El ocaso del movimiento comunero en Palencia

José María Nieto Vigil
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/ Palencia durante la Guerra de las Comunidades

El ocaso del movimiento comunero en Palencia

Finalizaba el mes de enero de 1521 y con él, el periodo de auge de la causa de las Comunidades en tierras palentinas. El artífice y protagonista de tal 'esplendor' fue el obispo comunero de Zamora, con sus cabalgadas, saqueos, arengas incendiarias y lucrativas recaudaciones tributarias, Antonio Osorio de Acuña (1453-5126). Todavía resuenan los ecos de sus campañas y correrías por Tierra de Campos. En capítulos anteriores se expuso, con cierto detenimiento, el ataque a la fortaleza de Magaz, la toma de Fuentes de Valdepero, la conquista de Ampudia y la ocupación de Torremormojón, entre otros episodios acaecidos en aquel invernal y frío mes de enero. Fue el artífice de la denominada 'Dictadura del obispo Acuña' –así bautizada por Joseph Pérez- autoproclamado obispo de Palencia y designado por la Santa Junta, reunida en Valladolid, como capitán general de la Comunidad en Tierra de Campos. 


Durante aquel comienzo de año, las Comunidades levantadas contra Carlos I sufrirían un segundo revés de notable importancia, tras la pérdida de Tordesillas (5 de diciembre de 1520) y, con ella, la tutela de la reina Juana I de Castilla, que volvería a estar bajo la custodia de los realistas, con todo lo que ello suponía. Este nuevo e importante contratiempo fue el fracaso en la toma de Burgos, cuya campaña estaba coordinada por Juan de Padilla, Antonio Osorio de Acuña y Pedro López de Ayala, conde de Salvatierra, con la complicidad de los comuneros burgaleses que se habían hecho fuertes en la fortaleza de Burgos. La contraofensiva realista en la retaguardia de las tropas de la Comunidad, dirigida desde Medina de Rioseco por Francés de Beamonte y Pedro Zapata, y la precipitación de los burgaleses, propiciarían el fiasco en el intento de levantar en armas a Burgos de una manera definitiva, vital para el desarrollo de ulteriores acontecimientos.


Vueltos sobre sus pasos, los líderes comuneros separarían –sin saberlo- sus caminos para siempre. Pero es justo señalar la labor desarrollada por el III condestable de Castilla, Íñigo Fernández de Velasco y Mendoza (1462-1528), que consiguió neutralizar tempranamente los fervores de los sublevados mediante hábiles argucias negociadoras y promesas de perdón, a cambio de su rendición, en la ciudad del Consulado del Mar (Burgos). Casado con María de Tovar (¿?-1527), señora de Berlanga, diseñó toda una estrategia político-militar para acallar a sangre y fuego, de manera definitiva, el levantamiento de las Comunidades de Castilla.

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Así pues, en febrero de 1521, el núcleo del poder de la Comunidad se encontraba en una posición delicada desde el punto de vista militar. Por un lado, estaban Tordesillas y Medina de Rioseco como bastiones realistas en el oeste, por el otro Burgos, definitivamente fiel a su rey y señor, en medio, Valladolid –sede de la Santa Junta, principal órgano de gobierno de las Comunidades-. En la ciudad de los almirantes –Medina de Rioseco- se encontraba el regente del reino, Adriano de Utrecht (1459-1523), inquisidor general de Aragón y Castilla, obispo de Tortosa y futuro pontífice (Adriano VI). Con él se encontraba el IV almirante de Castilla, Fadrique Enríquez de Velasco (1460-1538), más dispuesto a batallar que nunca, casado con Ana de Cabrera y Moncada (1466-1565), V condesa de Módica. También allí se encontraban los más leales señores del reino. En Tordesillas, nuevamente, los II marqueses de Denia, Bernardo de Sandoval y Rojas (1480-1538) y Francisca Enríquez (¿?-1538) –prima hermana del rey Fernando, el Católico-, controlaban a la reina madre en su confinamiento y reclusión, sometiéndola a no pocas descortesías. 


