El último negocio del poblado de la térmica

J. Benito Iglesias
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Mariano Huélamo lleva 40 de los 55 años de presencia del Casino de Iberdrola dando de comer a vecinos y trabajadores. Seguirá tres años más hasta que se desmantele la fábrica

El último negocio del poblado de la térmica - Foto: Juan Mellado

Podría tratarse del último habitante del poblado de la central térmica de Velilla, pero junto a la de Mariano Huélamo Caballero aún quedan siete familias y una veintena de residentes en una urbanización con 70 viviendas donde generaciones de trabajadores sacaron el sustento de una instalación que -durante 53 de sus 55 años de vida- quemó la mayor fuente de riqueza de la comarca: el carbón a modo de oro negro que fijó durante décadas población y negocios pujantes. El final de la cuenta atrás para la planta -cuya desconexión se produjo el pasado 30 de junio como fecha límite dada por el Gobierno y de infausto recuerdo- se inició al comunicar Iberdrola el 10 de noviembre de 2017 al Ministerio de Energía el cierre y posterior  desmantelamiento, que se iniciará a finales de agosto.
No por esperado, fue menos duro el varapalo para un veterano testigo del pasado y el escaso presente de la industria. Mariano Huélamo Caballero, que llegó desde Madrid tras conocer a su mujer guardense trabajando  en un hotel en Palma de Mallorca, lleva 40 años al frente del denominado Casino del poblado  y en su restaurante ha dado de comer casi sin resuello a varias generaciones de trabajadores y vecinos de la comarca. «Todavía vienen a comer a diario empleados en una obra de Velilla y camioneros que recogen el carbón que no se quemó y lo llevan al puerto de Gijón con destino a una planta térmica que hay Marruecos. En unos días terminan su tarea y solo nos quedará la clientela guardense que venga», explica con nostalgia. Tirando de sentido del humor capea como puede el triste destino que le queda a la comarca con  una frase lapidaria: «Si aquí se produce un robo, no quedan ni  testigos. Así de claro y esta zona está arruinada».
Como consuelo -ya tiene 66 años y su mujer cumplirá en  breve 65- y con el apoyo de una de las tres hijas que empezaron en el negocio, tirará duro del carro con su esposa hasta la jubilación -solo cierran el martes por la tarde-  y seguirán elaborando un menú a precio asequible como marca Iberdrola, propietaria del establecimiento hostelero en concesión. 
El último negocio del poblado de la térmicaEl último negocio del poblado de la térmica - Foto: Juan MelladoAl menos durante los tres años que dure el desmantelamiento de la térmica no faltarán bocas a las que surtir de comida casera montañesa.  «Ya tengo una reserva de 15 trabajadores de una empresa para la última semana de agosto y primeros de septiembre que intervendrán en el desmontaje de la térmica, en el que se calcula habrá unas 400 personas. Hay que quitar el hierro, el amianto y otras estructuras de la instalación», explica.

Suma de obstáculos. El veterano hostelero no se muerde la lengua y espeta que todo son lastres para Velilla y Guardo. «Desde que hace cinco años en la carretera se puso la línea verde y la limitación de la velocidad controlada por tramos no voy a comprar género a Palencia y a otras cosas, salvo al médico. Tardas hora y media y en ese tiempo te plantas en Torrelavega y en dos hocas en Santander a Macro y a El Corte Inglés. Mucha gente de aquí también va a comprar a León lo que necesita», espeta.
En su opinión, «en la zona ya no queda nada», y pide a los políticos palentinos que «no se llamen a engaño» porque  ya hace más de 25 años y- por  lo que les  pudo escuchar en el restaurante comiendo alguna vez- «ya sabían de sobra que el carbón no tenía futuro y tampoco la térmica, que llegó a contar hasta 208 empleados, ya que se iba a acabar cerrándola».
Sobre el Casino, su regente durante 40 años aún mantiene un resquicio de esperanza en una poblado que llegó a tener 400 habitantes. «Está previsto derribar primero las 70 viviendas y si se hace algo en su lugar el restaurante podría dar un servicio. La cocina tira de 380 watios con un mantenimiento caro y la calefacción de fuel se pone nueve meses al año», sostiene, al tiempo que recuerda con pesar que elrecinto llegó a tener dos escuelas, un supermercado y una iglesia sin culto desde hace ya seis años.