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«Las ciudades medianas deben ofrecer empleos»

Carlos H. Sanz
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Luis Fernández Vallejo cursó la carrera en las Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Valladolid y de Madrid en la especialidad de Urbanismo. Además, es máster en Técnicas Urbanísticas por la Escuela de Gestión Empresarial y Politécnica

«Las ciudades medianas deben ofrecer empleos» - Foto: Sara Muniosguren

Apartamos el foco de las obligaciones de Luis Fernández Vallejo como concejal de Urbanismo, de las que este año se ha hablado largo y tendido en estas páginas en temas como Palencia Río o el desarrollo de suelo industrial, para profundizar en la visión que este arquitecto y urbanista posee sobre los retos a los que se enfrentan las ciudades. Conocimientos no le faltan, ya que ha redactado durante más de 40 años proyectos de edificación de todo tipo, residencial, dotacional, etc., tanto para la administración como particulares, así como las normas urbanísticas de más de 20 municipios de la provincia, y todo tipo de planeamiento de desarrollo y gestión urbanística.

Desde su punto de vista como concejal de Urbanismo, ¿cuál es el presente y futuro de la ciudad?

Palencia, al igual que cualquier ciudad, especialmente las de tamaño pequeño o mediano, tiene como reto sobrevivir y es obligación de los responsables políticos buscar soluciones y/o alternativas que permitan su supervivencia, además de aspirar a un futuro mejor. 

Actualmente, la economía de la ciudad está paralizada y la percepción es que no se hace lo suficiente por activarla. Ahora, además de sufrir los estragos de la covid, afronta problemas económicos y, como ciudades de tamaño similar y especialmente las situadas al interior, se convierten en una desalentadora mezcla de pensionistas, funcionarios, empresas dependientes del dinero público, empleados del sector servicios y establecimientos cerrados.

La capital ha crecido de forma moderada a lo largo de los últimos años, compensando el número de ciudadanos que se marchaban con los que llegaban atraídos por nuevos empleos, servicios, funcionarios, etc., pero a partir de 2008 la tendencia cambió; la pérdida de trabajos, el cierre de empresas y las escasas perspectivas han forzado a emigrar a muchos de sus habitantes, en especial a los jóvenes.

En la medida en que se conserva alguna esperanza de que el éxodo de las grandes capitales que se ha vivido en estos tiempos de pandemia nos pudiera beneficiar, otras ciudades han ganado algo de población por ese motivo, pero Palencia está demasiado lejos de Madrid y demasiado cerca de Valladolid. Esto es relevante, en la medida en que subraya los límites del teletrabajo. 

El factor geográfico continúa siendo importante: aunque haya habitantes de grandes ciudades que hayan emigrado a poblaciones más pequeñas, siguen apreciando la cercanía física a las primeras, y la posibilidad de trabajar a distancia como baza no parece una opción suficientemente atractiva.

 

De sus palabras entiendo que la capital no va a escapar de la etiqueta de España vaciada

El concepto de la España vaciada contiene una carga notable de nostalgia ya que nació de un cierto pesar de evocar tiempos pasados. Aunque se proyectan iniciativas para su repoblación con ejemplos de emprendedores rurales exitosos, la sensación de que esa es una España en trance de desaparición late incesantemente. Sin embargo, se trata de una percepción irreal, no porque no existan pueblos de esa clase, sino por el enfoque, entre el sentimentalismo y el absurdo con el que está siendo abordado el problema.

El punto nuclear de esta España vaciada son las ciudades pequeñas y medianas; y, entre ellas pero no solo, las capitales de provincia. Son cruciales para impulsar su zona de referencia y para fortalecer y dar recorrido a un país. Es en ellas donde más se ha dejado sentir, en sus aspectos más negativos la globalización. La excepcionalidad de Madrid y los intentos secesionistas de Barcelona son consecuencia obvia de las nuevas posibilidades que abrió un entorno global: las urbes con más peso y más recursos emprendieron un alejamiento insistente de sus regiones y países con el propósito de conectarse con otras ciudades globales y tejieron así una red que constituyó el centro del nuevo orden geográfico.

