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Sucedió en Torremormojón

José María Nieto Vigil
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Palencia durante la Guerra de las Comunidades

Sucedió en Torremormojón

A lo largo de los capítulos anteriores, que hemos venido publicando, se dejaba bien claro que, sin ningún atisbo de dudas, Palencia, durante la Guerra de las Comunidades de Castilla (1520-1522), fue una tierra en la que cuajó un sentimiento anti imperialista de honda y sentida raigambre comunera. Cierto es que, desde abril de 1520, hasta la batalla de Villalar (23 de abril de 1521) la situación fue evolucionando. Entre junio y septiembre de 1520, predominó la indecisión, marcada por los graves sucesos acaecidos con motivos del incendio de Medina del Campo (21 de agosto), a cargo de las tropas imperialistas, comandadas por Antonio Fonseca y Rodrigo Ronquillo, que querían apoderarse del potente arsenal –sobre todo piezas de artillería- que allí se depositaban; por la proclamación como nuevo prelado de la diócesis palentina de un hombre de confianza del soberano, Pedro Ruiz de la Mota; por la creación de la Santa Junta de las Comunidades –el máximo órgano de gobierno de los comuneros-  y, finalmente, por la proclamación de la Ley Perpetua de Ávila o Capítulos del reino (agosto de 1520), promulgada en Tordesillas una vez que fuera tomada por las huestes sublevadas. Se trata de una reglamentación desarrollada a lo largo de ciento dieciocho capítulos que, quizá, según los protoconstitucionalistas, se puede considerar la primera revolución democrática y constitucional de la historia. Sin entrar en pormenores interpretativos, no cabe duda que naciera con la firme vocación de una permanencia en el tiempo. Sueños de libertad, sin delirios ni extravagancias.

Con posterioridad, entre septiembre y diciembre, el panorama iría transformándose de la indecisión a la tibieza. Durante este periodo, sería muy importante el desmantelamiento del orden legal representado por las autoridades realistas y, por ser nada desdeñable, por la influencia y presión que la Comunidad ejercería sobre la reina, Juana I de Castilla, que en Tordesillas permanecía cautiva por expresa voluntad de su padre, Fernando II de Aragón, el Católico, y luego de su propio hijo, Carlos I. Esta situación quiso ser aprovechada por la Santa Junta, allí reunida, para dar legitimidad al movimiento y el levantamiento producido. Pese a todo, la soberana de Castilla, no cedió a la presión ni a las apetencias políticas de la Comunidad. Es un momento de fragilidad del bando realista, incapaz de contener el descontento que se había extendido por las zonas centrales del Reino de Castilla. Esta etapa concluiría con el primer gran revés de los sublevados, la pérdida de Tordesillas tras la batalla que devolvería a la reina a su nuevo confinamiento (5 de diciembre de 1520). Por aquel entonces, el regente del reino, Adriano de Utrecht, había abandonado Valladolid para acogerse a la protección del  IV almirante de Castilla en Medina de Rioseco, Fadrique Enríquez de Velasco, a la sazón virrey nombrado por el ya proclamado emperador, junto al III condestable de Castilla, Íñigo Fernández de Velasco y Mendoza, la gran amenaza que los comuneros sentían desde Burgos.

La etapa de auge de las Comunidades en Palencia se desarrolló entre diciembre de 1520 y enero de 1521. La Santa Junta había conseguido recomponerse en Valladolid, iniciando una febril actividad política y militar, que en Tierra de Campos tuvo su principal exponente con la dictadura de Antonio Osorio de Acuña, el célebre, radical y temido obispo de Zamora. Es él quien levantaría los ánimos decaídos y protagonizaría exitosas campañas por el solar palentino. No obstante, las tornas empezaban a cambiarse. De una parte, los realistas ya se habían reorganizado, ganando las voluntades de los señores que, si bien inicialmente se habían manifestado indiferentes, ahora ya se decantaban por apoyar la legitimidad del poder real. También ocurriría una segunda decepción para los comuneros, el fracaso de la expedición contra Burgos, malograda pese a la coordinación entre las huestes de Juan de Padilla, Antonio Osorio y el conde de Salvatierra, Pedro López de Ayala. Un duro revés que acusarían viendo como la ciudad burgalesa seguiría sometida a la autoridad del condestable. Aún así, este periodo fue muy provechoso en lo económico, político y social para los intereses de la Comunidad. Todavía había expectativas razonables de alcanzar el éxito perseguido.

