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 José María Nieto Vigil

Sin Perdón

José María Nieto Vigil


Otoño

24/09/2021

Acabamos de comenzar el equinoccio de otoño, un nuevo y encantador periodo estacional, a mi humilde entender. Su etimología latina es aequinoctium, es decir, ‘noche igual’. Su composición deriva de dos palabras, aequus (igual) y nox (noche). Desde el punto de vista estacional, es un periodo en el que el día y la noche duran lo mismo.
Más allá de estas consideraciones semánticas, o de las lecturas meteorológicas y climatológicas que se puedan hacer, el otoño es una bellísima estación. Es cierto que los estados anímicos se prestan a la melancolía y al ensimismamiento, pero la naturaleza nos ofrece una hermosura decadente extremadamente encantadora y atractiva, muy sugerente e interesante, atractiva y sugestiva.
Después de los meses de rigor estival, excesivos a mi modo de entender, llega un cuatrimestre de tiempo suave, apacible, templado y que se presta a una mayor tranquilidad y relajo. El descanso, el paseo, la alimentación y otras actividades intelectuales, como la lectura, la escritura o la música, encuentran en las jornadas otoñales un momento ideal para ser disfrutadas con mayor deleite.
Los pueblos de Castilla se envuelven en un manto de encanto ciertamente reconfortante. Irradian quietud, silencio, tranquilidad y recogimiento. Se oyen los sonidos acallados meses atrás,  ahora más fascinantes y seductores. Se escucha el ladrido de los perros en la lejanía, el cantar del gallo al alba, el tañido de la campana parroquial, el cimbrar de los árboles sacudidos por el viento, mientras nuestras pisadas chasquean y quiebran las hojas caídas que, a modo de alfombra, adornan paseos, caminos y veredas.  Es sumamente entrañable la estampa de las primeras chimeneas humeantes y el ronroneo de las máquinas cortando leña, aunque si es el son del tajo producido por el hacha, el encanto aumenta el intimismo.  La leña amontonada es parte de un decorado que embellece la escena. El bullicio del verano da paso a un estado de abstracción, tan encantador como necesario, en un mundo sordo cuya existencia discurre precipitada y alocadamente. Es el preludio de la desnudez invernal.