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«La campana trataba de ahuyentar al demonio de los pueblos»

Jesús Hoyos
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El gerente de la fundidora saldañesa Campanas Quintana explica que su fabricación requiere un conocimiento «muy profundo» de varias materias. Afinar una «no está al alcance de todos» y afirma que son los únicos en España que lo hacen

«La campana trataba de ahuyentar al demonio de los pueblos» - Foto: Sara Muniosguren

Saldaña está de enhorabuena. Y es que CEOE Empresas de Palencia ha otorgado a Manuel Quintana, de Campanas Quintana, el premio Trayectoria Empresarial. El gerente de la fundidora cuenta a DP el proceso de transmisión familiar de un oficio tradicional que se remonta a varios siglos atrás, cómo ha evolucionado gracias a la tecnología y cuáles han sido sus trabajos más significativos.

¿Qué supone recibir un reconocimiento así por parte de otros empresarios de la provincia?

En pocas palabras, un orgullo y una satisfacción. Es un reconocimiento a una trayectoria y nos honra que se nos haya otorgado. Cualquier premio se entrega por unos méritos, porque piensan que hace un producto de calidad y eso tiene una repercusión a nivel de mercado. 

La suya es una tradición que se remonta al siglo XVII

Nuestra familia se viene dedicando a este oficio posiblemente desde antes de esa fecha. Documentalmente recogido, pensábamos que desde 1637, pero hace poco hemos encontrado datos que nos llevan a 1630. Eso es lo que vincula a uno de nuestros antepasados con la fabricación e instalación de campanas. A partir de ahí, como muchos oficios, ha ido pasando de generación en generación, de padres a hijos, hasta llegar a la actualidad. 

¿Cuál es la mayor diferencia entre ser fundidor en aquella época y serlo ahora?

La diferencia fundamental son los avances técnicos, como en cualquier sector. En el siglo XVII, fabricar una campana de tamaño estándar, de 200 kilos, suponía un trabajo de 3 o 4 meses. Ahora mismo, el proceso se ha reducido a 15 o 20 días.

Su labor era la misma que la nuestra: hacer campanas para las iglesias. Evidentemente, con medios muy distintos a los de hoy en día. En su esencia, el oficio es el mismo. En aquella época, era itinerante, como otros vinculados a la construcción de iglesias o puentes, incluyendo canteros, carpinteros, talladores, ebanistas... Los fundidores se desplazaban a los lugares donde había trabajo. Se instalaban en esa localidad, llevaban con ellos los elementos más básicos y, el resto, sobre la marcha. 

 Los medios de transporte no eran los que son hoy. Era muy difícil que un oficio como el nuestro se estableciera en un solo punto y tuviera una persistencia en el tiempo muy larga porque hacemos un producto que dura muchos años. No es de consumo o de usar y tirar. Tiene una vida que se puede contar por siglos. Las iglesias no son edificios que se estén construyendo cada poco tiempo.

La tecnología ha permitido que un oficio tan tradicional haya podido sobrevivir

Por supuesto. No solamente sobrevivir, es fundamental para entregar un producto de calidad. Estamos hablando de un producto que, aunque parezca sencillo, detrás lleva un conocimiento muy profundo de varias materias. Por un lado, es una pieza de fundición. En este caso, en bronce, de alta temperatura de fusión, es decir, no hablamos de aluminio, plomo o estaño. Se funde a 1.200 grados y los procesos son complejos, en el sentido de entregar un producto sin poros, defectos, grietas y que estéticamente sea muy bonito.

Pero nuestro trabajo no acaba ahí. Lleva un proceso de afinado acústico que también es complejo y requiere unos conocimientos y una aplicación de nuevas tecnologías muy importante, en lo referente a medición de sonido, análisis acústico, diseño de plantillas y análisis de elementos finitos. Todos esos sistemas ni siquiera existían hace 30 años. O, por lo menos, no estaban al alcance de una pequeña empresa porque eran muy caros y requerían ordenadores muy potentes. 

