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El final de un sueño

José María Nieto Vigil
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/ Palencia durante la Guerra de las Comunidades

El final de un sueño

En nuestro capítulo anterior dejábamos claro que, lo que ha dado en llamarse la batalla de Villalar no fue propiamente un enfrentamiento entre dos ejércitos al uso, más al contrario, se trató de una persecución y huida en desbandada, una cacería impenitente por parte de las tropas realistas, acantonadas en Peñaflor de Hornija, contra una maltrecha y desorganizada milicia comunera que se batía en huida, alocada y desesperada, que intentaba ganar Toro -lugar de dominio de Antonio Osorio de Acuña, que por aquel entonces se encontraba en Toledo-. No faltan interpretaciones históricas que señalan que se trataría más de una rendición que de una batalla.


Fuese como fuese, lo cierto es que al día siguiente de la clamorosa, casi deshonrosa derrota, sin procedimiento judicial alguno -no cabía otra posibilidad dados los gravísimos delitos de lesa majestad cometidos-, se procedía a segar, a golpe de tajo, la vida de los principales jefes militares de la Comunidad sublevada. Juan Bravo, Juan de Padilla y Francisco Maldonado, en sustitución de Pedro Maldonado –por la relación de parentesco con el conde de Benavente- y por este orden, eran ajusticiados en el patíbulo de la plaza Mayor de Villalar. La ejecución sumaria, bien estudiada y calculada previamente, pretendía enviar un mensaje a los comuneros: no había lugar para la piedad para aquellos que se hubieran levantado contra su Sacra Cesárea Católica Real Majestad, Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, el hombre más poderoso del orbe cristiano occidental.


El emperador del Sacro Imperio Romano, rey de Germania, rey de Italia (Nápoles, Sicilia y Cerdeña), rey de España (Castilla y Aragón), duque de Borgoña, soberano de los Países Bajos y archiduque de Austria, imponía a sangre y fuego, su omnímoda autoridad. El mismo que heredó, por vía materna –Juana I de Castilla-, la corona castellana, con los dominios de Navarra y las Indias Occidentales, y los correspondientes a la corona de Aragón (reino de Nápoles, Sicilia Cerdeña, Valencia, Mallorca y Aragón, y el principado de Cataluña -actual comunidad autónoma de Cataluña y el departamento francés de los Pirineos Occidentales, salvo la comarca de la Fenolleda (Languedoc)- que dejaría de existir como entidad política por los Decretos de Nueva Planta, prolongados entre 1707 y 1716, durante el reinado de Felipe V de Borbón (1683-1746), el Animoso, tras la guerra de sucesión española, prolongada entre 1701 hasta la firma de los Tratados de Utrecht, o Tratados de Utrecht-Ranstatt, consumados entre 1713 y 1715. De ahí la profunda animadversión del independentismo catalán contra la dinastía de origen francés en la actualidad, entre otras cosas más terrenales y mundanas.

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El impacto de la teatral y pedagógico, por amenazante e intimidatoria ejecución, no tardaría en surtir el efecto deseado. La guerra estaba perdida, aún cuando al sur del sistema central, el núcleo irredento de Toledo, comandado por la viuda de Padilla, fiel a los ideales de su difunto marido, prolongaría su resistencia hasta el 3 de febrero de 1522, cuando huyó hacia Portugal, gracias a la connivencia de su hermana María, condesa consorte de Monteagudo y pese a la negativa de asilo del II duque de Escalona, Diego López Pacheco y Portocarrero (1476-1529), familiar por línea materna que, temeroso y adepto al rey, se negaría a darla cobijo.


La 'Leona de Castilla', con cuyo nombre se la reconoce, tuvo conocimiento del fallecimiento de su marido, a través de la carta póstuma que la dirigió Juan de Padilla –hermosa sin duda alguna- y que le fue entregada dos días después en Toledo, en el Alcázar, por el leal servidor de Juan de Padilla, Sosa.


Hasta el 29 de marzo había ejercido el gobierno de Toledo, cuando llegó Antonio Osorio de Acuña, quien intentaba hacerse con la mitra toledana una vez fallecido Guillermo Jacobo de Croy (1498-1521) el día 6 de enero del mismo año, mientras el obispo comunero ejercía su dictadura en Tierra de Campos y preparaba la expedición contra Burgos. Croy había sido designado arzobispo -81º arzobispo Primado de España- de la ciudad imperial por el papa León X (1475-1521), gracias a la mediación de su influyente tío, Guillermo de Croy (1458-1521), gran y primer chambelán de Carlos I, sin duda la figura más influyente sobre el joven monarca e inexperto monarca.