Sucedió en TorremormojónSucedió en TorremormojónFinalmente, el ocaso llegaría en el mes de febrero de 1521 y se prolongaría hasta la batalla de Villalar. Ausente de Tierra de Campos el obispo comunero, que se había trasladado a Toledo, las capitanías, primero de Juan de Mendoza, luego de Juan de Figueroa, no devolverían el fervor alcanzado en la etapa anterior y, por el contrario, su resolución no permitió hacer frente a un desgaste, descontento por la prolongación del conflicto y por la expedición que el condestable iniciaría desde Burgos (8 de abril de 1521) y que le llevaría a Villalar. A pesar de la adversa situación, la toma de la fortaleza de Torrelobatón  (21 de febrero de 1521), sería el último intento de conseguir, cuando menos, una salida airosa para la Comunidad. Durante febrero, Juan de Padilla, desarrolló una activa campaña que le permitirían tomar el castillo de Mucientes y devastar la villa de Cigales. Un interés estratégico le movía, puesto que aspiraba a hacerse con el control de la línea que comunicaba Valladolid, Medina de Rioseco y Tordesillas. Podríamos decir que, a finales de febrero, la situación se había estabilizado, lo cual permitió el rearme y que los realistas tomaran la iniciativa.

Muchas son las localidades palentinas que merecen un capítulo dentro de la Historia de las Comunidades de Palencia durante aquellos años turbulentos. Por mérito propio destacarían : Frómista, Frechilla, Castromocho, Villarramiel, Paredes de Nava, Becerril de Campos, Monzón de Campos, Carrión de los Condes, Tariego, Torquemada, Baltanás, Villoldo, Amusco, Astudillo, Vertavillo o Cordovilla La Real, por ser escenarios de acontecimientos históricos de singular importancia, sin embargo, la limitación de tiempo que podemos dedicar al V Centenario de la Batalla de Villalar, ha impuesto una selección de hechos acaecidos. En capítulos anteriores, nos hemos referido a Dueñas, Villamuriel de Cerrato, Magaz de Pisuerga, Fuentes de Valdepero, Ampudia y, hoy, Torremormojón. No pretendo olvidarles y tengan por seguro que habrá ocasión de escribir sobre ellos en el futuro.

De igual manera, pese a que se ha tratado  la interpretación histórica del movimiento comunero, su desarrollo cronológico, principales protagonistas, o armamento utilizado, bueno sería poder abordar episodios particulares sobre la organización política de la Comunidad en Palencia, tratada parcialmente en anteriores entregas, o el papel de destacados líderes comuneros que en nuestra tierra fueron grandes protagonistas. Es el caso del célebre cronista, Gonzalo de Ayora; el chantre-canónigo, Pedro de Fuentes; el monje agustino, Fray Bernaldino de Flores, enviado por la Junta a Palencia con objeto de activar su Comunidad; el licenciado, Esteban Martínez de la Torre, alcalde de Palencia y alcalde del adelantamiento de Campos; Cristóbal de Monzón, emisario de la Junta; Antonio Vaca de Montalvo, nombrado corregidor por la Junta; el capitán Antonio de San Román; los ya citados Juan de Mendoza y Juan de Figueroa, junto a otros tantos condenados por la Audiencia de Palencia (agosto de 1521), o por ser exceptuados del Perdón General –conocido como el Perdón de Todos los Santos-  promulgado  por el emperador el 1 de noviembre de 1522, en Valladolid.

Sucedió en TorremormojónSucedió en TorremormojónDe la misma manera, se podría tratar el papel desempeñado por algunos personajes del bando realista. Don Diego de Castilla, eminente y distinguido hombre del regimiento de Palencia; Sebastián Mudarra, corregidor huidizo de Palencia; Garcí Ruiz de la Mota, alcaide de la fortaleza de Magaz, alcalde mayor de Burgos y procurador en las Cortes de Santiago y La Coruña; o su hermano, el obispo de Palencia, presidente de las Cortes de Valladolid (1528) y de las anteriormente señaladas (1520), hombre de la máxima confianza y miembro del séquito imperial, Pedro Ruiz de la Mota.