¿Cómo se realiza ese proceso de ajuste de sonido?

El proceso de afinación es totalmente manual, aunque aplicamos tecnologías para analizar acústicamente la estructura tonal de una campana. También para la medición, que antiguamente se hacía con diapasones, que no deja de ser un elemento puramente mecánico y sujeto a una variabilidad muy grande en función de la temperatura y la posible dilatación. La precisión que se puede obtener ahora es del orden de mil veces superior a las herramientas de antes. Eso ayuda a que la calidad final sea mayor. Como en la fabricación de muchos instrumentos musicales, siempre tiene que haber una persona, en este caso el afinador. No son productos que se puedan hacer totalmente de forma automatizada.

¿Suenan mejor las campanas ahora que antes?

Las nuestras sí. Es un punto a tener en cuenta. Afinar una campana no está al alcance de todos los fundidores. En España somos los únicos.

¿Cuáles son los estándares de calidad en el sector de las campanas?

Se basa en la norma Limburg, que determina la estructura tonal que debe tener una campana. En función de la nota que entrega la campana, debe haber un margen dentro del cual tienen que estar sus distintos armónicos para que se considere que está afinada. Si el margen de afinación de una frecuencia es de 100 hercios y 100 por debajo y todo lo que esté dentro se considera correcto, el hecho de entregar una campana con 5 hercios por encima y 5 por debajo supone que está mucho más cerca de la exactitud. La norma es orientativa y determina el mínimo estándar de calidad.

¿En qué otros puntos concretos se tiene que adaptar año tras año la empresa para seguir siendo competitiva en el mercado?

Es una carrera que no tiene una meta, se corre todos los días. Hay que estar muy informado, a la última en lo que a nosotros nos atañe: técnicas de fundición, nuevos sistemas de colada, afinación... Siempre aparecen nuevos sistemas y programas y hay que pensar en cómo incorporarlos al proceso. También mejoras que supongan una reducción de costes, sobre todo a nivel energético, que es un hándicap terrible por un precio que se está disparando.

¿Cómo es el proceso de fabricación de una campana y qué parte es la más decisiva?

Se parte del diseño informático del modelo, que determinará, grosso modo, la acústica de la campana. Se fabrica una plantilla metálica que se empleará para hacer el molde. La fabricación de la campana implica que en el mismo proceso el molde se va a destruir, no se reutilizará para hacer otras. El molde de fundición se fabrica de la misma forma que hace 300 años, cambiando materiales como la cera, que antes era de origen animal, y ahora se usa parafina industrial. Una vez se han hecho las decoraciones e inscripciones en el molde, se vierte el material fundido en él. Tras el proceso de enfriamiento, la campana se extrae del molde. Se procede entonces a los procesos de limpieza y afinado. Dependiendo de los elementos accesorios que pueda llevar, se instala el yugo, que es la pieza de madera que la soporta; el motor para moverla, etc. El proceso sigue siendo el mismo, cambiando las técnicas. 

Antiguamente, la fundición del bronce se hacía con hornos de leña que había que abastecer manualmente durante un par de días hasta que se alcanzaba la temperatura adecuada. Ese proceso ahora se hace en un horno moderno alimentado con gasoil y dura 4 horas.

Todas las fases son importantes, pero el punto más crítico es la colada, porque si, por ejemplo, hay un problema de desgasificación con el metal o no está a la temperatura adecuada, eso va a hacer que la campana no salga bien y se perdería el trabajo de fabricación, que es lo más costoso. 

Aparte de fabricarlas, también las restauran

Sí. Cuando una campana está rota, existen varias opciones: soldarla, reproducirla y refundirla. En el primer caso se tendría la campana original, lo cual significa que se puede romper por otro sitio. No podemos pretender que soldando una fisura se quede como nueva. El segundo caso consiste en medir tridimensionalmente la campana por sus caras interior y exterior. Se importa al ordenador y se crea un molde exactamente igual a la campana original. La tercera opción supone romper la campana, meterla en el horno y, con ese material, hacer una nueva. 

