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Antonio Álamo

Antonio Álamo


Controversia

13/01/2022

Quien haya seguido la controversia sobre las macrogranjas, originada por las palabras del ministro Alberto Garzón recogidas en una entrevista concedida a un periódico inglés, posiblemente tenga ya una opinión formada y será difícil que la cambie. Más que nada porque considerará que ya dispone de suficientes elementos de juicio, obtenidos a través de numerosas y dispares fuentes de información como pueden ser  prensa escrita, radio, televisión, Twitter, TikTok y otros servicios -inclúyanse las alertas de móvil- que están al alcance de la mayoría, con lo cual puede interpretar que está perfectamente informado. Incluso puede que también haya tenido en cuenta las opiniones de los diferentes líderes políticos pidiendo su dimisión, caso de la oposición, o descalificándolo, caso de varios compañeros de viaje, de forma más o menos sutil.
Nada debe objetarse en tesituras como esta a quienes mantienen contra viento y marea sus convicciones, quizá porque las opiniones son libres, pero tampoco unas declaraciones recogidas en una entrevista deberían servir para evaluar la trayectoria de una persona porque en el fondo no son más que una parte ínfima de un todo. La condición de ministro, sin embargo, contribuye que se agrande cualquier manifestación o proclama que haga. Para bien o para mal, todo depende. En el caso del ministro de Consumo lo cierto es que, por regla general, suele ser para mal, tal como puede comprobarse en las hemerotecas si se tiene la suficiente paciencia como para adentrarse en ellas.
La misma paciencia serviría también para leer con detenimiento la respuesta que el ministro ofreció en The Guardian para poder cotejar lo que él dijo con lo que se ha repetido hasta la saciedad. Quien se detenga en lo que respondió obtendrá conclusiones algo diferentes a lo que se ha contado, lo cual invita a trasladar por una vez la preocupación no al ministro o a la oposición sino a la ciudadanía, proclive a quedarse con la primera impresión que recibe o a guiarse por sensaciones que, aunque no ofrezcan la menor garantía de verosimilitud, se ajustan a su marco mental y tienen una doble ventaja pues reafirman las convicciones propias y permiten identificar un enemigo sobre quien cargar ira y culpa.