Tampoco serían desdeñables capítulos referidos a los procesos seguidos, una vez finalizada la contienda, en la Audiencia de Palencia, luego en la de Valladolid, contra los 'traidores' a Su Cesárea Majestad. Ello sin olvidar, el estudio de la bibliografía que sobre las Comunidades de Palencia fueron publicadas por los cronistas posteriores, entre ellos, el monje benedictino, Fray Prudencio de Sandoval; autores posteriores, caso de Severino Rodríguez Salcedo; o la abundante cantidad de estudios relativos a la dictadura del obispo Acuña y otros referidos a estudios locales y generales centrados en la Guerra de las Comunidades.

En honor a la verdad, hay que señalar que el movimiento comunero por tierras palentinas, tuvo especial arraigo en las merindades de Campos, Cerrato y, en menor medida, en la de Carrión. 

Sucedió en TorremormojónSucedió en TorremormojónPalencia, al igual que otros territorios de la Corona de Castilla, sufría males endémicos habituales, como  son los derivados de la enorme presión fiscal que pesaba sobre sus súbditos de muy diversas maneras, lo que daría lugar a numerosas protestas antiseñoriales, y males coyunturales, otros fueron consecuencia de las malas cosechas generadas por largos periodos de sequías, el azote de epidemias como la peste –que diezmaban la población y acrecentaban la presión fiscal-, o las exigencias económicas del nuevo rey, generando malestar eclesiástico, campesino y señorial, al menos en un principio.

Es importante señalar que algunas localidades sufrieron el levantamiento de sus gentes contra sus señores para luego derivar, aprovechando el caos generalizado, en revueltas partidarias de la Comunidad. Es el caso de Dueñas, lugar de señorío de los III condes de Buendía, Juan de Acuña Enríquez y María de Padilla, señores de Tariego, Cubillas de Cerrato y Castrillo de Onielo, entre otros. El 1 de septiembre de 1520 se produjo el levantamiento eldanense. Ocurriría lo mismo en Villamuriel de Cerrato el 14 de septiembre, lugar de señorío episcopal, que también lo era de Palencia, Magaz, Villamartín, Villajimenena, Mazariegos, La Pernía o Santa Cecilia del Alcor, entre otros. Sucedió igual en Castromocho, el 10 de enero de 1521, señorío de los II duques-condes de Benavente, Alonso Pimentel y Pacheco y Ana Herrera de Velasco, que fue tomada por Acuña, apresando a la condesa, que allí se encontraba.

En otros lugares del reino se sucedieron revueltas similares que desembocarían en el movimiento comunero: Olmedo, Madrigal de las Altas Torres y Arévalo, señoríos de la segunda esposa de Fernando II de Aragón, Germana de Foix, durante junio de 1520; Portillo, señorío del duque-conde de Benavente, en enero de 1521; en Chinchón y Ciempozuelos (Madrid), señorío de los I condes de Chichón,  Fernando de Cabrera y Bobadilla y Teresa de la Cueva y Toledo; Orgaz (Toledo), contra los I condes, Álvaro Pérez de Guzmán y María de Rojas, el 13 de septiembre de 1520; en la comarca de Moya (Cuenca), contra los II marqueses de Moya, Juan Pérez de Cabrera y Bobadilla y Ana de Mendoza, en octubre del mismo año; en El Provencio (Cuenca), el pueblo se levantó contra su señor, Alonso de Calatayud, el 16 de agosto; también en Cuenca, en Santa María del Campo Rus, contra Bernardino del Castillo Portocarrero, con especial dureza, en febrero de 1521; en Jaén, concretamente en Cazorla y Villacarrillo, hubo un levantamiento contra el señor de la comarca, García de Villarroel, adelantado de Castilla, durante el mes de agosto; en territorio riojano, se produjeron hechos muy parecidos. En Haro, los harenses se sublevaron, también en agosto, contra el III condestable de Castilla, Íñigo Fernández de Velasco y Mendoza. En Nájera, el 14 de septiembre, los najerenses hicieron lo propio contra los II duques de Nájera, Antonio Manrique de Lara y Castro y Juana de Cardona y Enríquez. El duque también era virrey de Navarra; en las siete merindades (Castilla Vieja, Sotoscueva, Valdeporres, Montija, Valdivieso, Losa y Cuesta Urría), en Burgos, el conde de Salvatierra, Pedro López de Ayala, levantó a sus gentes contra la jurisdicción del condestable, quien hacía uso abusivo de sus amplias prerrogativas en aquellos territorios. Esto ocurrió desde septiembre de 1520 hasta abril de 1521.  Y se podrían citar algunos más.