Dependerá del cliente por cuál optar, porque cada opción tiene un coste. Además, tendrá en cuenta criterios históricos. Si la campana está protegida por alguna legislación cultural, es una cuestión en la que entrará Patrimonio.

¿Desde qué año opera la empresa actual?

En Saldaña estamos desde 1970. Anteriormente, desde antes de la Guerra Civil, mi familia se había establecido en Villota del Páramo. Pero Saldaña es la cabecera de la comarca y está mejor comunicada. 

¿Cómo fue el momento en que se hizo cargo de la empresa?

Empecé a trabajar aquí tras acabar los estudios. En aquel momento, mi padre era el director gerente y, por su jubilación, mi hermano y yo nos hicimos cargo. En un oficio familiar, lo tienes en casa. Es una cosa que conoces desde pequeño, estás acostumbrado a verlo y te acaba gustando. Imagino que ocurra con otras profesiones. 

¿Cómo se plantea el relevo generacional?

Tenemos hijos y dependerá de ellos. La oportunidad de conocer el oficio la tienen, pero igual quieren ser influencers. No es bueno obligar a alguien a trabajar en algo que no le gusta. Soy optimista y espero que, al menos alguno, se dedique a ello.

¿A cuántas personas da trabajo y cómo ha afectado el Covid?

Tenemos once trabajadores. El Covid nos ha afectado como a todo el mundo. Durante el confinamiento y los meses más duros tuvimos que hacer un ERTE, porque nos desplazamos a otras localidades y necesitamos hoteles y restaurantes. Eso se cerró y no había posibilidad de hacerlo. Las iglesias estuvieron cerradas y el culto se suspendió. Muchos clientes prefirieron que no acudiéramos a hacer instalaciones o reparaciones. Fue muy complicado.

No solo de agricultura y ganadería puede vivir un pueblo. La suya es otra actividad que también sirve en la lucha contra la despoblación

Afortunadamente, en Saldaña, el polígono industrial funciona. Es un sector que se aleja de lo tradicional y contribuye a fijar población. No sé si pasará en más pueblos, pero aquí al menos falta mano de obra. Hay carencia de gente joven para trabajar.

 

¿Cuál es el estado del sector a nivel nacional?

Hay pocas empresas pero el mercado no es muy grande. Es un producto que dura muchos años. Lo ideal sería que la campana se destruyese a los 30 años por obsolescencia programada. Eso, aparte de no ser ético, no es posible. Sabemos que tendrá una vida de 250 o 300 años dependiendo de su uso. Por ese motivo este mercado no puede ser como el de otros productos.

Además de España, ¿a qué países venden sus productos?

Fundamentalmente, países de Iberoamérica, los que están dentro de nuestro ámbito cultural e idiomático. También hemos exportado algo a África. La campana es un producto muy vinculado a la Iglesia, a una determinada religión. Nadie va a exportar a un país musulmán porque ellos identifican la campana como un símbolo religioso del cristianismo. Queda reducido a países donde la religión mayoritaria sea la cristiana, porque la campana, aunque también se usa en edificios civiles, tiene una vinculación muy fuerte con la religión y se considera un objeto de culto. Las campanas se bendicen, tienen inscripciones dedicadas a santos, patronos, etc.

La mayoría de las campanas tiene su propia historia a través de esas inscripciones

A lo largo de los siglos, han tenido multitud de inscripciones, salmos, fragmentos de la Biblia, advocaciones marianas, etc. Tenían un halo de objeto milagroso, de alguna manera. Muchas trataban de ahuyentar al demonio de los pueblos. Se han usado para tratar de detener tormentas o alertar de catástrofes.

¿Cómo ha evolucionado el papel de la campana en la sociedad?

