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El Barruelo preminero

Rubén Abad
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Los doctores en Historia Alberto Corada y María Herranz desgranan en el libro 'La vida antes de las minas' cómo era el devenir de los vecinos del Valle de Santullán en el siglo XVIII

El Barruelo preminero

Barruelo de Santullán era una diminuta aldea de alta montaña donde sus gentes vivían a duras penas de la agricultura, la ganadería y el aprovechamiento de sus montes. Una economía de subsistencia, ajena a cualquier lujo o extravagancia, que en la recta final del siglo XIX dio un giro radical de la noche a la mañana con el boom del carbón y la proliferación de explotaciones en toda la comarca.


Así se refleja en el libro La vida antes de las minas (Aruz Ediciones), de los doctores en Historia Alberto Corada y María Herranz, profesores en las universidades de Cantabria y Málaga, respectivamente. Una publicación con ilustraciones de Eugenio Cagigal que edita el Ayuntamiento barruelano en el marco de la colección Barruelo Histórico (este es su primer volumen), coordinada por Fernando Cuevas, del Centro de Interpretación de la Minería (CIM).


Su trabajo se centra, fundamentalmente, en el siglo XVIII -también aborda algunos hechos clave acontecidos en los siglos XVIy XVII-, una época con la suficiente documentación pero pocas veces plasmada en libros. Conseguir toda esta información no ha sido una tarea fácil debido a que un incendio que en el transcurso de la Revolución del 34 acabó con el Ayuntamiento de Barruelo y la parroquia de la localidad, y sus correspondientes archivos. «Nuestro libro acaba donde, habitualmente, empieza el resto», afirman los investigadores, que durante meses han buceado en cientos de legajos conservados en Simancas, Chancillería o las diócesis de Palencia y Burgos para «reconstruir la historia de Barruelo y el Valle de Santullán».


ECONOMÍA

Según se refleja en el libro, los vecinos que poblaban Barruelo tres siglos atrás producían «lo justo» para tener un plato de comida caliente en la mesa al día, pagar los impuestos y guardar un poco de semilla para la campaña del año siguiente. «Era una economía muy humilde, como casi todas las de la Montaña Palentina en aquella época, a excepción del municipios como Guardo o Cervera de Pisuerga y, en mayor medida, Aguilar de Campoo».


¿El motivo? En un área no demasiado extensa y de orografía bastante complicada se erigen decenas de pequeños pueblos, lo que se traducía en pocas tierras a repartir entre los vecinos para que estos  pudieran explotarlas para su cultivo o como pasto para el ganado. 


Y es que, tal y como señalan los historiadores, con la llegada de las minas y toda la industria que se desarrolla en torno al carbón en la comarca, cambia todo radicalmente: la fisionomía del pueblo, su tamaño, su sociología y su relación con el medio, pues sus habitantes dejan de lado progresivamente la agricultura y la ganadería para apostar por el mineral, oro negro que trajo riqueza para los pueblos y sus gentes.


En este sentido, Corada y Herranz señalan que el fenómeno «tan brutal» que experimentó Barruelo y los pueblos de su entorno podría repetirse en otros puntos de la provincia si se dan las condiciones óptimas y aprovechando los recursos endógenos de cada territorio. «También puede ocurrir lo contrario, que la situación empeore, por lo que entre todos los palentinos tenemos que arrimar el hombro para intentar revertir la situación», precisan los autores de La vida antes de las minas.


Un dato curioso es que, como valor añadido a la actividad en el campo, la comarca barruelana tuvo un filón en la extracción de ruedas de molino, gozando de gran fama las elaboradas en la vecina localidad de Brañosera, primer municipio de España gracias a su Carta Puebla en el año 824. Así lo demuestra, también, la proliferación de molinos en la zona, pues casi cada pueblo contaba con un edificio propio, algunos, como el caso de Barruelo, dos.


DEMOGRAFÍA Y JURISDICCIÓN

Estos escasos recursos se traducían en una mermada población que no superó el centenar de almas hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX. Así, en 1752 Barruelo contaba con 77 habitantes, 88 en 1787 y tan solo 37 vecinos en 1850. Tan solo 27 años después, en 1877, superaba ya las 3.000 personas registradas en el padrón, 3.255 para ser más exactos. Cifra que fue en aumento hasta rozar las 9.000 empadronadas: 8.695 en el año 1930.


En lo que a jurisdicción se refiere, Corada y Herranz aclaran que Barruelo «siempre» ha tenido una fuerte dependencia histórica de la vecina villa de Aguilar de Campoo. Y es que, si bien el Valle de Santullán contaba con autoridades propias, este dependía del Marquesado de Aguilar, que ejercía como señor de la zona. A nivel eclesiástico, los referentes eran el arcipreste aguilarense y el arzobispo de Burgos, diócesis a la que perteneció Barruelo hasta hace algunas décadas. 


Estos son tan solo algunos de los aspectos del libro que acaban de publicar Corada y Herranz, que ya está a la venta en las principales plataformas digitales y en las librerías de la provincia al precio de 18 euros.