Padilla, capitán general in pectore del ejército comunero, se dirigió a Valladolid. Mientras, el obispo comunero, tras abandonar tierras palentinas, se fue a Toledo, donde era recibido en olor de multitudes y clamores. Sin duda alguna, se había convertido en un líder muy popular y afamado. Es célebre el recibimiento multitudinario que le dispensó el pueblo toledano a su llegada a la plaza del Zocodover, acompañado por la esposa de Juan de Padilla, María López de Mendoza y Pacheco (1496-1531), la Leona de Castilla, hija del gran Tendilla, Íñigo López de Mendoza y Quiñones (1440-1515), I marqués de Mondéjar y II conde de Tendilla. 


La pretensión del obispo Acuña era la de erigirse como el nuevo arzobispo de Toledo, una vez había fallecido en Worms, durante una cacería en la que se cayó de su montura su titular, Guillermo de Croy (1498-1521), a la edad de veintitrés años. La temprana defunción había ocurrido el 6 de enero, durante el viaje a Alemania acompañando al ya proclamado emperador. Sobrino de Guillermo II de Croy (1458-1521), el hombre más influyente sobre el rey y emperador, privado y consejero, señor de Xevres y, sin duda alguna, el personaje más odiado de la corte y en los reinos de Castilla y Aragón. Célebres y execrables son sus latrocinios de la hacienda pública, como también lo son el tráfico de influencias que desarrolló. En aquel entonces era el enemigo público número uno, así señalado por los súbditos castellanos.

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El joven prelado, sucesor de Francisco Jiménez Cisneros (1436-1517), para salvar el escollo legal de su designación por parte de Carlos I, fue naturalizado castellano. Era el 31 de diciembre de 1517. Junto a su nombramiento también obtuvo el de canciller de Castilla. Como arzobispo de Toledo y Primado de España, jamás visitó la ciudad del Tajo, siendo absuelto por ello por el papa León X (1475-1521) –Giovanni di Lorenzo de Medici-, algo muy habitual en numerosas diócesis. Su vida religiosa comenzó en 1516, cuando entró en la orden benedictina (OSB), de la que sería abad del monasterio belga de Affghem. Con posterioridad sería proclamado obispo de Cambrai (1516-1517) y de Coria (1517). Su fulgurante carrera eclesiástica se vería truncada de manera imprevista. De no haber sido así, con toda probabilidad se habría convertido en Sumo Pontífice. En cualquier caso, su designación para la cátedra toledana, pese a que apenas contaba con diecinueve años, provocó la descalificación, no exenta de hilaridad, de la sociedad castellana, nobleza incluida.

 

Su sucesor, Alonso Fonseca y Ulloa (1476-1534), no fue designado de manera inmediata hasta 1523 y sería el 24 de abril de 1524 cuando tomaría posesión de su mitra en Toledo. Con anterioridad, había desempeñado el arzobispado de Santiago de Compostela, entre 1509 y 1523. Así pues hubo un lapsus de tiempo de casi tres años en el que la diócesis de la ciudad imperial estuvo administrada por el cabildo catedralicio. Antonio Osorio de Acuña, pese a sus presiones, como en el caso de la diócesis de Palencia, jamás fue reconocido canónicamente por el Santo Padre, mucho menos por el emperador que, como es sabido, dominaba la curia vaticana a su libre voluntad.

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Mientras, en Tierra de Campos y, en particular, en Palencia, se iniciaba el rápido ocaso del movimiento comunero. Las gentes de Castilla estaban ya agotadas.