Ese movimiento abrió brechas en todas partes, y en esa reconfiguración, muchas poblaciones que gozaron décadas atrás de un nivel aceptable de vida entraron en un significativo declive. Las deslocalizaciones hacia Asia, la concentración de la agricultura y la ganadería locales, la falta de estructura empresarial y la ausencia de planes de desarrollo nacional han generado muchos perdedores, entre ellos, figuran en lugar destacado estas ciudades de tamaño pequeño y mediano como Palencia.

El declive se produce a pesar de los esfuerzos que realizan para integrarse. Son poblaciones transformadas en las que se pueden encontrar lugares acogedores, servicios que no desmerecen de los de las grandes urbes, centros urbanos preparados para el turismo, diferentes posibilidades de ocio. Tales cambios forman parte de un intento de reconversión, de un deseo de adaptación a los tiempos, cuyo propósito es resultar atractivas para visitantes y para futuros habitantes. Por eso, pusieron en marcha, museos, palacios de congresos, obras emblemáticas, organizaron festivales, etc. Se interiorizó que no importaba el tamaño, que lo importante era la accesibilidad, la tranquilidad y la proximidad. A pesar de esos esfuerzos, el declive no se ha detenido, y no hay señales de que vaya a hacerlo.

El resultado era esperable, porque tales iniciativas eran parches, no soluciones. Consistían en una suerte de puesta al día, en una renovación estética, pero falta inversión, planes de desarrollo, ideas a medio plazo, capacidad de creación de empleo. 

Esa puesta en marcha con una nueva fachada urbana ofrece a los habitantes de las ciudades la sensación de que se está haciendo algo para revertir la tendencia, y aunque resulta tranquilizadora, dista mucho de ser suficiente. En buena medida, porque parte de un planteamiento erróneo en lugar de trazar planes para construir ciudades fuertes se diseñan para hacerlas bellas, como si bastase con una bonita imagen para que la prosperidad regrese.

 

¿Qué papel deben jugar los fondos de recuperación o Next Generatión en esa transformación necesaria?

El problema con los fondos de recuperación, que podrían ser una solución para que por fin algo empezase a cambiar en España, es que esa mentalidad parcial e insuficiente no se ha abandonado. La idea de que con la llegada de la fibra óptica a lugares más remotos se podrán revitalizar económicamente entornos deteriorados o que con el teletrabajo las pequeñas ciudades pueden recuperar población es quedarse de nuevo en los parches. Creer que, si se ofrecen lugares más amables, naturales y humanos para residir y trabajar, muchas personas cambiarán de residencia no suele funcionar, la gente se muda a lugares en los que haya empleo, no a los que les parecen más agradables. 

Articular el reparto de los fondos de recuperación a partir de la presentación de proyectos significa adoptar una perspectiva pasiva y escasamente útil para zonas o ciudades de tamaño medio, en los que se plantean proyectos interesantes, pero con alcance muy limitado. En un entorno con muchos emprendedores, y muchas empresas con puestos de trabajo, es bastante más fácil imaginar posibilidades de futuro que en aquellas regiones en las que falta vitalidad. Y este es el problema esencial: los territorios con músculo endeble no pueden plantear proyectos con la entidad precisa, porque carecen de la capacidad necesaria para dar vida a la zona. De donde no hay no se puede sacar, es preciso crear algo primero. 

Si una de las posibilidades de desarrollo de los territorios españoles ha sido la inversión para su adecentamiento estético, la otra, cuando haya fondos, pasa por el impulso de lo existente en el ámbito de la digitalización y de la economía verde. Pero si la idea es potenciar lo que ya hay, el problema de muchas ciudades en las que hay muy poco hace falta un impulso exterior, bien sea regional o estatal que permita arrancar ya que por sí mismas no pueden hacerlo,

 

¿Cómo aplicamos este planteamiento a la capital?

Hay muchas iniciativas que podrían ponerse en marcha aprovechado las infraestructuras, pero para lograrlas hay que pensar en otros términos. Al margen del destino que finalmente tengan los planes, deben estar tejidos desde una perspectiva apropiada. El Estado o la Autonomía toman las riendas, invierten, conceden un propósito al dinero, le otorgan una orientación productiva y ponen en marcha una reconstrucción nacional o regional que sitúe el acento en las zonas deterioradas. No se trata únicamente de mejorar infraestructuras, o de crearlas, sino de que estas sean aprovechadas; también en términos de reindustrialización, de empleo, de aumento del nivel de vida de sus ciudadanos, de recorrido futuro. Se necesita una acción de esta clase para asentar el país y la región para competir estratégicamente en el nuevo entorno geopolítico.

