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Editorial

La deriva inflacionista empaña la recuperación de la demanda turística

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España ha llegado a la Semana Santa recuperando la práctica totalidad del turismo que se dio en la Pascua de 2019. Las ganas de viajar después de dos años de restricciones han ganado a los riesgos que todavía pueden suponer los últimos coletazos de la covid-19 y a la inquietud e inseguridad que abre la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Pero con una situación epidemiológica controlada, las reservas se han acelerado en la última semana y el conflicto bélico apenas se ha notado. La percepción de nuestro país como un destino más seguro que otros competidores mediterráneos ha mitigado el impacto que temía un sector muy castigado en los dos años previos.

Las restricciones de movilidad dejaron a cero el negocio durante meses, y muchos establecimientos cerraron antes incluso de que el Gobierno les obligase a hacerlo por decreto. En verano de 2021 hubo un tímido intento de recuperación, pero el cierre de Reino Unido en medio de la temporada frustró el intento de recuperar la normalidad. Está claro que el avance de la vacunación y las características 'benignas' de la variante ómicron han permitido avanzar en el proceso de 'gripalización' de la pandemia y que, por ende, las restricciones hayan ido cayendo y la evolución del turismo haya ido subiendo. En el arranque del año, la demanda española se ha mantenido como el principal motor de la actividad turística y, desde marzo, se apreció una notable reactivación de la extranjera. Ahora, los buenos datos se hacen extensibles al turismo de litoral y al rural. Falta por ver cómo se traduce la llegada de turistas en el consumo en este contexto de precios sin freno.

A la par que la recuperación de la demanda se acelera, las grandes empresas del sector empiezan a asimilar que eso no va a traducirse en una mejora de su rentabilidad. Y no solo ya por lo impredecible de la pandemia a nivel mundial y lo que eso condiciona a la hora de hacer planes a largo plazo, sino por las tensiones inflacionistas que ya están castigando también al sector hotelero en áreas clave como la alimentación y la energía, lo que está repercutiendo en los costes por pernoctación y manutención y, por tanto, en la competitividad. El progresivo deterioro de los márgenes, por la subida de sus costes operativos y la dificultad de trasladar esos incrementos al precio final, son la principal preocupación entre unos empresarios con tesorerías muy exhaustas, que siguen viendo riesgos en la viabilidad de sus negocios, y justo cuando muchos tienen que empezar a devolver los créditos con los que trataron de lidiar el derrumbe de los dos últimos años. Se ciernen nuevas amenazas de cara al verano, y al sector sobre el que se asienta un buen trozo del PIB no le va a valer con que las bombas caigan a 4.000 kilómetros.