Sucedió en TorremormojónSucedió en TorremormojónTampoco debemos dejar en el tintero las revueltas producidas en Palencia,  el 23 de agosto de 1520, cuando se protestaba contra la designación del nuevo obispo de la sede vacante tras el fallecimiento de Juan Fernández de Velasco (15 de marzo de 1520), nombrado el 4 de junio, Pedro Ruiz de la Mota Orense, ausente del reino al estar acompañando al emperador durante su viaje para preparar su coronación imperial. El pueblo palentino, profundamente contrariado, pretendió proclamar obispo a Antonio Osorio de Acuña, obispo de Zamora. Durante la toma de posesión por poderes delegados, el gentío congregado en aquella jornada de agosto, intentó apresar a los canónigos del Cabildo que se habían prestado a dicha toma de posesión e, incluso, se quiso prender a un sobrino del obispo ausente al que representaba, entonces canónigo y tesorero de la catedral palentina, Francisco Ruiz de la Mota, el segundo rango de mayor importancia tras el deán. Era hijo de Juana de la Mota y Francisco de la Torre Lerma, señor de la Torre. Sobrino por tanto de Garcí Ruiz de la Mota, casado con Catalina de Lerma Soria; sobrino de Isabel Orense de la Mota, esposa de Diego de Bernuy y Dávila, señor de Benamexí y regidor de Burgos; sobrino de Catalina Iñiguez de la Mota, esposa de Juana Alonso de Salinas; y también sobrino del alcalde mayor Alonso Díez de las Cuevas, esposo de María de Villalobos. Los padres de Pedro, Garcí, Isabel, Catalina, Juana y Alonso fueron: Juan Alonso de la Mota y Díaz de Covarrubias, comendador de la Orden de Santiago, y Catalina de Orense y Lalo. Toda una estirpe de hombres de Dios y leales servidores a su rey, pero ciertamente influyentes y poderosos.

 

 Siguiendo la tesis de Joseph Pérez (La revolución de las Comunidades de Castilla), comparto la afirmación que sostiene sobre la capital importancia de Tierra de Campos y Valladolid como bastión del movimiento comunero. Mi opinión personal es que la Comunidad buscó y encontró en el campo las fuerzas necesarias para enfrentarse a sus señores, a los virreyes y al regente de Su Cesárea Majestad. De hecho, cuando los realistas llegaron a controlar el campo, la suerte ya estaba sentenciada.

TORREMORMOJÓN. Siento una profunda amargura al comprobar, sobre el terreno, el estado de ruina y abandono en el que se encuentra el castillo de Torremormojón. Más aún, si cabe, conociendo su excelso y rico pasado, testigo de importantes acontecimientos y casa de insignes y distinguidas familias castellanas. Les confieso que es desolador y amargo.

Sucedió en TorremormojónSucedió en TorremormojónPese a ser declarado Monumento Histórico Nacional (6 de septiembre de 1878), su progresivo y permanente derrocamiento se había ya iniciado, aunque continuaría hasta nuestros días. En el 20 de octubre de 2008 pasaría a formar parte de la Lista Roja del Patrimonio, a iniciativa de la Asociación Hispania Nostra. Se trata de una relación de aquellos elementos del Patrimonio –convenientemente evaluados por un verdadero comité de expertos-, que describen su estado. 

Pues bien, trágicamente, nuestro castillo, también llamado La estrella de Campos, se encuentra en grave riesgo de desaparición. Se encuentra en proceso de destrucción a consecuencia de la erosión, el desmoronamiento, el mal estado de las bóvedas de la galería subterránea, por su peligro de hundimiento y para el visitante. Semienterrado, sólo permanece en pie un lienzo y los arranques de sus cubos pretéritos. Un estado que nada tiene que ver con el que describiera, en 1878, Ricardo Becerro de Bengoa (1845-1902) –por cierto, director de El Diario Palentino en 1883-, según la cual constaba de un recinto, que en sus lienzos –murallas, anteriormente almenadas- E y O miden, cada uno, 48 metros y, que en sus lados N y S, miden 54 metros cada uno. También señala su altura, 9 metros a los que añadir otros dos por su coronamiento. 

