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«Hemos tenido nuestras batallas por el hecho de ser libres»

Jesús Hoyos
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Tras un año difícil, lleno de restricciones que redujeron la cifra de matrículas a la mitad, la Universidad Popular encara el nuevo curso de forma entusiasta, con un programa educativo dinámico y convencida de que su papel es «fundamental»

«Hemos tenido nuestras batallas por el hecho de ser libres» - Foto: Sara Muniosguren

El día 4 comenzó el nuevo curso en la Universidad Popular de Palencia, un lugar que se llena de novedades pedagógicas cada año y cuyo sistema de progreso ayuda a sus alumnos a aprender y crecer, «lo más hermoso en esta vida», en palabras de su director, Cándido Abril, que atiende a DP y reflexiona sobre los cambios producidos por la pandemia, la importancia de ser independiente y la necesidad de la presencialidad en la educación de personas adultas a lo largo de la vida.

¿Cómo ha sido la vuelta a las aulas?

Ha sido entusiasta totalmente. Sobre todo por ver a quien viene y por empezar después del túnel a media luz que hemos pasado. El año anterior lo hicimos presencial, aunque con la mitad de aforo y mucho temor. Ahora, sin duda, prudencia. El gran problema que podemos tener llega cada vez que nos hemos separado del movimiento cotidiano. Como en Navidad, que nos juntamos todos; o en verano. En fin, cuando no se producen esas aglomeraciones, la situación es mucho mejor. Y, por tanto, tenemos que seguir vigilando. Seguimos manteniendo una cierta reducción en el aforo.  

¿Cómo se afronta este curso a nivel de matrículas tras la fuerte reducción del año pasado?

Hablando de números, nos estábamos moviendo en unas 3.500 matrículas. El año pasado se quedaron prácticamente en la mitad, unas 1.750. Este año hemos recuperado  mil y nos vamos a mover en torno a las 2.800. Eso significa ser muy optimista recordando el curso pasado. Si miramos los euros, todavía faltan matrículas, pero en muchos casos no se pueden ampliar. Sin embargo, mantenemos todo el profesorado y la infraestructura. 

Lo que hace falta es seguir creciendo de esta manera. Hay que plantearse si ciertas actividades que no se hicieron se volverán a hacer. Por ejemplo, excursiones o salidas, que algunas forman parte del programa didáctico, porque incluyen arte, naturaleza, conferencias, actos culturales, teatrales o musicales que son una parte muy importante de un proyecto educativo tan participativo, tanto en clase como fuera de ella.

No cabe duda que es como renacer, con la esperanza de que todo vuelva a la normalidad de manera pronta, pero con prudencia. Se mantendrá, por ejemplo, todo el control de limpieza. El año pasado fue lo más duro y no hubo ningún problema. Hay que tener en cuenta que nuestro programa educativo es mucho más liviano. La gente entra y sale con caminos acotados, las clases se ventilan permanentemente y les comunicamos que, al mínimo síntoma, no vengan. Las condiciones son muy favorables para que no sucedan episodios importantes.

¿Cuál es la situación de la plantilla?

Teníamos 75 personas trabajando en el curso 2019-20 y pasamos a unas 50 el curso pasado. Es lo que pudimos mantener en la UPP, las actividades online con los centros sociales y el Ayuntamiento. Perdimos el programa de visitas a pueblos con Diputación. Este año, hemos vuelto al 100% de la plantilla con la recuperación de casi todas las actividades. 

La UPP ha programado 135 cursos para este 2021-2022. ¿Cuáles son las novedades académicas?

Novedades de especialidad hay pocas, pero pedagógicas hay muchas. Pongo el ejemplo del taller literario. Llevo 30 años con él. Venía del instituto, donde repetía cada año el mismo programa. Aquí, siempre lo he cambiado. Tanto temáticas, como etapas, lecturas o autores. De manera más específica, ocurre lo mismo en los cursos de arte. Un año estudian el Neoclásico, otro el Barroco, y con profesores distintos. Todo lo que implique comentario y tertulia también cambia. Los cursos de pintura tienen cada año proyectos nuevos. Lo importante y lo novedoso de un proyecto de educación de adultos es que prácticamente todos los años es nuevo, con dinámicas distintas. Por eso tiene tanta aceptación. No es repetir y repetir. La tradición no es quedarse en el pasado, sino interpretarlo para hacerlo actual y darle sentido en tu vida. 

