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Ilia Galán

Ilia Galán


Dulce adviento

13/12/2021

Salen las monjitas de los monasterios de clausura para vender sus dulces navideños, ahora que estamos en adviento, penitenciales un poco, a la espera del hermoso momento. Turrones, yemas, pastas exquisitas, materiales de máxima calidad pero, sobre todo, elaborados con mucho amor, el que ponen estas dominicas o las clarisas y carmelitas, por ejemplo, de los monasterios de Carrión, que así se ganan el coste de la vida con su canción. Trabajan como pasteleras para ganarse el sustento y oran, dedicándose a la contemplación. 
No pocas veces he ido a visitarlas en esos conventos y he probado la celeste excelencia de sus labores gastronómicas, aunque sé que son ellas propensas a ayunos y moderados yantares, pero lo más nutritivo es cómo queda el espíritu después de platicar un ratito. Sorprendente es la luz que transmiten al hablar esas jóvenes que entran a encerrarse voluntariamente en una aparente cárcel, y es que así huyen del mundo y se refugian con el Amado en una celda, simple habitación, compartiendo con otras su retiro, para ayudarse mutuamente viviendo entre sí la fraternidad, la suave ley del amor que les hace volar en su interior con inmensa libertad más allá de muros y físicas barreras. Solo si tienen una profunda vida interior pueden vivir con alegría esa situación que para muchos sería un horror. Solo quienes viven hacia dentro y hallan el sentido más profundo del universo, entregándose al Gran Amor, pueden hacer de un encierro el gran camino, el gran vuelo hacia la Esencia que hizo y sostiene los universos. No parecen sufrir el claustro, que a otros claustrofobia pudiera parecernos. Al contrario, su felicidad desmiente nuestras sospechas, es contagiosa, es cristalina, cándida, como los pastelitos que con santas manos amasan. Todo en ellas es camino hacia el cielo, hacia esa otra dimensión que nos espera y donde muchos creemos hallar la solución a todos nuestros desvelos, acogidos por el Padre eterno. La dulzura de estas comprensivas hermanas se traslada a sus hazañas, unas pastas, un beso de los dedos en cada rosquilla, esperando el nacimiento del gran Niño, que en sus corazones renace presto.

ARCHIVADO EN: Navidad, Encierro