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Personajes con historia - Vasco Núñez de Balboa

El descubrimiento del Pacífico (II)


Antonio Pérez Henares - 11/10/2021

Cuando Balboa emprendió el viaje que le convertiría en Historia llevaba ya 12 años en las Américas y en los tres últimos, pasados en Panamá, había aprendido mucho de aquel territorio y aún más de sus gentes. Había pasado, sin dejar de serlo, de aventurero a explorador y a conquistador. Ahora sabía adónde quería llegar y cómo alcanzarlo.

Las noticias que había recibido sobre el gran mar y su no excesiva lejanía ni dificultad en llegar a él que le trasmitió Panquiaco, y que luego corroboró con otros, la recibió Balboa en 1511, pero no fue hasta dos años después cuando emprendió la marcha. Sin duda quiso prepararla a conciencia y tomar todas las precauciones necesarias. Pero, además, antes de lanzarse, exploró en 1512 otro camino posible, como si intuyera que podría haberlo por allí más fácil hacia su objetivo por la culata de Urabá. Lo buscó mientras hacía acopio de oro por la zona, aunque no pudo llegar a un fabuloso lugar donde le dijeron que había pepitas como naranjas que recogían en cestas. La noticia de que había una conspiración indígena de varios caciques derrotados para destruir Antigua le hizo regresar. Su llegada la desarticuló. Cincuenta guerreros disfrazados de campesinos le prepararon una emboscada para matarle y su sola presencia les asustó tanto que salió ileso de ella.

Pero lo peor le vino por los propios españoles. Varios vecinos, con cargos relevantes en la ciudad, incluso alguno que consideraba leal, marcharon a La Española y a España después cuando él ya estaba camino del Pacífico y echaron pestes de él y de su gobernación, pidiendo su sustitución. En la propia ciudad alcaldes y regidores conspiraron también contra él e intentaron apoderarse de 10.000 pesos en oro de la tesorería, pero Balboa les ganó por la mano, los encarceló y los entregó en custodia a los franciscanos.

El virrey Colón no dio crédito a los críticos pero, consciente de que le estaban segando la hierba bajo los pies y que se tramaba su sustitución en el cargo, envió a Andrés de Ocampo, que dirigía la flotilla, envió un memorial para el Rey Fernando, con fecha de 20 de enero de 1513, donde ponderaba sus logros, la pujanza de Santa María de la Antigua, la buena relación con los indios y el acopio de oro hecho y el que podía hacerse en los ríos que ya señalaba iban hacia el otro mar. Lo malo fue que Ocampo tardó hasta 1514 en llegar y lo hizo solo para morirse allí. La defensa de Balboa hubo de transferirse a otra persona.

Balboa había ya comprendido que no podía demorar más su expedición y que el descubrimiento de aquel gran mar podía ser la mejor de sus bazas. Dejó en Santa María de la Antigua del Darién unos 200 españoles y salió con 190, su jauría de perros comandada por Leoncico y un pequeño bergantín escoltado por nueve canoas indígenas con las que navegó hacia las tierras de su amigo el cacique Careta. Desembarcó allí cinco días después para reunirse con los contingentes indios que marcharían con él. Lo hizo en la que luego sería la ciudad de Acla que él fundó y que tan trágica suerte a la postre le traería, con más de mil hombres provenientes tanto de esa tribu como de la Comagre, estos al mando del aguerrido e inteligente Panquiaco. Llegaron a las tierras del cacique Ponca, al que había derrotado anteriormente y que se le volvió a enfrentar, pero, vencido, y al comprobar la enorme superioridad, se sometió y le proporcionó también guerreros y guías para proseguir por las mejores veredas y trochas de las selvas.

 Avanzaron sin otra oposición, que no era menor que la espesa jungla sin más tropiezos armados, aunque se encontraron con algunas tribus que les sorprendieron por el color oscuro, casi de negros, de su piel hasta ir a topar con la oposición del cacique Torecha en su poblado principal de Cuarecuá, que les presentó una feroz batalla donde los de Balboa sufrieron bastantes bajas y muchos heridos y que solo concluyó cuando su líder pereció en el combate.

Al entrar en la casa principal del poblado, la del cacique muerto, encontraron en ella a un hermano vestido como una mujer rodeado por otros notables vestidos de igual guisa, lo que llenó de escándalo y repulsión a Balboa y los españoles. Vieron en aquello la peor de las perversiones y una especie de harén de sodomitas y la respuesta fue terrible. Azuzaron a la jauría de perros contra ellos y estos los despedazaron a todos.

 

La alianza

Habían pasado 24 días desde la salida de Antigua y los expedicionarios necesitaban reponerse. Se quedaron allí y resultó que los guerreros vencidos y muchos huidos a las selvas retornaron y le ofrecieron alianza y unirse a él. Balboa lo aceptó y decidió dejar allí a buena parte de sus tropas e indígenas y proseguir con 67 españoles entre los que iba Francisco de Pizarro, que no se había separado de Balboa desde su encuentro en el Urabá, y varios centenares de indios con Panquiaco a la cabeza.

 Los guías indios ya le habían asegurado que tras cruzar algunos ríos se llegaba a una cordillera -las montañas Urrucallala- desde la cual se divisaba a lo lejos el gran mar. Que estaba muy cerca. Y Balboa estaba dispuesto a llegar aquel mismo día. Así que a las seis de la mañana del 25 de septiembre salió del poblado. A las 10, los guías le indicaron el lugar desde el cual se divisaba el océano. Balboa ordenó a todos detenerse y subió solo, pues deseaba ser el primero en ver el Mar del Sur. El escribano de la expedición, Andrés de Valderrábano, dio así fe de ello: «En veinticinco de aquel año de mil e quinientos y trece, a las diez horas del día, yendo el capitán Vasco Núñez en la delantera de todos los que llevaba por un monte raso, vido desde encima de la cumbre de la Mar del Sur antes que ninguno de los cristianos compañeros que allí iban».

