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Botifuera y cencerradas

Fernando Pastor
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/ Cerrato insólito

Botifuera y cencerradas

Si el novio era forastero se le exigía un canon por llevarse a una chica del pueblo. Este canon, en dinero o en especie, tenía diferentes nombres: el botifuera, la patente, el padrinazgo, la cántara (porque a veces se entregaba una cántara de vino), la media arroba, etc. Con lo recaudado, los mozos hacían una merienda.

Si alguno contrayente se negaba a pagar este canon, las consecuencias eran peores. Lo mínimo era una cencerrada. 

En Cubillas de Cerrato además les montaban en un carro para pasearlos por el pueblo en medio de gritos, o incluso les tapiaban con adobes y ladrillos la habitación en la que pasaban la noche de bodas, quedando allí encerrados varios días.

Botifuera y cencerradasBotifuera y cencerradasEn Cevico Navero el forastero se lo tomó mal y obligó a los mozos a beberse allí mismo todo el vino de la cántara que les dio, acabando todos borrachos.

En Villodre y en Palenzuela tuvo que intervenir más de una vez la Guardia Civil por las peleas desencadenadas por la cencerrada debida a la negativa a pagar la patente. 

En Amusquillo de Esgueva los mozos fueron a pedir el botifuera a un chico de Fombellida que quería casarse con una moza del pueblo. -«¿Cuánto hay que dar?», preguntó él. -«La voluntad», le respondieron. -«Pues entonces nada», zanjó el requerido, dejándoles con un palmo de narices.

Por su parte, en Fombellida procuraban incluso que fuese imposible que una moza del pueblo ennoviara con un forastero. Puesto que estos acudían generalmente en bicicleta, les ponían obstáculos en la carretera para que no pudieran llegar. Alguno de Castroverde de Cerrato y de Villaco se les coló, y cuando tras el baile regresaban a sus pueblos dieron con sus huesos en el suelo al topar con una cuerda que los mozos de Fombellida habían colocado atravesando la carretera atada a un clavo en cada cuneta. Los mozos de Fombellida se defendían diciendo que a ellos también se lo hacían cuando iban a otros pueblos.

La cencerrada no era exclusiva para los forasteros que no quisieran pagar el canon. Se la daban también a los viudos y/o viudas que se casaban en segundas nupcias y a quienes se casaban en cuaresma o en Carnaval, ya que desde que finalizaba el Carnaval hasta pasada la pascua estaba mal visto casarse, e incluso proscrito en algunos sitios.

Para ello se utilizaban cencerros del ganado, esquilas, tapas de cazuelas, latas, e incluso piedras metidas en la beldadora haciendo un gran estruendo. Los mozos iban detrás de los novios dándoles la cencerrada y luego, ya en la puerta de su casa, durante horas y horas e incluso repitiendo en los días siguientes. En Población de Cerrato llegaron a poner el cencerro dentro de la habitación de los novios con el badajo atado a una cuerda larga que salía por la ventana para poder tocar desde la calle cuando los novios fuesen a acostarse.

En algunos pueblos en los supuestos citados no se limitaban a dar la cencerrada. También algunas veces les tiraban piedras y echaban gallinaza por el camino por el que iban a pasar para que oliera muy mal. En Alba de Cerrato, en la boda en segundas nupcias de Salustiano y Apolonia, además de cencerrada cuando salieron de la iglesia les echaron a la espalda un pellejo de cabra recién desollado, lleno de sangre que les escurría por la espalda, mientras los mozos cantaban. En los enlaces de otros viudos vestían un palo con la piel de una oveja y lo llevaron en procesión.

En Encinas de Esgueva sonada fue la cencerrada que le dieron a Pedro Mansilla, que se casaba de segundas y además con la viuda de su sobrino Antolín. No se quedó solo en cencerrada sino que además le tiraron al pilón del abrevadero y le pusieron un perico-pajas (una especie de espantapájaros hecho con pajas). Pedro decía luego a los mozos «os lo perdono todo, os lo perdono todo, menos que me hayáis puesto un perico-pajas delante que se me representaba mi sobrino Antolín».

Cuando el tío Piquetas, un viudo de Dueñas, fue a Cevico de la Torre a casarse con Micaelilla, también viuda, le llevó un cochero, al que apodaban El Moro, con una rubia (se llamaba así a un taxi de color dorado). El Moro se compinchó con los mozos de Cevico para hacerle una cencerrada memorable. Poco antes de llegar al pueblo aminoró la marcha y los mozos cruzaron en la carretera un carro para que parara y poder atar a la parte trasera de la rubia una ristra de botes y latas que al reanudar la marcha hicieron un ruido ensordecedor. El tío Piquetas le decía «vete más deprisa, que nos están atando cosas», pero El Moro se hacía el tonto y como si oía llover, hasta que tan perturbado estaba que le dijo «pues no volvemos a Dueñas, que yo ya no me caso». Por supuesto, El Moro tampoco ahora le hizo caso. De esta forma llegó con la cencerrada incorporada desde la entrada de Cevico hasta el medio del pueblo.

En Villahán utilizaban para las cencerradas hasta un cuerno muy grande que  Rufino, el mulero, tenía para avisar a los dueños del ganado. Se dio el caso de una cencerrada dada por la propia novia, Asunción, cuando se casó con un viudo de Tabanera. 

A veces en Fombellida hacían una hoguera a la puerta de la casa, y en Piña de Esgueva ponían en la ventana de la habitación una olla con azufre y lo quemaban, desprendiendo un olor insoportable. 

En Renedo en una ocasión la cencerrada tuvo el efecto inverso: fueron los novios, Ceferina y Luis, quienes acabaron con la paciencia de los mozos. Sacaron unas sillas a la puerta y se sentaron mirando a los mozos hasta que se cansaron de dar la cencerrada y se marcharon sin conseguir enfadarles.