Es una lógica que se ha olvidado estos años, pero que resulta indispensable en este escenario: hay que fortalecer el interior si se quiere competir en el exterior, y eso implica tanto activar el mercado interno como generar estabilidad a través del aumento en el nivel de vida. Y para eso, hay que crear empleo.  Este es el planteamiento correcto, con todo lo que ello implica. De poco sirve invertir en digitalización y en economía verde si no se generan empleos y vitalidad económica a medio y largo plazo. Es una mirada que sería especialmente útil para España y para Castilla y León que concedería una posibilidad real a buena parte de los territorios nacionales, esos que ahora perciben que su declive no parece tener fin.

 

¿Qué responsabilidad tienen ustedes, los políticos, en esta situación?

Las ciudades pequeñas y medianas se caracterizan por su conservadurismo. Suelen ser localidades resignadas, donde las estridencias no reinan, en las que sus habitantes han tratado de encontrar una salida individual, en general marchándose de allí. Han actuado de forma adaptativa a los cambios, siguiendo tendencias dominantes, copiando las ideas que estaban en boga, precisamente porque carecen de iniciativa rupturista. 

Hasta ahora, estas ciudades se han caracterizado por su fidelidad en el voto (casi siempre suelen ganar los mismos partidos, sean de izquierda o de derecha) y por su escasa afición a las opciones diferentes. Es normal, teniendo en cuenta que son poblaciones con muchos jubilados y con bastante empleo público, sectores poco favorables tradicionalmente a grandes transformaciones y con unas elites locales imbricadas con el poder político.

Sin embargo, esa tranquilidad política puede acabarse pronto si no perciben un giro que les brinde alguna esperanza para el futuro. Se trata de territorios sometidos a presión, y acabarán liberándola por algún sitio. Sería normal, toda vez que esa demanda de visibilidad y apoyo es común a muchas otras zonas. La otra posibilidad que se percibe es la vinculación con los populismos son una muestra evidente de cómo las poblaciones de las ciudades pequeñas y medianas que se han visto olvidadas, han acabado por constituir una fuerza política ineludible, que ha propugnado un localismo fuerte que les hiciera sentirse tenidos en cuenta. 

En todo caso, y más allá de la dirección que tome, es evidente que vamos a vivir tensiones en los próximos años en esos territorios. La activación política de la España vacía puede ser una de las novedades si hay alguna fuerza que sepa cómo movilizarla y dirigirla. Las tendencias llegan demasiado pronto o demasiado tarde, pero acaban llegando.

 

¿Qué alternativas cree adecuadas para escapar de esta deriva?

No se ha reparado en lo mucho que se parece esta España interior a España en sí misma. Somos una suerte de ciudad mediana en el entorno global: cada vez somos más un país de jubilados, del que los jóvenes emigran, en el que los trabajos provienen del funcionariado, de los servicios, del pequeño comercio y del turismo. La actividad industrial está escasamente presente, tanto en sectores tradicionales como en los innovadores, y es un diseño productivo que nos aboca a los mismos males que aquejan a ciudades pequeñas y medianas: un laberinto de deuda, desempleo, inversión escasa y dependencia del sector servicios. 

De ese callejón no se sale con reformas que conviertan esos problemas en más acuciantes, sino adoptando otras fórmulas, planificando para lograr una España más cohesiva, teniendo la iniciativa suficiente como para crear allí donde no hay e impulsando aquello que podría crecer. Pero eso requiere otra perspectiva, una que tenga visión de Estado en la mente, que sepa cómo conectarse de otra manera, y que sepa potenciar todo lo que tenemos, que no es poco. 

El giro europeo digital y verde puede ser una oportunidad para ir cerrando la brecha entre Madrid, Barcelona, País Vasco y la España perdedora, pero también para abrirla todavía más. Y sería un error, porque solo un país que crece en conjunto tiene posibilidad de jugar en el tablero global. Nos jugamos mucho en esta época. El mismo lugar que Palencia ocupa en España, España puede ocuparlo pronto respecto de Europa: población envejecida, escasa actividad, emigración de los jóvenes, y poca esperanza de futuro.

