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Carmen Casado Linarejos

Epifanías

Carmen Casado Linarejos


Emoción

24/07/2022

Muy intensa fue la que vivimos los asistentes al regreso de Plácido Domingo al escenario del Teatro Real de Madrid, el pasado 17 . Los amantes de la ópera recibimos el castigo con que el actual Ministerio de Cultura golpeó al mejor tenor español de todos los tiempos a causa de una acusación que se hizo desde los Estados Unidos siguiendo la estela del movimiento me too sin que mediara ninguna acción judicial, ni acusación formal alguna. El escándalo mediático, perfectamente calculado, sin que el cantante tuviera la oportunidad de defenderse y privándole de su derecho a la presunción de inocencia, provocó la anulación, en España, de sus contratos con los teatros gestionados por el Ministerio de Cultura. Cuando el pasado domingo asistimos al concierto en el escenario real, muchos pensaron que el castigo se había levantado. Pero no fue así, sino que este regreso no se ha producido en la programación de abono, sino en el marco del Universal Music Festival, organizado por el Real para estrellas del pop. Desde que se inició el ataque contra el tenor madrileño, su presencia en los más prestigiosos teatros líricos del mundo ha continuado con el habitual éxito. Con la excepción de dos países: Estados Unidos y su propio país, España. De ahí que se haya considerado la durísima censura al cantante como una estúpida acción política. La acogida que le dispensamos los asistentes el pasado 17 fue clamorosa. El público, puesto en pie, no veía el momento de dejar de aplaudir su salida al escenario. Fue el mismo cantante quien dio por terminada la fervorosa ovación con un gesto a la orquesta. Mucho se ha comentado si ese entusiasmo estuvo movido por el deseo del público a desagraviar al tenor, ahora barítono, o por el indiscutible cariño que le profesamos, no solo los dominguistas sino todos los aficionados a la buena música. Es irrelevante. Lo importante es que pudimos ver al señor Domingo interpretando una selección de arias verdianas con la solvencia y el buen gusto que le han caracterizado. Parece un milagro que, a sus ochenta y un años siga asombrando la belleza de su timbre, la perfecta dicción y el fraseo que le dieron la gloria.