Desde la dirección, no tengo que decirle al de pintura las técnicas que tiene que seguir, pero sí cómo vitalizar su curso. Es el gran reto y la gran maravilla de la educación de personas adultas a lo largo de la vida: interpretar la vida en todos los ámbitos y adecuar el modelo a cualquier edad porque el reto es general. Un ejemplo claro es la psicología. La actualidad marca la dinámica y el alumnado viene con la carga de la pandemia. No vamos a resolver todos los problemas, pero sí podemos ver cómo transformarlos. Los 135 cursos son nuevos y lo digo con mucha modestia.

En la educación de adultos, tú te marcas el reto. No hay que aprobar una asignatura, te tienes que aprobar a ti mismo. ¿Cómo? Creciendo y progresando. 

¿Cómo motiva ese sistema de progreso al alumno?

Lo más hermoso en esta vida es aprender porque, cuando lo hacemos, crecemos en todos esos ámbitos. En el arte, aprender a interpretar. En literatura, saber qué significan los nuevos autores. En medio ambiente, cómo estamos destrozando el mundo. El proceso de aprendizaje es mucho más lento de lo que creemos pero es muy satisfactorio. Y hacerlo sin parar es importante.

Otros valores son la participación y la interconexión de grupos de distinta edad, género o clase social. Siempre hemos tenido la sensibilidad de atender a los más necesitados a nivel económico, pero también es necesitado quien no tiene cultura y no puede disfrutar de la vida. Tenemos un montón de actividades relacionadas con el cine, el teatro o la música en las que uno puede ver distintas sensibilidades. En el arte, cada quince días tenemos en la Díaz-Caneja una conferencia que se llena. Y creo que es por la idea de conocer y aprender. Esa satisfacción de aprender al lado de otros y con los otros es fundamental.

La relación de la UPP con diferentes asociaciones o colectivos la vincula también con el resto de la sociedad, no solo con sus alumnos

Es fundamental. Desde el primer momento teníamos esa idea y a lo largo de estos 35 años se ha plasmado cada día. Recorremos pueblos de la provincia; estamos en ambientes como el centro penitenciario y unos participantes con características muy concretas; trabajamos con personas con discapacidad, Cáritas, Cruz Roja, colectivos juveniles, etc. Todo un conglomerado que no es un totum revolutum, sino que con cada uno hay un programa muy concreto de actuación. Además, el grupo sabe cómo tratarlo de forma inclusiva, lo cual produce una dinámica fantástica. De cada colectivo aprendemos y con ellos colaboramos. Es fundamental estar abierto a todo.

¿Cuál es la situación a nivel económico y de apoyo institucional?

Cualquiera puede ver las dificultades, drásticas el año pasado, en la medida en que no puedes admitir a todo el alumnado que quisieras. Hemos hecho maravillas para poder mantener todo esto. El año pasado hubo algunas personas en ERTE. No fueran muchas y todos de forma parcial. Los profesores han tenido y tienen una dedicación fantástica al proyecto. Si no lo amaran, esto no sería posible.

Las instituciones en general han sido sensibles. Hemos tenido batallas porque, a veces, no lo comprendían. Hemos sido capaces de demostrar que esto era imprescindible, tanto por los puestos laborales como por el alumnado. No era solo para que pagaran una matrícula, sino para que salieran de su casa y participaran en la vida. Es verdad que teníamos que cumplir los protocolos para no enturbiar la situación sanitaria. Conjuntamente con las instituciones vimos todos los pasos que había que dar, en una situación que nos ha permitido sobrevivir y continuar la tarea.

¿Compensa tanto esfuerzo para ser independiente?

