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Ilia Galán

Ilia Galán


Esperanzas renovadas

18/04/2022

Aunque el espíritu trágico de nuestra tierra nos lleva a celebrar con delectación la pasión y las grandes procesiones parecen circular más en los días claves del dolor, el jueves y viernes santo: crucifixión;  me hace especial ilusión esperar en Carrión el día de la Resurrección, cuando por la mañana, llena de la luz del alegre sol, se hace la procesión del encuentro entre la Madre que vio cómo destrozaban a su maravilloso Hijo y lo mataban delante de sus ojos, traspasado entre insultos y desprecios en una cruz, después de haber hecho el bien alrededor. Unos salen con el palio, otros llevan a María, encontrándose juntos en la plaza Mayor, en simbólico abrazo alborozado, sin tumultos... 
La crucifixión fue un terrible espectáculo lleno de alboroto, masivo, con grupos que gritaron e insultaron, entre curiosos y malvados. La resurrección se desarrolla recatadamente, entre pocos... Si a la muerte le sucedió oscuridad, un terremoto y un zambullirse en el ocaso, impregnado de dolor, la vuelta a la vida se hizo con la luz, en un temprano amanecer de esperanza lleno, que poco a poco fue descubierto por unos y otros. Primero por las mujeres que vieron el sepulcro vacío y la Magdalena agarró a Jesús pues mucho amó; más tarde la cabeza de esa iglesia, Pedro... 
El cristianismo es creencia y también es profunda filosofía de esperanza, porque todo no acaba con la tragedia sino con una vida plena que no es fácil vislumbrar a veces en nuestras torpes y oscuras existencias. Esa confianza da paz, serenidad para mirar los acontecimientos y un cierto desprendimiento, porque esta tierra no es el destino, sino que otra transmutada nos espera. Para un materialista, el cuerpo suele ser todo y tiende a entregarse a los placeres y una carne que pronto no responde, se apaga, agrieta, engorda, deforma y duele. En la mirada materialista, aunque no se quiera ver, siempre está al final la fosa, la putrefacción, la gusanera en que hemos de convertirnos, polvo sucio, ceniza. En la mirada del creyente, al final hay luz y alegría. No es nuestro final el derrumbe, sino la plenitud.