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«La pandemia aceleró un cambio de liderazgo en la política»

Jesús Hoyos
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La experta en comunicación estratégica e imagen política Imelda Rodríguez considera que la pandemia ha acelerado el cambio de los dirigentes hacia un liderazgo «auténtico», basado no solo en las emociones sino también en la eficacia y los resultados

«La pandemia aceleró un cambio de liderazgo en la política»

Doctora en Ciencias de la Información y licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, la palentina Imelda Rodríguez se convirtió en 2014 en rectora de la Universidad Europea Miguel de Cervantes, la más joven de España. Es también especialista en comunicación estratégica y política, que analiza en el libro Imagen política, modelo y método. Cómo comprender y cómo alcanzar el poder desde la autenticidad, publicado recientemente.

¿Cómo surge la idea de escribir este libro?

Llevo en torno a 20 años investigando e impartiendo docencia en Grado y Máster sobre temas vinculados a la imagen política y la comunicación estratégica. Este libro recoge en gran parte los resultados de todas esas investigaciones y está motivado por un cambio de liderazgo de las organizaciones, de los partidos y de las instituciones, que se acelera cuando surge la pandemia. Ahí observo cómo la gestionan diferentes mandatarios a nivel mundial y encuentro puntos de coincidencia en los más eficientes a la hora de resolver la situación. Son las siete mandatarias de Taiwán, Islandia, Nueva Zelanda, Finlandia, Noruega, Dinamarca y Alemania de las que hablo como punto de partida del liderazgo auténtico.

¿En qué se basan ese liderazgo y autenticidad? ¿Cómo ha afectado el covid a la comunicación política?

La pandemia ha cambiado muchas cosas y sus consecuencias, sobre todo las políticas, durarán muchos años. Surge un nuevo tipo de liderazgo porque es también una necesidad de la sociedad, que vive una situación de incertidumbre, volatilidad y agotamiento. Reclama modelos de mayor eficiencia. Eso significa que hay valores imprescindibles para calificar positivamente a políticos o instituciones.

Son, por ejemplo, la firmeza y la compasión. La primera es la capacidad de provocar resultados, llevar el mensaje a la práctica en el tiempo adecuado. Determinadas decisiones tomadas en el momento oportuno hicieron que se pudieran evitar muchas muertes. La compasión no es solamente lanzar un mensaje a la opinión pública de que se está con ellos en su sufrimiento. La clave es tratar de poner una escalera para salir del pozo: crear políticas y programas para solventar los problemas de la ciudadanía.

Ahí entran en juego las emociones. ¿Qué línea las separa del populismo?

Abrasar no es dar calor. Es decir, se tienen que utilizar para resolver, para que la inteligencia política cree futuro. Si no, solo marean a la ciudadanía. Aquellos partidos y políticos que las utilicen así están muy alejados del liderazgo auténtico, que cada vez está más presente en países de nuestro entorno. Ese sentido de la responsabilidad lo tienen mandatarios que no están centrados en intoxicar emocionalmente a la ciudadanía. La capacidad para resolver es discriminatoria para distinguir al dirigente auténtico. 

En este mundo y en la política tan distintos tras la pandemia, ¿cómo puede alguien alzarse con el liderazgo?

Creo que el liderazgo es una capacidad de desarrollar el talento. No se puede fabricar. El libro señala que la imagen política no es el color de la corbata, sino un conjunto de valores que ponen de manifiesto ese talento que resuelve y sirve para crear mejores escenarios de presente y futuro. Sí se puede gestionar, por eso hablo de un método para ello. Señalo una diferencia importante entre marcas e identidades. Hay actos propagandísticos para crear marcas, pero tienen un recorrido muy corto.

¿Talento y valores son suficientes para que un dirigente sea eficaz?

Sí, porque el talento es poner en práctica esos valores. El liderazgo más sostenible contiene otros valores como la inteligencia práctica, es decir, ser capaz de detectar los problemas, solucionarlos en el momento adecuado y hacerlo mientras se crea la mayor esperanza posible para la sociedad. Hablo de la capacidad de utilizar la comunicación política para transmitir tranquilidad y certidumbre. No solo desde el mensaje, sino desde la gestión de políticas públicas -empleo, sanidad y el resto de campos que intervienen en el futuro-. También está la seguridad que transmita y las palabras con consecuencias, no solo un mensaje potente y acalorado.

Uniendo la marca y el liderazgo femenino tenemos en España el rápido ascenso de Isabel Díaz Ayuso. ¿Cuáles son sus claves? ¿Es su estilo sostenible en el tiempo?

Le dedico el último capítulo del libro porque durante su redacción es obvio que hay un fenómeno político que traspasa fronteras a nivel mediático. La analizo como eso. Su liderazgo parte de una base de autenticidad. Una de sus claves es que ha sido capaz de conjugar emociones y hechos. El mensaje emocional ha ido acompañado de una serie de consecuencias de gestión política favorables. Es importante que ese fenómeno se consolide porque algunos no resisten ese nivel. 

¿Qué evolución se aprecia en la imagen política con el paso de los años?

Nos hemos ido encontrando con diferentes tipos de liderazgo en los políticos. Hemos visto unos más ideólogos, más centrados en lo emocional (Barack Obama), pero donde no era tan determinante la ejecución de resultados en la valoración del líder. Ahora, ese peso de las emociones pasa a otro estadio donde ya no es suficiente deslumbrar, sino que es necesario implicarse en la solución de las necesidades de la ciudadanía. Es importante conectar, pero provocando hechos.

Los ciudadanos necesitan intervenir en política y estar en primera línea. Por eso, el nuevo liderazgo auténtico está centrado en tres ejes que son la pasión, la compasión y la fascinación. Con su verdad, los líderes deben ser capaces de influir en los ciudadanos, de mostrar que comprenden lo que les ocurre y de resolverlo. Eso provoca la fascinación, que no es otra cosa que la eficacia en la solución de problemas. Son sustancialmente diferentes a dirigentes de otras épocas.

¿Por qué tomar la figura de Napoleón como partida para explicar el poder?

Napoleón tenía un liderazgo que intenta crear marca permanentemente. Las marcas no siempre tienen por qué coincidir con la verdad del político. Por eso hablo de imagen, que es la esencia. A Napoleón le gustaba mostrarse cercano a sus tropas, ser capaz de ponerse en su nivel. Su clave era ser vendedor de esperanza, aquello que parece, pero no es. Le doy una vuelta a ese concepto, porque en este tiempo hay que ser hacedor de esperanza. Es el mensaje más rotundo de la autenticidad.