Yo creo que sí. Es una situación más afectiva y personal. Hay que ser libres pero no solitarios ni hacer batallas por tu cuenta. Se necesita una sintonía permanente que nos espabila. Cada año tienes que vender el proyecto y, si no es la pandemia, es otra cosa: convenios que se renuevan, depender del alumnado que venga o que no venga. Todo eso funciona si haces bien tu trabajo. Y para eso tienes que reciclarte permanentemente y no dormirte en los laureles porque, si lo haces, te mueres y desapareces del mapa. Eso conlleva hacer las clases interesantes, mantener buenas relaciones institucionales, y también con cada técnico. Eso redunda en una vitalidad muy grande y una satisfacción personal, que las instituciones, sinceramente lo creo, ven.

La pandemia ha puesto a prueba a la UPP y ha sobrevivido. ¿Qué más la puede poner en peligro?

Esperemos que no haya más. Esto ha sido la prueba del nueve. Hemos tenido nuestras batallas permanentes por el hecho de ser libres. Otras han caído precisamente por ser muy dependientes. Nosotros hemos sido capaces de sobrevivir, pero no podíamos imaginar para nada que viniera algo como esto. A ello unimos la crisis económica de la década pasada. Esto ha sido una crisis pandémica tremenda. Lo único que pensamos es que la tormenta perfecta ha pasado, pero no el trabajo y esfuerzo diarios.

Ha vuelto la presencialidad pero se mantiene algún curso online y otros de doble canal

Únicamente online tenemos apenas tres. Los de doble canal consisten en televisar las clases, conectando cámaras y micrófonos. Lo mantenemos presencial y paralelamente online, de forma minoritaria con unas cuatro o cinco personas que, por ejemplo, están en un pueblo. Nos ha dado más juego porque es mucho más rico.

¿Hay mucha demanda en la provincia de gente que no puede acudir presencialmente?

Ha habido momentos puntuales. Tenemos gente de Cervera o Valladolid. Permite esa excepcionalidad para la gente que no puede venir. Lo mantendremos independientemente de la presencialidad, que es necesaria para el encuentro, la compañía y el debate. No podemos desperdiciar este otro formato.

En su decálogo para un curso seguro mencionan la Plataforma Educativa Digital. ¿Cuál es su función?

Ahí colgamos todo lo que no se puede aprender en clase, material didáctico complementario que requiere la gente. Es otra herramienta más. Lo importante es cómo el profesorado hemos tenido que aprender estos nuevos procesos. También el alumnado, con clases específicas para ordenador y móviles que les permite usarlos como instrumento de comunicación con sus hijos, por ejemplo. Dicen que no hay mal que por bien no venga. Este es el caso más claro. 

La adaptación ha costado y sigue costando. Y es que técnicamente es difícil. Por ejemplo, un alumno de Santa Cecilia del Alcor tenía que salir y acercarse al repetidor para tener conexión. Hay un montón de anécdotas que esperemos nos sirvan para el futuro. 

Decía en la presentación del curso que la UPP sirve «para aprender a tolerarse y ejercer la vida civil de manera solidaria y cívica»

Evidentemente. No se trata solo de venir a clase, sino que aprendemos en la práctica, siendo sensibles con lo que pasa. Así hemos aprendido a respetar a los demás. Cuando convives es cuando aprendes a comportarte. Las clases han sido una escuela de aprendizaje para la pandemia, para tolerarse. Todos dependemos de todos y nos podemos ayudar. Con eso nos podemos sentir satisfechos. Es nuestra filosofía y lo que intentamos hacer con el alumnado.

¿Qué les transmiten los alumnos?

Ellos están encantados. La sensación del año pasado, cuando abrimos en octubre, era impresionante. Y ahora también. En proporción, hay una afluencia mayor que nunca. Muchos venían después del Pilar, pero desde el primer día hemos estado a tope. Algunos aún vienen a preguntar por los cursos donde queda hueco. Nosotros estamos aquí y recibimos personas todo el año.

En el ámbito terapéutico viene gente a lo largo del año porque, cuando van al médico, les dice que participen en actividades y les recomienda venir a la UPP. Con la reducción de aforo, incluso se ha quedado gente fuera. Tenemos listas de espera, pero en Navidad hacemos un reciclaje y pueden cambiar las cosas, quizá recuperar a alguien más.