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Cuando se produjo la derrota de Villalar, Acuña abandonó Toledo convencido del fin de las aspiraciones de las Comunidades de Castilla. Desde entonces, María López de Mendoza y Pacheco (1496-1531) sería la que, con bravura, intentaría mantener viva la llama de la sublevación. 
Era una distinguida dama de alta cuna, de notables linajes familiares: Mendoza, Pacheco, Portocarrero, Enríquez, Lasso, Figueroa, Zúñiga o Quiñones. Su padre había sido el Gran Tendilla, Iñigo López de Mendoza y Quiñones (1440-1515), I marqués de Mondéjar y II conde de Tendilla -segundo hijo del marqués de Santillana, hermano del primer duque del Infantado y del cardenal Mendoza, y de Elvira de Quiñones, su madre-, y de Francisca Pacheco Portocarrero (1450-1514) -hija de Juan Pacheco, I marqués de Villena y I duque de Escalona, y de María Portocarrero Enríquez (¿?-1470)-.

 

Era hijastra de la primera esposa de su padre, María Lasso de Mendoza (¿?-1477). Con Leonor Beltrán de Carvajal (1425-1485) tuvo una hija natural. Así pues hermana de Luis Hurtado de Mendoza y Pacheco (1489-1566) -II marqués de Mondéjar, III conde de Tendilla y consejero de Carlos V- ; Antonio de Mendoza y Pacheco (1490/93-1552) -primer virrey de Nueva España y segundo virrey de Perú-. 

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Bernardino de Mendoza (1501-1557) -capitán general de las galeras, comendador de Mérida y miembro del consejo de Estado del rey-; Francisco de Mendoza (¿?-1543) -Obispo de Jaén y consejero del emperador-; Diego Hurtado de Mendoza (1503/1504-1575) –poeta y embajador en Roma de Carlos I-; Mencía de Mendoza (1460-¿?) -casada con Pedro Carrillo de Albornoz, XI señor de Albornoz-; María de Mendoza y Pacheco (1470-¿?) -casada con Antonio de Mendoza Zúñiga, el Galán, II conde de Monteagudo-; Isabel de Mendoza y Pacheco -monja profesa-; y de María Ana Mendoza Carvajal (1490-¿?) -Casada con Martín de Ircio, alcalde de san Vicente de la Sonsierra (Méjico) y soldado en tierras americanas-.


Su linaje, sin embargo, no la daría posibilidad alguna de recibir la gracia del rey, más al contrario, fue condenada y excluida del Perdón General (Valladolid, 1 de noviembre de 1522). Moriría exiliada en Portugal, en extrema pobreza y abandonada por su poderosa familia, en Oporto, en marzo de 1531. Nunca se benefició de los sucesivos indultos reales, jamás pudo acceder a disfrutar de la gracia del rey, de hecho fue condenada a muerte en rebeldía en 1524.

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En Portugal, junto a un reducido séquito, vivió aislada y sometida a vigilancia por parte del emperador, que pretendía evitar cualquier visita u homenaje por los centenares de comuneros allí exiliados, o los que allí acudieron a visitarla. Primero, en Braga, fue acogida por su arzobispo, Diego de Sousa –simpatizante de la causa comunera-, donde permanecería desde 1526 hasta 1531, que consciente del peligro que corría su vida, contactó con el obispo de Oporto, Pedro de Acosta, para que la dispensara nuevo cobijo. Allí pasaría sus últimos años enferma, con no pocas penurias, muriendo a la edad de treinta y cuatro años de edad. Un reducido séquito la había acompañado en su huida: María de Valenzuela, Juan Serrano, Hernando Dávalos y sus fieles criados Pedro Sosa, Zaida y Ficor. 


Casada con Juan de Padilla (1490-1521), seis años mayor que ella, en agosto de 1511, en la Alhambra de Granada, concibieron dos hijos, el primero nacería muerto, en Granada, un varón. El segundo lo haría en 1516, estando asentados en Toledo, Pedro López de Padilla y Pacheco, que fallecería tempranamente a causa de la peste en Alhama de Granada, en 1523, con apenas siete años de edad, estando ella exiliada en Braga. 


