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Lo que nos espera

Carlos Dávila
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El Gobierno de Pedro Sánchez se jactaba de haber hecho los deberes, pero la receta de mover los tipos de interés al alza nos va a costar muchos euros

El presidente, durante la última sesión de control en el Congreso de los Diputados. - Foto: Emilio Naranjo (EFE)

No siempre todo es forzosamente malo, aunque tratándose de la España de este Gobierno, lo natural es que así sea. Pero no lo es en el ámbito estrictamente económico. A continuación les voy a transcribir, con alguna apreciación personal, la conversación tenida con una de las autoridades económicas, financieras y monetarias más influyentes. Esta autoridad independiente empieza por ofrecer de entrada dos datos buenos, esperanzadores: uno, al final de verano, el turismo habrá recobrado casi los niveles anteriores al maldito virus. ¿Qué falta para superar positivamente el casi? Pues, en opinión de este técnico, que no se presente ningún factor externo que lo estropee como puede ser la exacerbación de la crisis en nuestros países visitantes. Esa sería una razón que daría al traste con el optimismo. El segundo dato es que, por fin, los fondos europeos lleguen a España y promuevan proyectos, reformas estructurales de todo punto imprescindibles. Ahora mismo, apenas el seis por ciento de los millones que le sacamos a Bruselas han viajado hasta nuestra nación. No lo han hecho porque, valga la redundancia negativa, el Gobierno de Sánchez lo ha hecho rematadamente mal. No ha sabido ni qué hacer con el dinero, ni cómo repartirlo con equidad y sin sectarismo ideológico. Si se cumplen las previsiones de nuestro interlocutor, sí que existen posibilidades de que los susodichos fondos aparquen en nuestros bolsillos, otra cosa es que, de nuevo, este Gobierno de incapaces los reparta adecuadamente para sacarnos del marasmo.

 Esta, o estas, son las noticias buenas aunque, ya se ve que con abundantes matices. A partir de aquí sobrevienen lo que nuestro experto denomina grandes nubarrones. Son de tal gravedad que de poblarse de lluvia, destrozarán el campo de los citados datos positivos. Ahora mismo, se nos dice que los tipos de interés que estaban hace escaso tiempo en el menos 0,5 han subido, por decisión irrevocable del dúo Lagarde -De Guindos en el Banco Central Europeo hasta un menos 0,25 también negativos, pero en septiembre, en dos meses, el BCE los elevará para llegar a un preocupante más 0,25. Se trata de una medida directamente enfocada a contener la inflación, ya situada como saben en España en el 7,1 por ciento del Producto Interior Bruto. Recuerden que no hace nada la todavía vicepresidenta económica de este Ejecutivo de inanes políticos, la señora Calviño, cada día más instalada en un imposible trato, se jactaba de que al final de este 2022 los precios no rebasarían el dos por ciento: «Hemos hecho los deberes -decía con sonrisa concesiva- y nos han salido bien».

 Pues no; no les han salido bien. La receta que consiste en mover los tipos al alza nos va a costar a los españoles muchos euros. Nuestro interlocutor, como tantos otros muchos expertos, calcula que al final de cada año, un español hipotecado, o sea, casi todos, tendrá que añadir a su recibo anual una media de también casi 1.000 euros más. 

Los bancos se van a encontrar con un ejército de morosos que no pagarán porque no ganan para ello, el consumo adelgazará como ya lo está haciendo, y en otoño e invierno el ciudadano medio, en muchos casos, pasará más frío del normal en las estaciones gélidas, comerá menos filetes y dejará de asistir al cinematógrafo como diría el llorado (y olvidado por la estupidez oficial) Enrique Jardiel Poncela. El Banco Central Europeo claro que se ha puesto generoso y, con una prodigalidad que está por comprobarse, ha anunciado desde su fastuoso edificio de Frankfurt, que comprará la deuda que acumulan ciertos países -España en cabeza- y que nos tiene sometidos a todos a un déficit imposible de derrotar. Los excedentes de los dineros de la pandemia de la Covid harán el milagro y con ellos se adquirirán millones de nuestro apabullante descubierto. Pero, claro está, el BCE dista mucho de ser una ONG que reparte bocadillos: nos compra bocadillos para que podamos subsistir pero nos vigilará para que, de nuevo, no nos lo gastemos ni en rabizas, al estilo de los socialistas andaluces, ni en glorietas homicidas tan responsables de tantos accidentes de circulación, ni en carrilles-bici para que cuatro, 20 o 100.000 atletas nos amenacen con sus velocípedos o sus letales patinetes. En el roman paladino que utilizan los jefes del dinero de la Unión, la condición es que no se hagan fechorías con los ahorros de la deuda, Y eso, amigos, no está ni mucho menos garantizado por un Gobierno despilfarrador en el que aún moran los leninistas que, primero, se quedan con nuestros impuestos, vía persecución fiscal, y que segundo, lo usan para monar chiringuitos festivaleros, tipo Asociación Española para el Estudio de las diferencias de género. ¿Qué este bodrio no existe? Será porque a los leninistas de la fracasada Yolanda Díaz todavía no se les ha ocurrido, pero todo se andará que trastadas parecidas ya las tienen en pie para, además, enchufar a oaniaguados.

Nada bueno

Al final de la charla habida con esta autoridad quedaba una leve mención a la influencia de la actualidad política en todos los datos citados. Sobre este punto lo que se nos viene encima es esto: Sánchez no va a echar de su lado a toda esta caterva de ministros inútiles y secuaces que le ríen las gracias; no, hasta los albores de las elecciones municipales y autonómicas del 23 de mayo de 2023, no va a descabalgar del poder a individuos tipo Marlaska o Bolaños, tampoco a las feministas enragés modo Montero o Belarra. Ya ha avisado el procaz Pablo Iglesias, que plana como un murciélago sobre La Moncloa, que a Sánchez no se le ocurra semejante provocación; eso -ha venido a avisar- sería desenterrar el hacha de guerra. 

Pedro Sánchez es ahora mismo un jabalí herido, pero cobarde, que lleva siete días escondido sin decir una palabra de su hecatombe andaluza. Mañana sí, aparecerá con 1.000 medidas, la mayoría sin cuantificar, para presumir de estar combatiendo la crisis como ningún otro gobernante del mundo lo ha hecho. Todo tiene vocación de mentira. Por eso hay que tomar con muchos reparos los datos, incluso los buenos, que nos ha adelantado nuestro jerarca monetario. Con Sánchez en La Moncloa no nos puede esperar nada bueno.