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Peripecias de monaguillos en Alba de Cerrato

Fernando Pastor
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Por norma general, los monaguillos ejercían como tal hasta llegar a la edad de 14 años

Peripecias de monaguillos en Alba de Cerrato

Por los años 50 llegaron a varias localidades cerrateñas parejas de misioneros o predicadores. Cantaban temas religiosos, rezaban el rosario al amanecer, lanzaban sermones apocalípticos.


A Alba de Cerrato llegaron dos de estos predicadores y durante una semana realizaron lo que denominaban Misiones. Uno relataba los suplicios de Jesucristo en la Cruz, mientras el otro contaba aspectos más amables.


Impartían las charlas por las mañanas a las mujeres y por las tardes a los hombres, debido a que la temática variaba según el sexo al que iban dirigidas.

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Algo que recuerdan los vecinos, tanto en Alba como en otras localidades, es que los predicadores les decían que estar casados (sinónimo de mantener relaciones sexuales) y no tener hijos era pecado, por lo que los matrimonios tenían hijos para no ir al infierno, aunque su situación económica apenas se lo permitiera.


Durante su estancia se hacían ejercicios espirituales, procesiones, el Rosario de la Aurora, etc. Se alojaban en la casa del cura, Don Lorenzo, pero no era él quién corría con la manutención, sino los vecinos, que llevaban viandas.


Don Lorenzo, notó que durante esa semana el vino de consagrar disminuía más de lo normal. Pensó que se lo bebían los monaguillos (Asterio García y Jesús Muñoz), ya que eran los encargados de subir la botella hasta el altar, y día tras día les daba buenos capones. Hasta que hartos del castigo decidieron investigar: Asterio se escondió en el cajón de guardar la ropa y Jesús en un recoveco entre la sacristía y el altar. Y así descubrieron que era uno de los predicadores el que se bebía el vino.


No era descabellado pensar que hubieran sido los monaguillos, pues otras veces sí se habían bebido ellos el vino. 


Y tampoco era descabellado el hecho de que Don Lorenzo les propinara collejas, ya que era muy estricto. A los monaguillos les obligaba a ponerse con las manos juntas en ademán de rezar, y a los vecinos les obligaba a besarle la mano cada vez que se cruzaba con ellos en la calle, aunque ya lo hubieran hecho minutos antes. La gente incluso se escondía o daba un rodeo si le veía para no cruzárselo, pero él estaba suspicaz y les decía «me habéis visto y no habéis ido a besarme la mano». Los vecinos lo negaban con la boca pequeña.


Este comportamiento recuerda al mantenido por Don Andrés en Villalaco, que obligaba a los feligreses a besarle la mano y hacerle reverencias en la calle. A veces se encontraba como respuesta tales como que cuando se  estaba inclinando para recibir el ósculo, algún niño le empujara por detrás y caía de bruces.


Pero volviendo a Don Lorenzo en Alba, hay que decir que se encargaba de las clases de religión en la escuela y de la catequesis, y era frecuente que propinara buenos golpes. Solía darles en la barbilla, de tal forma que se mordían la lengua. Curiosamente le molestaba, y la emprendía a bofetadas, que respondieran bien cuestiones que no figuraba en el catecismo.


Dicho sea de paso: los monaguillos recibían 10 céntimos (de peseta) cada domingo, y lo guardaban en una hucha que abrían cada año el día de San Pedro, la fiesta de la localidad.


Siendo cura don Martín, en el momento del rezo del credo en un bautizo, al monaguillo Arturo Muñoz se le ocurrió decir a los asistentes que lo rezaran pues en caso contrario se moriría el niño. Don Martín reaccionó dándole un caponazo a Arturo, quién ya no volvió a ejercer de monaguillo. 


Los chicos eran monaguillos generalmente hasta los 14 años, pero muchos niños no querían serlo. Era el caso de Cándido López Antón, monaguillo en contra de su voluntad. Si el sacerdote no le veía en la iglesia iba a buscarle a la plaza y Cándido se excusaba alegando que ya tenía 14 años. Pero el cura era inflexible: «Hasta que tengas cuarenta mira si falta tiempo», le respondía. 


Don Martín tenía muchas colmenas, por lo que a veces algunos vecinos iban a su casa a pedir un poco de miel. Pero el ama que atendía la casa respondía «venid una semana que no tenga jueves»; después de aquello un día el cura en el colegio les dijo a las niñas que cuando salieran fueran por su casa con una rebanada de pan, que les iba a echar un poco de miel. Así lo hicieron y les echó un poquito de aguamiel (miel muy diluida). 


Con Don Martín el día del Corpus se sacaban a pasear las imágenes de todos los santos que había en la iglesia. Entre ella dos de la Inmaculada, una grande que portaba las mozas mayores y una más pequeña a la que paseaban las chicas jovencitas. También había una imagen de una Purísima pero que solo tenía la cara, las manos y los pies, pues el cuerpo era un simple palo, pero no pasaba nada porque estando vestida no se veía si debajo había cuerpo o un simple palo.


Cuando a Don Martín le sustituyó don Lorenzo este eliminó la práctica de sacar juntas todas las imágenes de los santos, alegando que cada uno tiene su día.