Lamentablemente, desde entonces, su proceso de desaparición ha seguido produciéndose hasta nuestros días. Las razones, además de las ya apuntadas, son: la utilización de sus materiales para la construcción de la carretera de Villamartín a Medina de Rioseco; su uso con otro fines de diversa naturaleza –como palomar, por ejemplo-; a la reutilización de su sillería para la construcción; al azote de tropas francesas del Mariscal del Imperio Jean-Baptiste Bessiéres (1768-1813), durante la Guerra de la Independencia (1808-1814), en 1808; por la dejadez de las instituciones y, por descontado, por la falta de conciencia histórica social generalizada durante décadas. 

Sucedió en TorremormojónSucedió en TorremormojónDe reparar los daños ocasionados durante la Guerra de las Comunidades, se ocuparía el II duque y V conde de Benavente,  IV conde de Mayorga, Señor de Allariz, Milmanda y Arroyo del Puerco, adelantado mayor de León y comendador en Castrotorafe en la Orden de Santiago, Alonso Pimentel y Pacheco (¿?-1530).

Era hijo de María Quiñones y Portugal y, de Rodrigo Alonso Pimentel y Enríquez (1441-1499), I duque y IV conde de Benavente, III conde de Mayorga. Al casarse con Ana Fernández de Velasco y Herrera, hija de Bernardino Fernández de Velasco (1454-1512), III conde de Haro, I duque de Frías, V señor de Briviesca, II Señor de Belorado y, ante todo, II condestable de Castilla. Casado con Blanca  Herrera y Niño de Portugal, que por su matrimonio (1874), donaría a su marido las villas de Pedraza y Torremormojón, una vez muerto su padre.

Así pues, desde que durante el reinado de Enrique II (1334-1379), el Fratricida o el de las Mercedes, primer rey de Castilla de la Casa Trastámara, lo entregara al mariscal de Castilla, García González de Velasco,  sus descendientes disfrutarían de él hasta que se sumara al patrimonio de la Casa Benavente.

Sucedió en TorremormojónSucedió en TorremormojónDe esta forma, en 1521, Torremormojón era un lugar vinculado a la Casa de los condestables de Castilla y a la Casa Benavente. Entonces era III condestable, Íñigo Fernández de Velasco y Mendoza (1462-1528), hermano del II condestable, Bernardino –ya fallecido- y tío de Ana Fernández de Velasco y Herrera, casada con el V conde II duque de Benavente, Alonso de Pimentel y Pacheco.

Aprovecho la ocasión para señalar que el condado de Benavente no desapareció, sino que, el 28 de enero de 1473, Enrique IV (1425-1474), sin cancelarlo, lo concedió como ducado. Por tanto la intitulación es conde-duque de Benavente.

El castillo, cuyos orígenes se remontan al s. X, cuando allí existía una torre-vigía, a comienzos del s. XI marcaba el límite entre los condados de Castilla y de León, una vez efectuada la división por parte de Sancho II (1038/39-1072), el Fuerte, primer rey de Castilla (1065-1072). Su emplazamiento defensivo es espléndido, levantado sobre un cerro en las estribaciones de los montes Torozos. Esto, le permite asegurar una comunicación visual con las fortalezas de Ampudia, Belmonte y Montealegre, que era una gran ventaja para poder prevenir ataques enemigos.

Sucedió en TorremormojónSucedió en TorremormojónHoy se conserva su original planta rectangular y torres circulares en las esquinas. También, en su parte externa, una torre pentagonal, que protege a un foso y a la puerta que daba acceso a la fortaleza. En el piso inferior, hay una galería subterránea abovedada que presentaba cámaras de tiro, dando acceso a las casamatas donde recolocaban las piezas de artillería y  permitía la comunicación de las tres torres. Los lienzos –murallas- son de fábrica de espléndida sillería, alcanzando los cuatro metros de grosor. Una barbacana protegía a la fachada principal. En resumen, un castillo cristiano medieval que afrontó importantes reformas durante la Edad Moderna.