Sus restos serían enterrados en la capilla de san Jerónimo (Catedral de Oporto). Sin embargo, sucesivas reformas efectuadas, han hecho desaparecer su lugar de eterno descanso. En aquel momento, el emperador, que se había negado nuevamente a indultarla, había sido coronado por el papa, Clemente VII (1478-1534), en la Basílica de San Petronio, el 24 de febrero de 1530. Era el último emperador coronado por un papa.

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Tampoco conseguiría hacer realidad reposar -según sus últimas voluntades- junto a los restos de su amado esposo, enterrado en el monasterio Jerónimo de Nuestra Señora de la Mejorada (Olmedo. Valladolid), donde fueron trasladados luego de ser exhumados. Lamentablemente, como en numerosos edificios, fue un lugar aquejado por la Guerra de la Independencia (1808-1814) contra los franceses, la Desamortización de Juan Álvarez de Mendizábal (1836) y la ruina posterior. Hoy es un lugar convertido en bodega y viñedos, aunque se conserva un magnífico retablo, obra de Alonso de Berruguete, en los restos del primitivo monasterio. La capilla mudéjar del crucifijo fue declarada Bien de Interés Cultural (3 de junio de 1931). Del lugar de enterramiento de Padilla, tampoco se han conservado sus restos.


La clemencia del emperador nunca llegó a formalizarse, ni en vida, ni en su muerte, pese a los denodados empeños de sus hermanos, Luis, Bernardino, Diego y Francisco Hurtado de Mendoza y Pacheco, muy cercanos al soberano, como se ha señalado ya con anterioridad.


DESPUÉS DE VILLALAR.

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Finalizada la batalla, muchos milicianos fueron licenciados por los realistas, aquellos que no habían tenido responsabilidades políticas ni militares y que se habían rendido sin ofrecer resistencia. Algunos huyeron y lograron llegar a Toro, perseguidos por la caballería del V conde Haro, Pedro Fernández de Velasco y Mendoza (1485-1559), primogénito del III condestable de Castilla, Íñigo Fernández de Velasco y Tovar (1455-1528); otros, los menos, llegarían a Toledo a dar cuenta de la trágica derrota; algunos volvieron a sus pueblos; no faltaron quienes ganaron la frontera portuguesa donde se exiliaron, tampoco los que embarcaron rumbo al Nuevo Mundo, o los que huyeron hacia Francia. Numeroso fue el grupo que se enroló en la Guerra de Navarra contra Francia, buscando hacer méritos para ganar el indulto, entre ellos, nada más y nada menos que Pedro Girón y Velasco (1477-78-1531), III conde de Urueña, antiguo capitán general del ejército comunero, que había acudido al socorro de Logroño, siendo herido en Estella.


La invasión de Navarra fue orquestada por Enrique II de Navarra (1503-1555) y Francisco I de Francia (1494-1547) que, aprovechando la Guerra de las Comunidades en Castilla, vieron la ocasión propicia para provocar un alzamiento generalizado -incluida Pamplona- e invadir Navarra con tropas gasconas, comandadas por André de Foix (1490-1547). La rápida reacción castellana permitió expulsar a las tropas francesas tras la batalla de Noáin (30 de junio de 1521). Esta situación de grave peligro para el reino de Castilla fue aprovechada por muchos comuneros para alistarse y ganarse el indulto de los realistas. Por otra parte, supuso un frenazo al inicio de la represión que contra las Comunidades se pretendía iniciar. 


En similares circunstancias se encontró Juan de Figueroa y Ponce de León, apresado en Becerril de Campos y trasladado a Burgos, junto a Juan de Luna y Antonio de San Román, cuando la villa fue tomada por el condestable de Castilla (15 de abril de 1521). Su hermano, Rodrigo Ponce de León (1490-1530), I duque de Arcos, mediaría para su puesta en libertad y en disposición para luchar contra la invasión francesa de Navarra. Recordemos que él, fue el último capitán militar comunero en Tierra de Campos, durante el ocaso del movimiento, capturado con motivo de la expedición que el condestable había iniciado con dirección a Peñaflor de Hornija desde Burgos.


