Empatía y compromiso en tiempos de pandemia

Rubén Abad
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Diego Martínez y Víctor Varona, del centro prelaboral-ocupacional de San Cebrián en Villamuriel, pasan la cuarentena en familia

Empatía y compromiso en tiempos de pandemia

La crisis sanitaria del coronavirus ha transformado la vida de los palentinos de la noche a la mañana, y no siempre ha sido fácil. Un colectivo especialmente sensible a los cambios es el de las personas con discapacidad intelectual, que se han enfrentado a la nueva realidad con valentía, demostrando ser unos auténticos luchadores y respetando en todo momento las recomendaciones del Gobierno para superar cuanto antes la pandemia. 
Uno de ellos es Víctor Varona, de 40 años, vecino de Venta de Baños y usuario del centro prelaboral-ocupacional de la Fundación San Cebrián en Villamuriel de Cerrato, adonde habitualmente acude de lunes a viernes en autobús. Un trabajo que ha dejado de forma temporal y que echa mucho de menos, aunque mantiene el contacto con sus compañeros vía Whatsapp. «Aunque lo ha aceptado divinamente y se está adaptando bien, ha sido un cambio importante y se pregunta qué está pasando y el motivo de que no vaya a su puesto de trabajo», comenta su madre, Fina Aroz.
Acostumbrado a montar trofeos, reciclar teléfonos móviles, tratar con electrodomésticos o preparar lotes de regalos, Varona pasa ahora las horas libres dando el paseo en la franja permitida y ayudando a su familia en las tareas domésticas. Apesar de la distancia física, desde San Cebrián no han perdido el contacto con él ni con su familia en ningún momento, algo que estos venteños agradecen encarecidamente. «Estamos contentísimos, porque la fundación está volcada con ellos», subrayan.
Empatía y compromiso en tiempos de pandemiaEmpatía y compromiso en tiempos de pandemiaSu compañero Diego Martínez, de 38 años y natural de la localidad de Castromocho, donde está pasando la cuarentena, atraviesa por idéntica situación, aunque en su caso el cambio ha sido algo mayor. Y es que, a diferencia de Varona, que regresaba todos los días a casa después del trabajo, Martínez pasaba la semana en un piso tutelado de la capital.
No volverá allí hasta mediados  o finales de septiembre, después de las ferias y fiestas de San Antolín, pues en su pueblo, donde hay muy pocos vecinos, es donde se siente más a salvo del virus. En la localidad terracampina tiene más libertad para salir a la calle y andar en bicicleta, «una de sus grandes pasiones», confiesa su madre, Asunción González, quien destaca que «vivir en una casa grande ayuda a que el confinamiento sea mucho más llevadero».
Unidos en la distancia

Ellos son dos de los 85 usuarios externos de San Cebrián que diariamente acuden a sus centros de día o a sus ocupaciones, o porque a diario se quedan en los servicios de vivienda y los fines de semana o en períodos vacacionales retornan a sus domicilios. En todo caso, el contacto con ellos durante el confinamiento es semanal, unas veces por teléfono y otras por videollamada o Whatsapp. Un método que también emplean con los usuarios, tal y como quedó reflejado en una reciente videollamada grupal con los del centro de día Fidel Ramos de la capital, para que los chicos no perdieran el contacto.
«Durante la comunicación se confirma que todo está bien en lo que al Covid se refiere, pero fundamentalmente se les escucha y asesora cuando tienen alguna preocupación concreta,  relacionada o no con la situación de alarma y sobre todo se les transmite el apoyo en lo que pudieran necesitar», explican desde la entidad, que ya está trabajando en su particular desescalada para la vuelta de los usuarios.
La cuestión más repetida e insistente que plantean las familias a la institución es la impaciencia de los usuarios por volver a su taller o actividad diaria y recuperar así la rutina que echan en falta. También han surgido en estas semanas dudas sobre las salidas terapéuticas que permite el Gobierno para las personas con discapacidad o sobre la falta de material para sus momentos de ocio al permanecer cerrados aún muchos comercios.