El núcleo de población estaba protegido por una muralla de forma ovalada, sirviendo como refugio al ejército realista que se batía en retirada desde Ampudia. Ello provocaría el ataque comunero que causó graves daños en ella, entre otros la quema de la puerta principal. En la población todavía hoy hay vestigios de aquella defensa.

LA TOMA DE TORREMORMOJÓN. En el capítulo anterior habíamos dejado Ampudia, rendida a las tropas realistas de Francés de Beaumont y Pedro Zapata, ocupando su castillo, rendido por su alcaide, Sancho del Campo, servidor del conde de Salvatierra, Pedro López de Ayala. Era el 16 de enero de 1521. La expedición había partido de Medina de Rioseco con la intención de acosar la retaguardia del obispo Acuña, que había emprendido una campaña militar por Tierra de Campos. Desde Ampudia, Zapata, con sus tropas asturianas se había dirigido hacia Torremormojón, lugar de los V condes II duques de Benavente, Ana Fernández de Velasco y Herrera y Alonso Pimentel y Pacheco.

Sucedió en TorremormojónSucedió en TorremormojónElla -como ya hemos dicho- era sobrina del III condestable de Castilla, Íñigo Fernández de Velasco y Mendoza. Por tanto, un lugar de señorío afín al emperador, bien protegido y cuyas gentes estaban dispuestas a dispensar grata acogida a las tropas realistas.

Entretanto, en Ampudia, se había quedado Beaumont con una reducida tropa –unas trescientas lanzas-. Este ante el ejército movilizado por la Santa Junta de Valladolid y desde Palencia, al frente del cual estaban Juan de Padilla y el obispo Acuña, muy superiores en hombres y armas –sobre todo artillería-, dispuestos a rescatar Ampudia, a la que llegaron el 17 de enero, decidió emprender la huida hacia Torremormojón, apenas a cinco kilómetros de distancia. En el castillo ampudiano dejó una guarnición que se encontraría sitiada por las milicias comuneras.

Aprovechando un descuido del enemigo, salió con toda inmediatez a buscar refugio en Torremormojón, en donde, al igual que Pedro Zapata, tendría las puertas de las murallas abiertas. Percatados los comuneros de su fuga, le perseguirían hasta las mismas puertas de la villa condal. Era el 17 de enero.

Durante la tarde de aquella extenuante jornada, se sucedieron las acometidas de Padilla y Acuña. Llegada la noche, se suspenderían las refriegas y el combate. Por la noche, cobardemente, los realistas, incapaces de hacer frente a los comuneros, atemorizados por su suerte en caso de ser hechos prisioneros, en especial sabedores de los expeditivos métodos empleados por el obispo comunero con sus adversarios, huyeron hacia Medina de Rioseco, a unos veinticinco  kilómetros, dejando abandonados a los torrejanos a su incierta suerte. La evasión, según refieren las crónicas, se produjo por una puerta trasera existente, como la que tenían todas las fortalezas medievales. Un acto vergonzoso y repudiable que sería condenado vehementemente por el conde de Benavente. Fuese como fuese, lo cierto es que las milicias sitiadoras no emprendieron su persecución aún cuando fueron conscientes de su miserable cobardía. Las jornadas anteriores habían sido de una febril actividad y el cansancio hacía mella entre las tropas comuneras. Por otra parte, el asedio se presentaba como una magnífica oportunidad para el aprovisionamiento de víveres y riquezas para sufragar la soldada de los milicianos. Tampoco debemos olvidar que parte de la tropa se encontraba sometiendo a cerco en el castillo de Ampudia y, sin lugar a dudas, que la amenaza realista desde Medina de Rioseco hacía estéril el empeño de perseguir a los fugados.

Conscientes de su superioridad, se entablan unas negociaciones con el Concejo a fin de evitar el saqueo de la villa. Las exigencias económicas eran muy pesadas: mil quinientos ducados (562.300 maravedís) –cantidad a todas luces imposible de satisfacer por los sitiados-, amén de la petición de víveres para avituallar a las tropas comuneras. Destaca, en este sentido, la exigencia de dos mil cántaras de vino. Las negociaciones fueron encomendadas a dos insignes y destacados capitanes de la Comunidad: Juan Hurtado de Mendoza y Tovar (1487-1523) y Juan Zapata de Luján, capitán de la milicia madrileña, IV señor de Barajas y el Alameda. Ambos serán condenados posteriormente por el Edicto Real de Worms (17 de diciembre de 1520) y exceptuados del Perdón General (1 de noviembre de 1522). Sus actividades bélicas en Tierra de Campos fueron muy activas durante la Guerra de las Comunidades. El primero murió en el exilio (Francia), el segundo en su casa madrileña, luego de estar huido y haber obtenido la clemencia del emperador.

