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Mariano y los lobos en Herrera de Valdecañas

Fernando Pastor
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El olor de la pólvora ahuyenta al lobo

Mariano y los lobos en Herrera de Valdecañas

Los perros eran una herramienta imprescindible para los pastores, para dominar y guiar el rebaño. Sin ellos no podían sacar las ovejas al campo, sobre todo cuando los caminos eran estrechos. Si en algún caso no había perro, las ovejas lo notaban y se aprovechaban, como burlándose del pastor, yéndose a los sembrados.


En el lado contrario se encuentra el lobo, el gran enemigo de los pastores. Además de las matanzas de ovejas, las supervivientes tras sufrir un ataque cogen miedo y cuando vuelven a salir no paran de correr y de alborotarse si huelen algo al lobo.


Sin embargo la relación con el lobo puede llegar a ser de amor-odio: algunos pastores distinguen a cada lobo, les ponen nombre y hablan con ellos.

Mariano y los lobos en Herrera de ValdecañasMariano y los lobos en Herrera de Valdecañas


Corría el año 2004 cuando a un pastor por cuenta ajena de Herrera de Valdecañas le llegó la edad de la jubilación. Por ello, el propietario de las ovejas, Mariano González Arroyo, se propuso vender el rebaño. Tenía cerca de 300 cabezas, muchas de ellas preñadas, por lo que tenían más valor que lo que le ofrecían, y decidió no venderlas y mientras tanto pastorearlas él mismo.


Estando un día con las ovejas en un páramo rodeado de pinos, sentado en un majano, vio de lejos venir lo que él creía que era su perra que iba en su busca, una perra loba muy bonita que tenía. Pero no, era un lobo, y al llegar al rebaño enganchó a una oveja. Mariano se levantó raudo y vio llegar a otro lobo por el lado contrario, que enganchó a otra.


Mariano propinó dos golpes con el cayado a uno de los lobos y ambos (de un tamaño considerable) le hicieron frente, avanzando hacía él, mientras las ovejas se arremolinaron alrededor suyo. 


Cayado en alto para amedrentar a los lobos, gritó auxilio. Le oyó un chico de Torquemada que estaba arreglando una tubería y bajó corriendo al bar a dar aviso. Allí estaba el pastor jubilado. Avisaron a familiares y a otros pastores y fueron con una furgoneta al monte. Allí vieron a Mariano cayado en ristre y los lobos enseñándole los dientes. Los lobos tardaron en reaccionar, pero finalmente se fueron por la ladera.


Al parecer cuando los lobos matan ovejas de un rebaño se quedan con su olor y en adelante controlan con el olfato a ese rebaño. Y así fue. A los pocos días Mariano volvió a ver merodeando a los mismos lobos, pero a una distancia que le permitió dar media vuelta con las ovejas y regresar raudo al pueblo. 


El día siguiente no fue solo, le acompañó un chico, Eugenio, con una escopeta. Fueron en coche hasta la ladera y después a pie hasta el monte. La escopeta la dejaron en el coche para que los lobos no la vieran y se acercaran. Querían solucionar el tema abatiéndolos. Y así fue: aparecieron los lobos y Mariano dirigió el rebaño hacia donde les interesaba para la emboscada, mientras Eugenio regresó al coche y dio la vuelta al cerro hasta llegar junto a unos corrales en lo alto del páramo; desde allí, ya a pie, fue a pillar a los lobos por la retaguardia. Pero con los nervios olvidó la escopeta en el coche. Los lobos le vieron y él cayó en la cuenta de que estaba desarmado, por lo que corrió hacia el coche. Cuando cogió la escopeta ya estaban muy lejos. Plan frustrado.


Olor a pólvora.

Otro día Mariano llevó las ovejas hacia la línea divisoria de Herrera con Hornillos de Cerrato. Allí se encontró con un pastor de este otro pueblo y le comentó el tema. El otro pastor le recomendó que llevara una escopeta escondida en un saco y cuando estuviera en el monte la sacara. A él los lobos le habían matado muchas ovejas en una corraliza, y lo solucionó dejando allí una escopeta, pues el olor a la pólvora hace que los lobos no se acerquen; desde entonces siempre que salía con las ovejas llevaba la escopeta y solamente con dejarla colgada en un árbol o posada en un majano evitaba que los lobos se acercaran. 


Mariano solicitó permiso al presidente del coto para poder ir con escopeta y así lo hizo. Poco después de llegar al monte vio a los dos lobos que bajaban por la ladera lanzados hacia el rebaño. Se escondió con la escopeta tras unas zarzas por las que los lobos tendrían que pasar en su camino hacia el rebaño, pero unos centenares de metros antes de llegar se pararon y se dieron media vuelta. 


El día siguiente Mariano llevó las ovejas a otra zona distinta del monte, dejando la escopeta colgada en un almendro. De nuevo aparecen lobos, se escondió con la escopeta preparada, pero los lobos se desvían y se quedan parados. Llegaron tres lobos más, pero ninguno continuó avanzando y finalmente se fueron.


El método apuntado por el pastor de Hornillos había funcionado. Pero tiene que ser una escopeta usada, para que tenga olor a pólvora. Desde entonces Mariano llevaba siempre la escopeta y aunque el olor del rebaño hacía que aparecieran los lobos, estos ya no se acercaban. Por ello, cada vez aparecían con menos frecuencia, hasta que se olvidaron por completo del rebaño de Mariano.