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«El colegio era como la prolongación de mi casa»

Carmen Centeno
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Para todos es la Madre Nieves, una mujer que vive a fondo el carisma filipense, que ha abierto nuevos frentes en la congregación, que ha apoyado el deporte y, de forma especial, el baloncesto

«El colegio era como la prolongación de mi casa» - Foto: Sara Muniosguren

Confiesa que de joven quería ser médico psiquiatra «y ayudar a las personas». De hecho, llegó a matricularse en la carrera, pero los primeros días le sobrevino una especie de «vacío» y cambió el rumbo hacia un servicio distinto a la comunidad y a un ámbito, el educativo, que le ha dado grandes satisfacciones, aunque no siempre haya sido un camino fácil.

María Nieves Alonso León -la Madre Nieves para cuantos la conocen- nació en la capital palentina, en un inmueble de la calle Mayor Antigua que permanece vívido en su memoria hasta en el más mínimo detalle porque atesora años de felicidad y de numerosos momentos compartidos con familia y amigos. Su padre trabajaba en un banco y su madre era ama de casa. Fue la mayor de cuatro hermanos y cuando llegó el tiempo de la escolarización, el colegio elegido fue el de las Filipenses. 

«Recuerdo el acompañamiento de la Madre Conce, tan cuidadosa y cariñosa con nosotras», comenta. Subraya que desde aquel primer tiempo de párvulos, le enseñaron «buenas maneras», igual que hacían en su casa, esa educación que asimilamos al saber estar, al comportamiento cívico, a guardar las formas, a ser amable y pedir las cosas por favor, sin olvidar jamás dar las gracias cuando se reciben; algo que va más allá del mero conocimiento que, bien asumida, acompaña a la persona durante toda la vida.

Con todo, lo que la niña sintió en aquellos primeros momentos de su etapa escolar fue que el colegio «era como una prolongación de la casa; de manera que yo iba de un calor a otro y me sentía querida y protegida». Tanto en sus años infantiles, como en los de la pubertad y la adolescencia, «siempre fue un lugar de gozo y de convivencia».

Por eso, cuando terminó sus estudios en las Filipenses y se quitó el uniforme, notó que algo se le moría, tal era la unión que sentía. Y es que, entre otras muchas cosas, había vislumbrado y empezado a aprender que el ser humano tiene «mucha capacidad de sufrir y de gozar», que es muy importante «no dejarse manipular» y que la extrañeza que no pocas veces provoca el mundo, y más a determinadas edades en las que la vulnerabilidad es mayor, puede transformarse a favor de obra hasta convertirse en una fuerza motriz con un poder casi incalculable.

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