Este miércoles se retoma la actividad en centros sociales y aulas de mayores. ¿Cómo se ha estructurado la oferta después del parón del año pasado?

Es prácticamente la misma. Había un peligro mayor porque perder todo un año era importante. Lo sujetamos relativamente con los cursos online y los paseos culturales. Y en lo primero nos encontramos con personas mayores sin ordenador, por ejemplo. Se trataba de, como fuera, mantener la vida. Curiosamente, a los paseos culturales, que fueron 40, pensábamos que con el miedo irían pocos. Pero hubo en torno a 400 personas con muchas ganas.

En los centros sociales, nos movemos en dos terceras partes del volumen de antes, que era de unas 3.500 matrículas, lo que es bastante relevante. Muchas veces, los mayores luchan contra sus hijos, pero se están dando cuenta de que si están siempre en casa parecen sonámbulos y tienen ganas de salir.

También vuelve la programación a las aulas de mayores

Sí, y nos movemos en porcentajes similares. La mayoría de los hijos son participativos. E incluso los mayores dicen: «Si me voy a morir, lo quiero hacer a gusto». Realmente lo decimos todos con cuidado, pero es gente que está al final de sus vidas. Eso no quiere decir que no te cuides, pero la gente quiere volver a participar de la vida social.

Algunas de estas actividades entran en lo que se conoce como envejecimiento activo

Sí. En las aulas de mayores y en algunos aspectos de los centros sociales. Nosotros diríamos que entra en nuestra filosofía. La gente lo demanda, aunque no sea con esas palabras en concreto. Aprenden la filosofía de la actividad física, mental y social.

¿Qué otras líneas de actuación se han recuperado?

Casi todo, con prudencia. Empezamos el programa Palencia Tierra Nuestra, que hacemos en determinados núcleos donde se combina la tarea teórica con la práctica. Vender excursiones es muy fácil pero nos parecía pobre en ese sentido de aprender. Estos viajes deben ir unidos a un periodo de aprendizaje, intercambiando lugares. Es decir, los de la Montaña estudian el Cerrato y vienen a visitarlo, y viceversa. Pedagógicamente es muy interesante porque lo pones en práctica una vez lo estudias. Son trucos didácticos para aprender mejor. Por tanto, hay un intercambio comarcal entre el Cerrato, Campos, la zona de La Vega, etc. Se aprende arte, cultura, costumbres, conectando con los demás. Es algo muy sociable, de intercomunicación, que les atrae mucho. Hay que seguir cumpliendo las medidas, como aforos, pero menos es nada. 

En el centro penitenciario de Dueñas hemos empezado antes que nunca. Solíamos empezar después del Pilar pero iniciamos la actividad el día 4. Estuvimos una parte del año pasado de forma presencial, con dos parones entre medias, en octubre y en marzo. Fue otra batalla, creando materiales para su circuito cerrado de televisión y en papel. 

Decía también que estos tiempos de incertidumbre y cambio de hábitos se podían aprovechar

Esto se transmite a través de emociones, sensaciones y comportamientos. Vivir esto nos ha dejado la sensación de lo vulnerables que somos y que nos necesitamos. La UPP es un buen ámbito para hacerlo porque todos somos sensibles a ello. Es una escuela de solidaridad y reflexionamos sobre ello. Desde nuestra casa lo vemos fácil, pero escuchar a los demás y que te escuchen se hace practicándolo, aplicando el talento y la inteligencia. 

El espíritu familiar de la UPP se ha reforzado con la pandemia

Sí, es un reto y una realidad. Este camino magnífico hay que hacerlo todos los días y así se manifiesta, tanto en el encuentro como en las propias clases. Aquí viene gente con diferentes ideologías, que no dejamos fuera en las clases de debate y se aprende a respetar al otro. El pensamiento único ni existe ni debe existir. El mundo de la cultura enseña mucho en este sentido. El éxito de la UPP está ahí. No es solo una academia, sino que nuestro objetivo es aprender todo eso, pero con los demás y a vivirlo con ellos. Por eso es tan importante la presencialidad.