En poco tiempo, apenas días, después de Villalar, se produjeron las rendiciones de las guarniciones comuneras, al norte del Sistema Central, a sus señores. Casi no hubo resistencia, lo habitual fue la claudicación sin condiciones, o la huida precipitada. La organización política de la Santa Junta desaparecería y jamás volvería a reunirse. La lección aplicada a los cabecillas ejecutados fue un ejemplo para todos.


Las represalias de los señores cuyos lugares de señorío se vieron afectados por los daños ocasionados durante la contienda, se hicieron sentir pronto. Apresamientos, secuestro de sus bienes y procesos judiciales iniciados contra ellos, sus vasallos, fueron inmediatos. Junto a ello se procedió contra los linajes, distinciones honoríficas y dignidades de aquellos que las tuvieran. Muchas familias afrontaron una difícil situación que, con el paso del tiempo, se irían debilitando a través de indultos y perdones posteriores.


De los grandes líderes de las Comunidades de Castilla, la situación fue diversa, pese a que todos fueron exceptuados del Perdón General de 1522. El obispo Acuña fue capturado en La Rioja, cuando trataba de llegar a Roma para acogerse a la protección del papa Adriano VI (1522-1523) –Adriano de Utrecht (1459-1523), antiguo regente de Castilla en ausencia de Carlos I-. Fue conducido a la fortaleza de Navarrete, del señorío de Antonio Manrique de Lara (1466-1535), II duque de Nájera, III conde de Treviño y virrey de Navarra. Tras la llegada de Carlos I a España - Santander, 16 de julio de 1522-, este ordenó su traslado a la fortaleza de Simancas, donde sería ajusticiado tras su intento frustrado de fuga, durante la cual dio muerte al alcaide, Mendo de Noguerol, el 24 de marzo de 1526, tras ser juzgado y condenado por su sempiterno enemigo, Rodrigo Ronquillo y Briceño (1471-1552). Fue enterrado al día siguiente en la iglesia del Salvador (Simancas. Valladolid), en el claustro, junto al altar. De sus restos tampoco hay noticias.


Pedro Maldonado Pimentel (1490-1522), fue trasladado a Simancas, donde sería ejecutado el 14 de agosto de 1522. Debido a las gestiones de su madre, Juana Pimentel –familia del V conde y II de Benavente, Alonso de Pimentel y Pacheco (¿?-1530)-, sus restos pudieron ser exhumados y trasladados, con absoluta discreción, en 1526 a Salamanca. Hoy reposan en la capilla de los Talavera, en la Catedral Vieja salmantina. Allí se encuentra el pendón que portaban las milicias charras.


Pedro Girón y Velasco (1477/78-1531), habiendo sido capitán general de las fuerzas comuneras, intentó obtener el perdón real a cambio de entregar Tordesillas a los realistas, dejándola indefensa (5 de diciembre de 1521). Su cómplice era su tío, el III condestable de Castilla. Sin embargo no lo obtuvo, y tuvo que pasar por el destierro y ganar méritos para alcanzarlo. Participó en la guerra contra los franceses cuando invadieron Navarra y luchó en la toma de Orán, siendo herido en ambas. La insistencia de su tía, II duquesa consorte de Frías, María Tovar, y de sus numerosos e influyentes amigos cercanos al rey, después de numerosas intentonas, consiguieron que recibiera el ansiado perdón, el 9 de enero de 1523. Previamente había sido exceptuado del Perdón General (1 de noviembre de 1522). Fue enterrado en la capilla mayor del monasterio de San Pablo de Sevilla, tras fallecer el 25 de abril de 1531. Junto a él, sería enterrada su esposa, Mencía de Guzmán (¿?-1540), hija de Juan Alonso Pérez de Guzmán (1424-1507), III duque de Medina Sidonia.


Pedro Laso de la Vega y Guzmán (¿?-1554), señor de Los Arcos y regidor de Toledo, abandonaría la causa comunera a consecuencia de las frecuentes disputas con Juan de Padilla. Aspirante a ser el capitán general del ejército comunero, se vio desplazado por aquel tras la traición y renuncia de Pedro Girón y Velasco. Era partidario de llegar a acuerdos con los realistas, en lugar de proseguir la lucha. En marzo de 1521, se pasaría al bando enemigo. Acabada la contienda, sería exceptuado del Perdón General y se vería obligado a huir a Portugal, donde gozaba de la protección del rey portugués, Juan III (1502-1557), el Piadoso, de la dinastía Avis. Allí pasaría algunos años, hasta que fuera perdonado en 1525. El 13 de mayo de 1526, se le concedió el derecho de andar libremente por España, a excepción de la Corte y Toledo. Moriría el 23 de noviembre de 1554 en Batres (Madrid), siendo enterrado en la capilla mayor de la iglesia parroquial de Santiago Apóstol, en Cuerva (Toledo). 