 

¿Puede aplicarse ese diagnóstico a nivel nacional en Castilla y León, una comunidad con unas características muy distintas a las regiones de alrededor?

Actualmente, en Castilla y León hay cuatro ciudades que superan los 100.000 habitantes, mientras que otras 12 superan los 20.000, entre ellas cinco capitales de provincia. Es decir, que de las nueve provincias de la comunidad, cuatro de sus capitales tienen un tamaño considerado grande, a nivel de la Comunidad, mientras el tamaño de otras cinco es mediano o pequeño, pero estas últimas cruciales para impulsar su zona de referencia. 

Teniendo en cuenta que en los últimos años en Castilla y León se ha vivido un retroceso demográfico regional en el que las ciudades pequeñas fueron las más perjudicadas, mientras que las grandes se han beneficiado de migraciones interiores, hace que estas ciudades de tamaño pequeño o mediano, de algún modo deban ser incluidas en ese concepto de España vaciada que haga que deban ser tenidas en cuenta.

Desde diversos puntos de vista se manifiestan opiniones sobre la necesidad de un debate sobre cómo debe ser la ciudad del mañana y cuáles serían los medios mejores para vivir en la ciudad. En este sentido existe un consenso sobre los cambios que se han producido en los espacios urbanos, así como el hecho de que estas no están cumpliendo (o cumplen en menor medida) su función de integración de ciudadanos, el rol de ser centro de progreso económico, cultural y social. Por todo ello, están surgiendo planteamientos sobre cuál debería ser el papel que las ciudades, especialmente las ciudades medias pueden desempeñar en el futuro

El proceso de concentración urbana acaecido en los últimos años ha llevado a la acumulación de recursos en áreas urbanas de mayor tamaño. Actualmente, muchos países se enfrentan, en mayor o menor grado, a problemas planteados por un constante aumento de la población que vive en las ciudades de mayor entidad. Este incremento de tasa de urbanización ha dado lugar a problemas como hacer frente a la demanda de equipamiento y servicios que trae consigo este incremento de población, y a problemas derivados de la congestión y aumento de costes económicos y sociales de las grandes ciudades, Por otro lado, el incremento de la tasa de urbanización significa el abandono, en muchos casos, de zonas preferentemente rurales, con lo que se acentúan los desequilibrios territoriales entre las regiones de un país.

Para hacer frente a este fenómeno de concentración por un lado y desertización por otro, se ha planteado en algunos países de Europa la posibilidad de reducir las diferencias socioeconómicas inter e intrarregionales, potenciando núcleos de población de tamaño intermedio. En algunos de estos países hay legislaciones específicas que tratan de poner freno al crecimiento de grandes ciudades, favoreciendo y promoviendo el desarrollo de las medias.

Las funciones fundamentales que deben cumplir este tipo de ciudades para cubrir los objetivos de una política de promoción de ciudades de tamaño mediano, en un programa de desarrollo regional y de ordenación del territorio, deberían ser, en primer lugar, ofrecer empleos suficientes para acoger a la población rural del entorno y absorber la de los núcleos urbanos saturados; y en segundo, facilitar las condiciones de vida, educación, sanidad, ocio, y muy especialmente vivienda.

Las ciudades medias tendrán un papel muy importante que desempeñar en relación con su entorno, especialmente con el espacio rural. La función que estas ciudades tienen que cumplir respecto a los núcleos rurales es contribuir a la rehabilitación económica y social del espacio rural de su zona de influencia a fin de evitar al máximo su despoblamiento.

Apostar por una política de promoción de ciudades medias cuyo objetivo sea el potenciar los empleos, equipamientos y servicios necesarios en su área de influencia, reduciría al mínimo los movimientos migratorios campo-ciudad. Objetivo que se podría denominar de «fijación de la población en sus lugares de origen o en lugares próximos», lo cual serviría para conseguir dos fines fundamentales de esta política: limitar el crecimiento de grandes áreas metropolitanas y  contribuir al desarrollo de la economía de la región en la que esté localizada.