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Una madre rota de dolor que no halla consuelo

Rubén Abad
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La cofradía de la Vera Cruz completa el más duro de los desfiles de la capital, el del Santo Rosario del Dolor. El Cristo del Otero es testigo del emotivo y entrañable encuentro entre la Virgen y su hijo

Una madre rota de dolor que no haya consuelo - Foto: Juan Mellado

Son las seis de la tarde. El público aguarda pacientemente en las inmediaciones de la iglesia conventual de San Pablo el inicio de la procesión del Santo Rosario del Dolor, el segundo de los desfiles que ayer, festividad de Domingo de Ramos, recorrió las calles de la  capital en una soleada jornada de suaves temperaturas que congregó a cientos de devotos y curiosos, entre ellos los primeros turistas que se acercarán en los días sucesivos hasta la capital gracias al reclamo que supone para Palencia la declaración de su Semana Santa como fiesta de interés turístico internacional. 

Un brevísimo primer tramo de la procesión lo recorrió en solitario Nuestra Señora del Dolor, una talla anónima del siglo XIX que los hermanos de la cofradía de la Santa Vera Cruz, organizadores de este desfile, el primero de esta edición en solitario, recogieron en el convento de las Madres Dominicas.

En ese mismo escenario tuvo lugar también el primer misterio (el correspondiente a la Oración en el Huerto), una vez superadas las calles Vera Cruz, Marqués de Santillana y Los Pastores. En San Pablo, donde se produjo el segundo misterio (la Flagelación), se uniría la otra imagen que forma parte la procesión, otra obra de autor desconocido, en este caso del siglo XVI: el Santísimo Cristo de la Vera Cruz.

Ese fue tan solo el inicio de una procesión dura donde las haya, y no solo por lo que representa: el sentimiento de dolor de una madre que no halla el consuelo ante el trágico final que le espera a su hijo en la cruz, si no por el recorrido que se completa durante cuatro interminables horas marcadas por la devoción.

La dureza de este desfile procesional se dejó notar casi desde el inicio del mismo, cuando la comitiva abandonó el barrio de San Pablo y Santa Marina para adentrarse en el del Ave María tras atravesar el paso subterráneo de la plaza de León. Aquello fue solo el comienzo de un largo periplo de varias horas por la Antigua Florida, Santander, Villacasares y el paseo del Otero.

En este tramo allende las vías del tren tuvieron lugar el tercer (la Coronación) y cuarto misterio (Jesús con la cruz a cuestas), en las iglesias de María Estela y de San Ignacio y Santa Inés, respectivamente. Un momento que vivieron con especial emoción los vecinos del Ave María y del Cristo, al sentir como propia esta procesión de la Vera Cruz, la única que atraviesa ambos barrios de forma periódica cada Semana Santa.

Ese fervor se dejó sentir en las calles y avenidas por las que pasaban el Santísimo Cristo de la Vera Cruz, antigua imagen titular de la cofradía, y Nuestra Señora del Dolor. Y es que en todo su recorrido por esta parte de la ciudad los hermanos encontraron la mirada cómplice de los palentinos que quisieron insuflarles ánimos para afrontar el larguísimo y complicado camino que tenían por delante y que estos completaron no sin enorme esfuerzo y sacrificio.

CRISTO DEL OTERO

Y no es para menos. A partir de ahí el desfile se fue complicando a medida que los hermanos se iban alejando del centro y adentrándose en el popular barrio. En el horizonte, atisbaban ya los cofrades la silueta de la magnífica obra de Victorio Macho, el Cristo del Otero, el más alto de España y el décimo séptimo del mundo.

La magnífica obra del ilustre escultor palentino les guiaba el camino desde lo alto del cerro que preside esta gran obra de hormigón de 21,02 metros de altura desde su inauguración en 1931. Pese a su inmensidad, parecía pequeña en comparación con el ahínco de los hermanos que cargaban con el peso de sendas imágenes durante un recorrido que sobrepasó con creces los cuatro kilómetros.

Durante la subida tuvo lugar uno de los momentos que podrían denominarse mágicos de esta procesión. Madre e  hijo se colocaron frente a frente e intercambiaron sus miradas en lo que, sin duda, fue uno de los instantes más entrañables, emotivos y sobrecogedores de todo el ciclo procesional. Imágenes que bailaron, frente a frente, con el Cristo del Otero como testigo.

Todo este esfuerzo se vio recompensado cuando llegaron a los pies del Cristo y, con la satisfacción que da el trabajo bien hecho, asistieron al quinto de los misterios (la Muerte de Jesús) y las letanías de la Virgen. Ambas tuvieron ya como escenario la ermita.

CAMINO DE VUELTA

Desde allí, ambas tallas descendieron el cerro del Otero de vuelta a casa. Lo hicieron ya alumbrados con las velas que portaban los hermanos, en la que es, sin duda, una de las estampas más bonitas de la Semana Santa.

Deshicieron entonces los cofrades el camino andado anteriormente para dirigirse nuevamente a la iglesia conventual de San Pablo, donde tuvo lugar la tradicional despedida de un desfile que sobrecoge por su crudeza a quienes lo contemplan de cerca.

En él, los hermanos de la Vera Cruz estuvieron arropados en todo momento por otros cofrades de esta misma hermandad desplazados para la ocasión desde diferentes rincones de la geografía provincial como, por ejemplo, los de la localidad de Osorno.