Juan de Zapata y Luján, regidor de Madrid, señor de Barajas y la Alameda, y capitán de la milicia comunera madrileña, desapareció tras la batalla de Villalar, pero no fue dado por muerto. No se sabe cuál fue su paradero, quizá exiliado, quizá en el Nuevo Mundo o, simplemente, oculto en Madrid. Fue exceptuado del Perdón General y condenado a muerte por rebeldía. Su residencia madrileña y sus escudos arrasados. Su hermano, Francisco –arcediano- se sumó a la causa comunera. Su hermano mayor, Pedro, se mantuvo al margen. Ahora, con motivo de la celebración del V Centenario de la batalla Villalar, ha sido uno de los grandes olvidados, con el paso del tiempo. En Madrid no tiene escultura, ni calle o avenida en recuerdo, cosa que no ocurre con Juan Bravo, Francisco Maldonado y Juan de Padilla. Lamentable, pero cierto.


PALENCIA.

De manera inmediata, apenas una semana después de Villalar, la organización política palentina se desmoronó. Esteban Martínez de La Torre -alcalde y luego alcalde mayor del Adelantamiento de Castilla- y Antonio Vaca de Montalvo –corregidor-, ambos nombrados por Antonio Osorio de Acuña, durante su dictadura en Tierra de Campos, (28 de diciembre de 1520), huirían de la ciudad. Ambos serían exceptuados también del Perdón General. Todas las pequeñas guarniciones, incluida la de Palencia, abandonarían sus puestos.


 Los señores de Tierra de Campos  tomarían la iniciativa, aquejados por los saqueos de sus lugares de señorío, en especial Juan de Acuña (1489-1528), III conde de Buendía y Nicolás Tello, consejero de las Órdenes y del Consejo de Castilla -en el que ejercía como oidor-, amigo y estrecho colaborador de Guillermo de Croy, apresado en Fuentes de Valdepero, yerno de Andrés Ribera II, esposo de María Tello –también capturados-.


La justicia señorial, la eclesiástica y la real iniciarían la persecución de los responsables. Así las gentes de Dueñas, Torquemada, Villamuriel Castromocho o Fuentes de Valdepero, participantes en los actos, fueron duramente represaliados. 


Pero Gutiérrez de los Ríos -clérigo paredeño- beneficiado de la iglesia de san Martín; Pedro de Herrera -clérigo de Támara- quiso ser prendido por orden de Juan de Amusco -alcalde de Támara- por haber tomado bienes por la fuerza; Comolán -no se sabe su nombre-, fue prendido por orden de Diego de Huidobro -delegado del cardenal de Tortosa, Adriano de Utrecht. Especial atención merece Pedro de Fuentes -chantre de la catedral palentina-. Fue un comunero convencido, lo que le exceptuó del Perdón General. Había participado en la asamblea del 13 de diciembre de 1520 a la que asistieron procuradores enviados y designados por veintiocho villas palentinas. Fue vocal del Consejo de Guerra local, antes de la llegada de Acuña, junto a Gonzalo de Ayora, entre otros. Participó activamente durante la dictadura de Acuña, saliendo a recibirlo con su séquito durante su primera campaña en Tierra de Campos, sellando con él una alianza y entregándole una cuantiosa suma de dineros. Posteriormente apoyaría a Juan Hurtado de Mendoza y Tovar (1468-1523), capitán de la Comunidad palentina –hijo natural del Gran Cardenal Pedro González de Mendoza (1428-1495)-. Protegido por el nuevo papa, Adriano VI, en agosto de 1522 se embarcaría con destino a Roma, junto a otros exceptuados. En vano serían los requerimientos imperiales solicitando su extradición, entregados por el II duque de Sessa, Luis Fernández de Córdoba y Zúñiga, embajador ante los Estados Pontificios. Moriría en Roma, siendo enterrado en la iglesia de Santiago de los Españoles –iglesia de Nostra Signora del Cuore-, sin haber sido extraditado ni indultado.


