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«La ayuda humanitaria siempre te da más de lo que tú entregas»

Carmen Centeno
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La última posada que hubo en la capital palentina fue la del Cordón y la regentaba su abuelo Alejandro Gómez. Allí se podía dormir y comer, además de dar descanso a las caballerías y fue un lugar esencial en su vida

«La ayuda humanitaria siempre te da más de lo que tú entregas» - Foto: Sara Muniosguren

Juan María Castro Gómez es May para familiares, amigos y conocidos. El sobrenombre le viene de la infancia, de su abuelo que fue acortando el Juan María a Juan Mari y, de ahí, a May. Más cómodo para todos. Quizá porque en una casa con muchos hijos y nietos, además de huéspedes, resulta lógico hacer economías, hasta en el lenguaje. Sus recuerdos infantiles son felices, en buena medida gracias a aquella posada a la que iban los aceituneros con sus guardapolvos grises, las encajeras con las maletas en la cabeza o el capador, entre otros muchos. Una posada donde aún vivían algunos de los diez hijos de su abuelo, donde era muy difícil negarle a alguien el alojamiento y donde su abuela Micaela ejercía de estupenda cocinera. «Me acuerdo de su pollo entreasado de los domingos». 

Personajes, oficios desaparecidos, juegos de los 50 y 60, guisos tradicionales, una familia numerosa y un montón de amigos salpican esa memoria primera, aunque antes de todo ello, con tan solo un año, May Castro conserva una imagen -«una especie de flash»-, la de una de esas puertas dobles con la parte de arriba abierta y ropa colgada. «Es mi primer recuerdo; no me lo in vento», afirma.

Nuestro protagonista nació en 1959 en la céntrica calle General Amor. Fue el segundo de los seis hijos de Fidel Castro, un palentino de Cuba, país al que habían emigrado sus progenitores en busca de oportunidades y del que retornaron cuando las cosas no les fueron tan bien como era de esperar. «Mis abuelos se fueron a hacer las Américas y allí nació mi padre, pero son de aquí, descendientes de Felino Fernández de Villarán, el que trajo a la ciudad el primer alumbrado público, de gas», asevera.

Fidel Castro, que no se llamaba así por el revolucionario dirigente de Cuba, puesto que nació dos años antes, trabajaba en su casa de Palencia, junto a su mujer, confeccionando faldas plisadas y forrando cinturones a juego con estas y con los vestidos. «Recuerdo haber plisado cientos de faldas», afirma May. 

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