En Palencia la Comunidad ya estaba organizada y consolidada políticamente, debido a la ingente tarea y diligencia efectuada por el indómito y radical obispo comunero. Su estructura se articulaba en torno a un ayuntamiento y una diputación de guerra. Constaba de dos regidores, dos diputados y tres vecinos elegidos por las parroquias, inicialmente, para después incrementarse el número de diputados. Entre ellos destacaban: Luis de Villegas, Gonzalo de Ayora, Pedro de Fuentes, Esteban Martínez de la Torre, Bernaldino de San Román, Robladillo 'El Viejo' o Florián de Villegas. Desde el 24 de diciembre actuaba como corregidor Antonio Vaca de Montalvo, caballero de Medina del Campo y hombre de confianza del obispo Acuña. Como alcalde se encontraba Esteban Martínez de la Torre, que era el encargado de las cuestiones judiciales. Ambos, uno y otro tomarían posesión oficial de sus cargos el 28 de diciembre de  año 1520, posteriormente nombrado alcalde mayor del adelantamiento de Castilla en Palencia (8 de enero de 1521).


Palencia, febrero 1521. Tras la marcha de Antonio Osorio de Acuña, el fervor comunero decae en Tierra de Campos por diversas y variadas razones: el cansancio y agotamiento por la prolongación del conflicto; la sangría continuada de hombres y tributos requeridos; la inseguridad manifestada en forma de robos y saqueos; por la imperiosa necesidad de soldados y tren artillero y, desde luego, por la necesidad de un nuevo capitán en jefe de unas milicias desmoralizadas.

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No podemos olvidar tampoco el ingrato recuerdo de algunos lugares de señorío castigados por las campañas del prelado de Zamora, en los que provocó saqueos, derrocamientos de murallas y actos vandálicos. Magaz (señorío episcopal del obispo de Palencia, Pedro Ruiz de la Mota); Frómista (Villa del mariscal Gómez de Benavides, casado con Elvira Manrique de Lara, hija del I conde de Paredes de Nava, Rodrigo Manrique de Lara); Tariego y Paredes de Nava (señorío del III conde de Buendía, Juan de Acuña, casado con María de Padilla); Baltanás (señorío del futuro I marqués de Aguilafuente Pedro de Zúñiga, hijo natural legitimado de Pedro de Zúñiga y Manrique de Lara, I conde de Ayamonte y II conde de Bañares) ; Cordovilla La Real (fortaleza del III conde de Castrojeriz, Rodrigo de Mendoza y de la Cerda, casado con Ana Manrique de Lara, señora de Villazopeque); Frechilla (lugar del III señor de Frechilla y II conde de Urueña, Juan Téllez Girón, casado con Leonor de la Vega y Velasco, hija del II conde de Haro, Pedro Fernández de Velasco); Fuentes de Valdepero (señorío de Andrés de Ribera II, casado con María Tello, hija de Nicolás Tello, miembro del Consejo Real); Ampudia (lugar del mariscal de Ampudia y conde de Salvatierra, Pedro López de Ayala, casado con Aldonza de Avellaneda, primero, luego con Margarita de Salauces); Torremormojón y Pedraza de Campos (señorío de los condes-duques de Benavente a través de la herencia legada por Blanca Herrera y Niño de Portugal, casada con Bernardino Fernández de Velasco, II condestable de Castilla); amén de otros lugares atacados con anterioridad a la llegada de Acuña, entre septiembre de 1520 y enero de 1521, como son Villamuriel de Cerrato (lugar de señorío episcopal); Dueñas (señorío de los III conde de Buendía); o Castromocho (señorío de los II duques de Benavente, Alonso Pimentel y Pacheco, casado con Ana de Velasco y Herrera, hija del II condestable de Castilla, Bernardino Fernández de Velasco).


Así pues, la nobleza, dadas las circunstancias, se decantó definitivamente del lado del Su Cesárea Majestad. Ya no había dudas al respecto, a lo que hay que añadir una creciente radicalización de la causa defendida por la Santa Junta. Habían pasado 10 meses desde las primeras insurrecciones –abril de 1520- y algo más de 6 desde las primeras operaciones militares.