De la justicia de los religiosos se encargarían sus propias congregaciones y las autoridades eclesiásticas correspondientes. Los pleitos de lo señores con sus vasallos, los resolvería la audiencia de Palencia (agosto de 1522) y la de Valladolid (septiembre y octubre de 1522). No obstante las reclamaciones nobiliares, muchas de ellas excesivas, se perpetuarían en el tiempo, durante años. De manera que, muchos fueron juzgados no por sedición, sino por los daños causados a sus señores.


El impulso definitivo a los procesos judiciales abiertos se debió a la llegada del emperador a España. Procedente del puerto inglés de Southampton, de donde partiría el 7 de julio, arribaría en el puerto de Santander el 16 de julio de 1522. Entre los días del 17 al 25 se encontraría en Santander; el 29 estaría en Reinosa y Brañosera; del 30 de julio al 1 de agosto en Aguilar de Campoo; el día 1 pernoctaría en Herrera de Pisuerga; del 2 al 5 de agosto, recorrería Melgar de Fernamental y Amusco; llegando el día 5 a Palencia. Del 6 al 24 estaría en Palencia, donde se celebrarían las audiencias que resolverían los litigios planteados. Partiría con destino a Valladolid, donde entraría el 26 de agosto, tras pasar por Cabezón de Pisuerga.


Así pues, apenas veinte días de estancia, pero muy fértil y prolífica en resoluciones judiciales. Durante el viaje moriría su consejero, fiel amigo y estrecho colaborador, Pedro Ruiz de la Mota (¿?-1522), obispo de Palencia nombrado el 4 de julio de 1520, y anterior obispo de Badajoz. Hombre que acompañó al rey, luego emperador, durante sus viajes. Desde la salida del puerto inglés ya se encontraba mal, muriendo el 30 de septiembre de 1522 en Herrera de Pisuerga. Fue uno de los españoles que más influyó en los años de juventud e inicios de gobierno real, teniendo destacado papel en las Cortes de Castilla celebradas en Valladolid y en Santiago de Compostela, concluidas en La Coruña, antes de la partida del rey hacia su proclamación imperial (20 de mayo de 1520). Sus restos se encuentran en la iglesia de san Nicolás de Bari (Burgos).


Palencia fue tierra afín a la causa comunera, máxime si entendemos que su diócesis integraba Valladolid, que fue creada en 1595 por Felipe II. El obispo de Palencia fue una figura cuya autoridad eclesiástica era de las más relevantes, ya desde el s. XIV y hasta el s. XVI. Un dato que ilustra la importancia de Palencia como capital del movimiento comunero en Tierra de Campos, viene refrendado por el hecho de ser la Comunidad -sin derecho a procurador en la Santa Junta, por ser lugar de señorío eclesiástico del obispo de Palencia- de la que serían exceptuados más comuneros. De los doscientos noventa y tres, un total de treinta y cuatro serían palentinos, solamente superados por Valladolid, si sumamos a Medina del Campo. Más que Burgos, Salamanca, Segovia, Ávila, León, Toledo, Toro, Zamora, Guadalajara, Murcia, Soria, Sevilla y Madrid. Palencia, en aquellos turbulentos años, contaba con una población de siete mil quinientas almas. 


Sus nombres: Esteban Martínez de la Torre, Gonzalo de Ayora, Francisco de Quemada, Licenciado Espina, Pedro de Fuentes, el alguacil Pacheco, Francisco Gómez Maldonado, Bernardino de San Román; Antonio de San Román; Juan de San Cebrián; Juan de Sahagún; Alonso de Cuenca, Pedro de Tordesillas, Francisco Bernal, Andrés de la Rúa, Antonio de San Román, Juan de Bobadilla, Urbano de Lezana, Pedro de Lezana, Andrés de Valdecañas, Juan de Salcedo, Luis de Salcedo, Gaspar de Dueñas, Cristóbal de Dueñas, Cristóbal Ruiz, Bernardino Cerezo, Hernando de Torquemada, Pascual de la Peña, Alonso, Pedro de Ávila, Juan de la Peña, Miguel de la Peña, Miguel de Aragón y Andrés de Villa Diego.