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Froilán de Lózar

La madeja

Froilán de Lózar


Un día en el Casino

20/05/2022

Qué les voy a contar a ustedes de la entraña de Palencia que no sepan. Sería cuestión de repetir lo que ya saben, lo que palpan a diario. Cuando Alfonso nos envió el itinerario, para visitar museos y edificios emblemáticos como la Diputación, aquello parecía el planteamiento de un Vía Crucis. Y además, sin descanso. Julián venía de León, donde vive su jubilación de la enseñanza, con la maleta cargada de recuerdos. Yo de Bilbao, con muchas ganas siempre de conocer la capital, que tantos secretos guarda, como su catedral; que tantos recuerdos remueve; que tanta historia atesora.
No podía comenzar mejor el paseo que entrando en una de las farmacias más antiguas de Palencia, muy cerca de la calle mayor, ahora regentada por Patricia Melendre; en otro tiempo por la familia Aranguena. Después de visitar el Palacio de la Diputación, obra maestra de Jerónimo Arroyo, y de escudriñar con mucho sentimiento por todos los rincones, tocaba conocer el Casino, que se encuentra haciendo esquina con los Cuatro Cantones. Una institución que cumple ahora 160 años, que pasó por momentos delicados a mediados del pasado siglo, como sucede con tantas cosas, y que se salvó con la aparición del bingo. Profundizamos luego en su devenir de la mano de Santiago, que fue abriendo las puertas de sus salones, biblioteca y sala de lectura, al tiempo que contemplamos los cuadros de pintores palentinos como Capel, Fernando Escobar, Chico, Meneses, Rafael Oliva, Fernández Pera, Joaquín Belmonte…
En todas las salas hay bonitos cuadros. La razón es que aquí se celebran muchas exposiciones de pintura y escultura. Por la cesión del espacio se le pide un cuadro al autor. Si el Casino lo cree conveniente, le compra otro del mismo importe. Lo explica bien nuestro anfitrión, mientras visitamos el Salón de Té y nos imaginamos los bailes y vestidos de época que por allí pasaron; el Salón de Billares, donde el mozo sacaba más de propina que de sueldo; la Sala de Póker con mesas de chiribito, donde era obligatorio entrar con corbata y americana y la entrada se limitaba a los participantes que se jugaban grandes cantidades de dinero. Restos, en fin, de aquel tiempo que todavía se observa en sus muebles, alfombras, lámparas y mosaico.