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El Romo, El Tío Camuñas y otros bandoleros

Fernando Pastor
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/ Cerrato insólito

El Romo, El Tío Camuñas y otros bandoleros

Tras hablar en la entrega anterior del bandolero conocido como El Cariñoso, cabe citar también otros bandoleros que operaron por tierras del Cerrato. 

Otra localidad cerrateña que fue escenario de un bandolero es Fombellida. Le llamaban El Romo. Vivía en una casa con una bodega grandísima con entrada y salida por lados opuestos. Tenía un caballo con el que perseguía a los trenes para robar a los viajeros. 

También robaba machos y mulas. Les metía en la cueva, les pintaba para que no se les reconociera y les sacaba por el otro lado de la bodega, llevándoles a vender a otros pueblos. Lo de pintar el ganado de colores para que no se le reconociera también lo hacía una familia de tratantes que a veces se les iba la mano y robaban algún ejemplar, aunque los somatenes recuperaron parte del botín.

EL TÍO CAMUÑAS. Por los caminos que rodean Villabáñez operaba un bandolero conocido como El Tío Camuñas. Aunque temido por robar, se dice que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. 

Una anécdota puede corroborarlo. Yendo una niña montada en un burro camino del molino con un taleguillo de trigo para moler, fue interceptada por un hombre que le preguntó «niña, ¿dónde vas?». «A moler», responde ella. El hombre la inquiere con extrañeza cómo es que sus padres la dejan ir sola con lo jovencita que es, y ella le explica que sus padres no pueden ir al molino porque están trabajando. El hombre prosigue «¿y si te quitan el trigo y el dinero?», a lo que la niña, en su inocencia infantil, se delata sola: «Mi madre me ha metido el dinero debajo de la albarda, para que no me lo quite el Tío Camuñas». Entonces el bandolero, que de él  se trataba este hombre que se cruzó con la niña, sacó dinero de su bolsillo y se lo dio a la pequeña, diciéndole «le dices a tu madre que el Tío Camuñas te ha dado esto, que no solo no te quita lo tuyo sino que te da más».

OTROS BANDOLEROS QUE ANDUVIERON POR EL CERRATO. En Villanueva de los Infantes bandas de ladrones solían saquear las casas por las noches, aprovechando que los moradores estaban dormidos. Pero Arturo Manso ideó una estrategia para inhibir este hábito: dejaba la luz del portal encendida y un burro con las albardas y las alforjas puestas, de tal forma que parecía que los dueños estaban despiertos y preparados para faenar.

Además una leyenda habla de un grupo de bandoleros que operaban por el entorno de San Bernardo. Estaría dirigido por Ferrero (apodado Sanguijuela, Mensajero misterioso y Mano manca, ya que le faltaba una mano), y compuesto también por Aquilino, El Zurdo de Sardón, Piche, Conducho, Parrondo, El Carbonero y Villanueva. Desconozco si la leyenda se basa en datos reales.

Lo que sí fue real es el trágico final de dos bandoleros que atracaron a un quesero de Cabezón de Pisuerga que regresaba de Valladolid, donde había acudido a vender queso. Le robaron el dinero recaudado y el reloj y huyeron hacia Castronuevo de Esgueva, hasta el páramo Montecillo. Desde allí se encaminaron a la finca La Fé, conocida como La Fábrica debido a que albergaba un salto de agua y unas turbinas para fabricar electricidad. Fueron hacia allí pensando que podrían esconderse entre las turbinas pero al ser verano había mucha gente por el campo y campesinos trabajando, por lo que fueron vistos y alguien dio aviso a la Guardia Civil de Valladolid. Cuando llegó la benemérita se desató un tiroteo. Los bandoleros cogieron como escudo al molinero y a otro vecino de Castronuevo, llamado Paco, pero no les sirvió de nada ya que los disparos recibidos acabaron con su vida, siendo arrojados sus cuerpos a un hoyo existente en la zona del cementerio destinada a los niños que morían sin haber sido bautizados.

En Castrillo de Don Juan era relativamente frecuente que robaran la renta de la dehesa, y también que asaltaran a quienes regresaba de Peñafiel o de Valladolid tras vender trigo y cebada para robarles la recaudación o el dinero que llevaban para pagar la renta de las tierras. Cuentan que los asaltantes portaban navajas del estilo de los bandoleros de Sierra Morena y que solamente con el ruido que hacían al abrirlas ya metían el miedo en el cuerpo.