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Héctor Ortega, volando alto

Fernando Pastor
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/ Cerrato insólito

Héctor Ortega, volando alto

El Cerrato cuenta con un bailarín de altos vuelos. En todos los sentidos.

Héctor Ortega González nace en Valoria la Buena en 1999 y desde pequeño sus padres procuran que tanto él como sus hermanas se interesaran por la cultura, en especial la música.

No cayó en saco roto y ya en el colegio, dado el interés que mostraba por el arte, en especial por la música, le pedían hacer coreografías o papeles en representaciones diversas.

Héctor Ortega, volando altoHéctor Ortega, volando altoSu hermana Paula se apuntó a clases de gimnasia rítmica en Valladolid, y para ir a recogerla tenían que pasar por delante del auditorio Miguel Delibes, sede del recién creado conservatorio. Sus padres le preguntaron si quería apuntarse y le surgió la duda entre el conservatorio o clases de kárate, que también le llamaba la atención. 

Finalmente se decantó por esto último, inclinando la balanza por motivos más allá de la propia afición: el temor al rechazo o al bullying en el colegio. Sin embargo, aunque el kárate no se le daba mal, tras año y medio cada vez le gustaba menos y acabó inscribiéndose en la escuela de danza. 

De esa forma entró en el conservatorio, con 9 años y sin conocer nada relativo a la danza. Solo veía que las chicas usaban puntas y tutú y los chicos mallas. 

Héctor Ortega, volando altoHéctor Ortega, volando altoHizo la audición (pruebas de acceso) con zapatillas de andar por casa y un chándal, y poco a poco fue dedicando más tiempo a la danza: con 12 años ya ocupaba todas las tardes con clases.

Permaneció cuatro años en la Escuela Elemental y otros seis en la Escuela Profesional, donde previa audición debía elegir una modalidad de entre tres tipos de danza: clásica, española o contemporánea. Eligió la primera por ser de la que más conocimientos había adquirido. Mientras tanto cursó Bachiller y realizó la Selectividad, para, ante una hipotética lesión le obligaba a abandonar la danza, poder estudiar una carrera.

Con 18 años se fue a Londres a completar su formación como bailarín en la English National Ballet School y a la vez trabajar con la Compañía del Ballet Nacional Inglés. Su gradación en esta institución, considerada como una de las mejores del mundo, supuso su lanzamiento al mundo profesional.

Héctor Ortega, volando altoHéctor Ortega, volando altoSus siguientes destinos fueron Copenhague (Tivoli Ballet), Salzburgo (Ballet estatal de Austria) y República Checa (Ballet Nacional de Moravia y Silesia), donde permanece hoy. 

Le gustaría trabajar en más países y, por supuesto en España. Esto último es muy difícil dado que solo existe una compañía y como bailarín es muy difícil; tendría que ser como profesor, coreógrafo o repetidor.

CONTRA LOS ESTEREOTIPOS. Héctor cuenta que los bailarines detectan a otros bailarines cuando se ven por la calle. La forma de vestir, de caminar, de ir estirados…, les delatan.

Quizás esas características, que deberían considerarse normales, son las que alimentan falsos estereotipos. Héctor no ha llegado a sufrir bullying ni rechazo, «pero sí he escuchado comentarios como que por gustarte la danza has de ser gay, o al menos amanerado, y que solo te gustan cosas de chicas; es absurda esa concepción ya que la danza clásica la creó un hombre, quien añadió las puntas al mundo de la danza fue un hombre para estilizar el cuerpo de las mujeres, para bailar una chica ha de haber también un chico, etc. Mucha gente ignorante piensa que bailar ballet de forma profesional es algo afeminado, o incluso que usamos tutú, cosa que es mentira; está mal visto y se hacen comentarios sin darse cuenta de que pueden hacer daño».

Por eso recuerda con agrado un viaje a Nueva York en el que durante tres semanas pudo hacer lo que le gustaba (bailar) sin que nadie le juzgara ni por lo que hacía ni por cómo vestía ni por nada.

La danza es tan antigua como la humanidad. Las pinturas rupestres del Paleolítico ya reflejan danzas guerreras, de invocación de lluvias, de ofrendas a los dioses, etc. Y la danza clásica surge durante el Renacimiento en Italia, de la mano de un hombre. Después se extendería a Francia, Rusia, etc. 

Uno de los principales impulsores de este arte fue Luis XIV, denominado Rey Sol precisamente por su afición a las artes. Aprendió a bailar a los 7 años; dedicó horas y horas a ensayar; bailó desde los 12 años en decenas de ballets de la corte ante miles de personas, con trajes de lentejuelas; elaboró coreografías; fundó la Real Academia de Danza y la Real Academia de Música (la actual Ópera Nacional de París)…

Tamaña influencia del rey Luis XIV en la danza clásica ha motivado que los pasos de este arte se digan siempre en idioma francés. De hecho hay un paso creado por él Entrechat Royal (paso real).

Otros muchos hombres, como bailarines y coreógrafos, tuvieron gran influencia en la danza. Uno de ellos, Pierre Beauchamp, codificó las cinco posiciones de la danza clásica, que en el siglo XVIII fue tan importante como la ópera. 

Con bailarines, sin bailarinas: las mujeres solamente disponían de papeles secundarios con pelucas, corsés y tacones. De hecho hasta el siglo XIX no se introducen el tutú y las puntas y aumenta el protagonismo femenino (aunque siempre apoyada en su compañero masculino como pareja de baile). 

Este protagonismo masculino demuestra la falsedad de un tópico que llevó a un bailarín universal como fue el vallisoletano Vicente Escudero a defenderse de él con su famoso decálogo en el que de forma velada reivindicaba su masculinidad.

Otro prestigioso bailarín, Rodolfo Otero, acuñó la siguiente frase: «He descubierto la palabra que me llevó a bailar: libertad; lo primero que tiene que tener un bailarín es amor a la libertad».

El propio Héctor Ortega utiliza con frecuencia esta otra frase: «que nadie te corte las alas».

Y ahí está este cerrateño, volando alto y en libertad.