Jose Luis Ibarlucea


Esperanza

31/12/2020

Decía Séneca: «Si dejas de esperar, dejarás de temer». Es decir, si renunciamos a nuestras esperanzas y temores en la familia, en los amigos, en el país… no sufriremos, pero entonces no merece la pena la vida. Frente a esta postura estoica  donde la pasividad sería la línea de fuerza, intentaré reflexionar  sobre el nexo esperanza y acción.
La esperanza siempre nos proyecta hacia delante, mientras que el envés de la moneda, que es el miedo, nos encoge, nos paraliza y como dice Nadiezhda Mandelstam: «perdemos hasta la capacidad de aullar» ante el sátrapa. Dicho de otra forma, si pensamos que nuestra política democrática camina hacia el abismo y que nuestros esfuerzos por impedirlo no servirán de nada, entonces  no daremos ninguna oportunidad a la esperanza.
La esperanza está muy relacionada con la fe y la bondad. Es necesario creer en cosas buenas que nos hagan tener esperanza. Es saludable creer en la democracia, en un estado justo, en que el hombre es un fin en sí mismo y no un instrumento para conseguir otras cosas, en la igualdad de derechos y obligaciones de hombres y mujeres… porque es bueno para los seres humanos y la vida que vivimos. Cuando sucede esto, la esperanza se levanta como expectativa de futuro a pesar de la vulnerabilidad humana.
Pero tener esperanza no es cruzarse de brazos sino dar la cara ante el tirano. Vivimos tiempos donde la palabra conciencia ha desaparecido de los periódicos y de las revistas, de las escuelas y de las familias, y nadie la echa de menos. Ante esto, la esperanza en el retorno de la verdad, la honradez y la justicia se transforma en una obligación para los ciudadanos  honestos y decentes. 
Se ataca a la libertad de información y se intenta que la libertad que se ejerce mediante el diálogo se silencie. Las ideologías y lo políticamente correcto han enjaulado el pensamiento  y sólo queda el calor del borrego. Cada vez es más difícil oír argumentos en el parlamento, pero cada vez hay más eslóganes y propaganda intentando el control de la sociedad. Pero tenemos esperanza en que escribiendo y denunciando abusos de poder, la democracia resista.
Los aprendices de brujo ya están presentes. El primer paso es crear el caos y la anarquía, y nosotros desde el miedo al desorden anhelaremos una mano poderosa que encauce este torrente de ciudadanos desorientados. Porque en el fondo nos consideran inferiores y menores de edad. Sin esperanza activa Stalin cada vez está más cerca.



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