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Luz y tinieblas entre velas a orillas del río

J. Benito Iglesias
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El desfile que cruza el Carrión por Puentecillas se recortó en 2018 por la lluvia, no salió los últimos tres años y se retomó ayer un lustro después

Luz y tinieblas entre velas a orillas del río - Foto: Sara Muniosguren

Organizada por la hermandad franciscana de la Santísima Virgen de la Piedad, la procesión de Luz y tinieblas desfiló anoche con el Santo Cristo de la Vida y de la Muerte -talla de 2003 en posición inclinada y con una reforma  completa de las andas y el añadido de cuatro faroles- y la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles, que fue bendecida en 2017. Un año después la procesión solo pudo ir hasta la catedral por lluvia y no llegó al barrio de Allende el Río. Los tres años siguientes no salió, por lo que ayer se retomó un lustro después el espectacular paso del río Carrión por Puentecillas -la talla de la Virgen lo hizo por primera vez- con un séquito que portó como única iluminación velas naturales en los pasos, dando plasticidad a la parte antigua de la ciudad en el recorrido por la parte lateral de la catedral, junto al cruce por el parque del Sotillo entre árboles y cerca del cauce fluvial.

La procesión de Luz y tinieblas recuerda los oficios que se organizaban en la antigüedad, es austera y está marcada por el recogimiento. Primero se dirigió hacia el barrio más antiguo de la ciudad, Allende el Río, hasta acceder, primero, al cementerio y, después, a su iglesia donde se oró en memoria de los cofrades fallecidos, así como por todos los difuntos. 

Después los cofrades regresaron por el mismo camino hasta la iglesia de las Agustinas Recoletas para proceder en el inicio de la madrugada a realizar el acto de despedida.

Otro acto del Miércoles Santo de la Hermandad Franciscana de la Virgen de la Piedad fue la veneración al Santo Cristo de la Vida y de la Muerte en la iglesia de San Agustín entre las 11 y las 20,30 horas. Una vez finalizado comenzó el Ejercicio de Tinieblas, donde el tenebrario que representa a los once apóstoles (todos menos Judas el traidor), las tres Marías y la Virgen,  se fue apagando tras la lectura de los salmos. Cuando el templo quedó a oscuras -al ocultar tras el altar el último cirio simbolizando así la entrada del cuerpo de Jesús en el sepulcro- los hermanos hicieron sonar sus carracas simulando el dolor que experimentó el Hijo de Dios en su agonía.