Subieron los demás y juntos contemplaron emocionados aquel impresionante escenario con el gran mar al fondo ocupando la totalidad del horizonte. Tomó posesión del lugar, cortaron ramas, hicieron montículos de piedras, grabaron con sus puñales en los troncos de los árboles los nombres del Rey Fernando y de la Reina Juana, así como la fecha y los suyos propios y el clérigo Andrés Vera entonó el Te deum Laudamos coreado con emoción por todos ante la estupefacta mirada de los indígenas.

Entonces, Balboa ordenó al escribano que tomara los nombres de los 67 españoles presentes, comenzando por el suyo, seguido por el del clérigo Andrés de Vera y siendo el tercero el del teniente, Francisco Pizarro.

Tras ello, comenzaron la bajada hasta aquella todavía lejana orilla para así tomar posesión de aquel mar en nombre del monarca y la corona castellanas. Hubieron de pasar por tierras del cacique Chiapes, que les opuso en su poblado una breve resistencia, pero se avino pronto a someterse y colaborar. Desde allí Balboa envió a tres grupos diferentes en busca del mejor sendero para alcanzar el mar. El liderado por el extremeño Alonso Martín de Don Benito fue el primero en llegar, dos días después, a la orilla. Embarcándose en una canoa pudo así decir que había navegado por él. Regresó a toda prisa después a avisar a Balboa, y este se puso de inmediato en camino con 25 hombres seleccionados. Todos lucían sus mejores galas de combate; corazas, cascos, plumas y llevaban en vanguardia un estandarte con la imagen de la Virgen y las armas de Castilla. Pero llegados a la playa, esta era un fangal por la marea baja, así que esperaron a que subiera para no deslucir la ceremonia. Balboa entonces se puso la coraza y el yelmo y con el estandarte en una mano y en la otra la espada, se adentró en el mar hasta que el agua le llegó a las rodillas y proclamó: «Vivan los muy altos e poderosos señores reyes don Fernando e doña Juana, Reyes de Castilla e de León, e de Aragón en cuyo nombre e por la corona real de Castilla tomo e aprehendo la posesión real e corporal e actualmente destas mares e tierras, e costas, e puertos, e islas australes». Después, y tras preguntar si alguien se oponía a la posesión, a lo que solo replicó el silencio y el rumor de las olas, y si estaban dispuestos a defender con sus vidas tal posesión, a lo que respondió un sonoro sí, dio unos sablazos al agua y salió para, a continuación, ordenar al escribano anotar los nombres de los 26 presentes encabezados por Balboa y por Pizarro. Los testigos hubieron también que probar el agua y asegurar que como la del otro mar, era salada. Bautizó como Mar del Sur y a aquel golfo como el de San Miguel, por ser aquel día el de aquel Arcángel, el 29 de septiembre de 1513.

 

La búsqueda del oro

La cuestión de encontrar el mar había quedado resuelta y para que no hubiera duda, un mes después, realizó otra ceremonia de posesión, esta en mar abierto. Pero quedaba la otra, la del oro, del que había hablado Panquiaco. Y en ello se empeñó durante los meses siguientes por la costa y las tierras de diversos caciques a los que iba requisando por las buenas o por las malas todo el oro que podía. Pero este no era mucho y, sin embargo, lo que encontraba eran perlas de excelente calidad. Decidió pues dedicarse más a estas hasta que le dieron la noticia de unas islas donde se producían en cantidad enorme, y para allá se fue. Lo malo es que el tiempo era pésimo para navegar y apenas si pudo avistarlas y acercarse a la más grande, isla Rica la llamó, hoy del Rey, y al archipiélago de Las perlas con el que se quedó y con mucha razón hasta el mismo día de hoy.

Balboa regresó triunfante hasta Santa María de la Antigua del Darién, lo hizo siguiendo otra ruta y aprovechando para seguir conquistando territorios y sometiendo a sus caciques, amén de continuar haciendo acopio de oro y perlas. Para ello empleaba bien el acuerdo o bien la espada, pero en diciembre ya estaba de nuevo en tierras del Caribe atlántico en concreto en el golfo y archipiélago de San Blas, y desde allí ya a las de Comagre, donde ahora ya muerto su anciano padre, Panquiaco se había convertido en el nuevo cacique, y ya por las tierras de Ponca y Careta, donde fueron quedando los indígenas que habían ido con él, a su ciudad, a la que llegó el 19 de enero de 1514. Traía, amén del gran descubrimiento, un gran botín de más de 100.000 castellanos de oro, una gran cantidad de perlas y muchos y muy hermosos tejidos en algodón. Vasco Núñez de Balboa había alcanzado su sueño y se disponía a vivirlo.

Pero nada más llegar, las noticias que le aguardaban eran inquietantes. El quinto real enviado no había llegado a su destino al perderse en un naufragio, sus procuradores habían informado contra él y su sustitución estaba en marcha. Vasco Núñez de Balboa no era, sin embargo, hombre que se arrugara ante la adversidad. Y se dispuso a remediarlo. Tenía en sus manos ahora una baza que creía definitiva: había descubierto el mar del Sur, el mar al otro lado donde más allá estaría, ahora sí, la codiciada especiería.

Así que envió prestamente rumbo a España a uno de sus fieles, Pedro de Arbolancha, para dar noticia de sus descubrimientos al Rey, hacerle llegar su quinto correspondiente al mismo, algunos regalos además y la petición de que vinieran hacia allá barcos, pertrechos y gentes para poblar todo aquel territorio que él había descubierto y conquistado.