Las exigencias eran inasumibles e  indisponibles  por su cuantía, a lo que se unía el hecho de ser vasallos del conde de Benavente, al que debían servicio. Lo cierto es que no parecían estar dispuestos a ceder a las peticiones. Esta postura de resistencia, provocó una reacción inmediata en las  fuerzas de Juan de Padilla y Antonio Osorio de Acuña, que veían en la actitud concejil una resistencia impropia, de manera que al día siguiente, 18 de enero, emprendieron nuevamente el asedio, llegando a quemar la puerta principal de la muralla como gesto intimidatorio. El mensaje era claro, o se rendía la plaza, o se procedía a entrar a saco. Y parece que las amenazas surtieron el efecto deseado.

Se abrieron las puertas de las murallas y una procesión de gentes de Dios, con crucifijos en ristre, seguidos de un séquito de gentes aterradas, sencillas y humildes, se plantaron ante el capitán comunero, Juan de Padilla. Éste, sorprendido pero no suficientemente conmovido, les advirtió del necesario pago de su rescate, garantizándoles respetar el caserío –conjunto de casas- del pillaje y saqueo de sus tropas. Pese a las garantías ofrecidas de impedir el pillaje, este se produjo, una vez que Torre de Mormojón se había rendido y los capitanes comuneros habían retornado a Ampudia a proseguir el asedio.

El 21 de enero, una vez fue tomada la fortaleza ampudiana, ante la falta de pago de la exigencia establecida, se decide prorrogar el pago de los mismos cinco días, hasta el 26 de enero. El pago debía satisfacerse a dos destacados comuneros vallisoletanos, Hernando de Calatayud y Francisco de la Serna. El concejo lo haría por mediación del bachiller Calleja y el párroco  de la iglesia de Nuestra Señora del Castillo, Antonio Rodríguez. Vencido el plazo, la cantidad satisfecha no correspondía con lo que se había pactado, lo cual dio lugar a nuevos actos de atropello y hurto. Para entonces, las milicias comuneras habían arrasado parte del bosque inmediato para hacer hogueras con las que calentarse, hicieron acopio de cuantas armas encontraron –lanzas sobre todo, algún arma de fuego-, reunieron víveres y saquearon casas particulares. También se aprovisionaron de cuantos jumentos de carga encontraron. El aposentamiento de la tropa comunera les supuso un sobreesfuerzo imposible de sostener.

La relación de objeto entregados se referían, como en otras ocasiones, Frómista y Magaz de Pisuerga, por ejemplo, eran piezas de plata religiosas, las únicas con las que se podía pagar el tributo exigido, eran ornamentos litúrgicos: patenas; cálices, un copón con su  consiguiente ajuar; incensarios; dos pesados candelabros de plata maciza; vinajeras; cetros, once tazones; un pié de cruz y diversas cruces procesionales, entre otros , y cuantos otros bastimentos –telas- pudieron robar. Una cantidad inferior a la entregada, en Ampudia, donde consiguieron el nada desdeñable pago estimado en dos mil ducados (229.920 maravedís el 21 de julio). Todo hace pensar que fueron entregados por la iglesia de Nuestra Señora del Castillo (declarado Bien de Interés Cultural mediante Real Decreto el 24 de mayo de 1994), o quizá del convento de monjas dominicas de Santa María de la Piedad.

La recaudación nunca llegó a ser completa, tras la marcha de Padilla y Acuña. Lo que sí que supuso la toma de Ampudia y Torremormojón, fue  un retraso imprevisto en la expedición que se proyectaba contra Burgos. El tiempo fue aprovechado por el condestable, Íñigo Fernández de Velasco y Mendoza, para negociar con los insurgentes burgaleses y rearmarse. Este fracaso comunero sería un importante revés.