar tan cerca, como si hubiera pasado por encima una revolución de excavadoras explanando pueblos, culturas y también miserias varias. El caso, relata, es que andaba yo,  acompañando a mi tío Severino (por matar el rato), que iba a comprar unas potras no casuales. Fuimos en la Ossa, la moto, levantando buen polvo por el camino agosteño. Nos dirigíamos al esquileo del Matorras, que tenía hacienda para dar y tomar. Al llegar nos encontramos al buen señor caído junto al pozo, que le había dado un telele, aunque olía mucho al vino que consumía con ardor guerrero y pesar estomacal. Mi tío, me mandó llevar agua con un cubo del pilón y el calderazo surtió efecto y remojo. Al rato volvió en sí y nos contó que llevaba todo el día un poco indispuesto, culpa de la calor (versus clarete). Le acompañamos a sentarse bajo el porche de la entrada, en una fantástica silla de madera de nogal y cuero repujado. Y mi tío ya no cerró trato ni compró nada. Tan solo nos pidió que no contáramos nada del incidente. Nos regaló una yegua y la silla. Mañana te cuento más.



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