Hace 300 años, los medios de comunicación se reducían a la tradición oral. Poca gente sabía leer. Las campanas se usaban para comunicar prácticamente cualquier acontecimiento que sucediera en un pueblo. Se han estudiado los diferentes toques que han existido: muertes -distinguiendo hombre, mujer o niño, también por clase social-, terremotos, incendios, inundaciones... Cualquier información que hubiera que transmitir a la población de manera rápida, junto a los toques de misa.

Además de eso, marcaban el paso del tiempo tal y como lo entendían en aquella época, con toques para salir a trabajar, rezar el ángelus y almorzar a mediodía y volver por la noche. En muchos pueblos existía la tradición del toque de queda para que quien trabajaba en el campo se recogiera dentro de las murallas de su localidad.

¿Cuántas campanas tienen repartidas por el mundo?

Muchísimas, no te podría decir, por dos motivos. Todos los trabajos previos a la digitalización están archivados en papel y ahí seguirán porque no hay tiempo para informatizarlo. Ahora mismo, fundimos del orden de 200 campanas al año, lo que supone en torno a 20 toneladas de metal, y este y el anterior no han sido especialmente buenos. Si contamos solamente desde 1970, miles.

 

¿Qué supone llevar en sus campanas los nombres de Saldaña y de Palencia?

Un orgullo, porque hay campanas nuestras por todo el mundo, a miles de kilómetros de distancia de aquí. Es hacer patria. 

También trabajan el movimiento automatizado de las campanas

Viene a sustituir la mano del campanero. Eran las personas que conocían los toques y tenían como oficio ejecutarlos. Su misión era hacer todos esos toques del día a día. Ese trabajo ha desaparecido porque la emigración de los pueblos a las ciudades supuso que esa gente encontró oficios económicamente más ventajosos. Ahora quien lo hace es por hobby.

La automatización llegó para suplirlos, al principio de manera muy precaria porque los sistemas no eran tan modernos y las imitaciones de los toques eran más pobres. Con el paso del tiempo, los sistemas han mejorado y reproducen a un 95% el toque que se hacía antiguamente. Los más modernos permiten que el uso del campanario se haga de forma automática y no impida el toque manual para que, si existe un grupo de personas que quiere recuperar los toques tradicionales como afición, pueda hacerlo, como los Campaneros Villaltanos. 

Hay varias formas de mover la campana según el país

Sí. Se diferencian en el tipo de movimiento. El sistema de automatización del movimiento de una campana en España se conoce como volteo y supone un giro completo de la misma. En Italia, no existe el volteo como tal, sino que se practica el bandeo. En ese modelo, la campana hace un medio vuelo, oscilando de un lado a otro; y el badajo, que es la pieza que golpea la campana, lo hace por la parte inferior. El bandeo al estilo alemán o centroeuropeo es similar al italiano pero el badajo golpea por la parte exterior de la campana. Por último, está el estilo inglés, en el que la campana oscila haciendo un círculo completo pero sin llega a voltear.

Esas diferencias tienen su importancia acústica y están muy limitadas geográficamente. En España es muy difícil, salvo en contados sitios, encontrar campanas a bandeo. En algunos puntos se ha hecho, sobre todo en partes de Cataluña y País Vasco, por su cercanía a Francia, donde es el estilo más tradicional. La campana inmóvil, golpeada con un martillo que hace el efecto del badajo, también es otra opción. 

De todos sus trabajos, ¿cuáles son los más significativos?

Hay muchos. Por repercusión mediática, el de la catedral de la Almudena para la boda del Príncipe Felipe y Doña Letizia es uno de ellos. Fue un acontecimiento muy importante a nivel de país. Por otro lado, la instalación de ocho nuevas campanas en la catedral de Panamá, hace un par de años con motivo de la visita del Papa a sus obras de finalización. No todas las campanas las bendice un Papa, eso es importante. Y, por último, intervenir en la catedral de Palencia, como sede del Obispado de la provincia, fue importante. Es una efeméride, no todos los edificios cumplen 700 años y no todos los fundidores hacen una campana para una catedral así.