La Comunidad de Palencia, huérfana de un líder que dirigiese sus intereses, de manera reiterada solicita a Valladolid que dispusiese las ayudas necesarias. En las misivas se subraya la enorme importancia estratégica de Palencia, amenazada desde Burgos; se hace hincapié en la amenaza que representa García Ruiz de la Mota, alcaide de la fortaleza de Magaz, con sus permanentes actos de sabotaje y golpes de mano interceptando y dificultando las líneas de aprovisionamiento de la capital; se solicitan tropas y armamento; se pide disponer de liquidez económica con cargo a las alcabalas y otros derechos reales; rechazan cualquier demanda del pago de un nuevo servicio, puesto que ya lo habían hecho al obispo Acuña; también se pide que sean satisfechos los daños provocados por los robos y saqueos y, finalmente, se exige el compromiso para que no vuelvan a ocurrir.

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Como respuesta, la Santa Junta designa como capitán general y gobernador a un distinguido caballero, Juan Hurtado de Mendoza y Tovar. Era el 16 de febrero de 1521.


Juan Hurtado de Mendoza. (1468-1523). Era el tercer hijo natural, reconocido y legitimado del Gran Cardenal, Pedro González de Mendoza (1428-1495), arzobispo de Toledo y Sevilla, Primado de España, canciller mayor de Castilla, obispo de Sigüenza, obispo de Calahorra y La Calzada, administrador de la sede de Osma, en definitiva uno de los hombres más influyentes del Reino de Castilla en el s. XV. Su madre era Inés de Tovar, dama vallisoletana. No recibió mayorazgo alguno de su padre ni titulación. Era un contino, un segundón de una gran familia, en este caso bastardo, luego reconocido legalmente.


Su esposa era Mencía de la Vega Sandoval (¿?-1523), hija de Diego de Sandoval y Leonor de la Vega, condes de Ribadavia y señores de Mucientes. Sus hijos: Catalina Hurtado de Mendoza y Beaumont de Navarra y Diego Hurtado de Mendoza y Beaumont de Navarra. Sus hermanastros, hijos de Mencía de Lemos, dama portuguesa del séquito de Juana de Portugal (1439-1475), segunda esposa de Enrique IV de Castilla (1425-1474), eran: Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza (I marqués de Cenete y conde del Cid) y Diego Hurtado de Mendoza y Lemos (I conde de Mélito y señor de Almenara).

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Por parte paterna, nieto de Íñigo López de Mendoza (1398-1458), I marqués de Santillana, conde del Real de Manzanares, XI señor de Mendoza, III señor de Buitrago y III señor de Hita, casado con Catalina Suárez de Figueroa y Orozco (1393-1456), señora de Daganzo, Fresno de Torote, Monasterio, Campillo y Las Rozas. Por parte materna, bisnieto de Lorenzo Suárez de Figueroa (1345-1409), Gran maestre de la Orden de Santiago y señor de la Torre de Monturque, y de María López de Orozco y García de Meneses, señora de Escamilla y de Santa Olalla.


Bisnieto –por parte de padre- de Diego Hurtado de Mendoza (1367-1404), almirante mayor de Castilla, X señor de Mendoza, casado en primeras nupcias con María Enríquez de Castilla, infanta de Castilla, que aportaría los señoríos de Cogolludo, Loranca de Tajuña y Tendilla. Viudo, contrajo matrimonio con Leonor de la Vega y Cisneros (1365-1432), quien aportó como dote la Villa de Carrión de los Condes y el señorío de las Asturias de Santillana, que había quedado viuda de Juan Téllez de Castilla, II señor de Aguilar de Campoo y Castañeda. Viudo, contrajo matrimonio con María Enríquez de Castilla (¿?-1388), que aportaría a su matrimonio los señoríos de Cogolludo, Loranca de Tajuña y Tendilla.


Como podemos ver formaba parte de los más notables y destacados linajes del Reino de Castilla. Su árbol genealógico se complica como consecuencia de los hijos naturales, los hijos legítimos, los diversos matrimonios y la descendencia de los bastardos de notables dignatarios eclesiásticos, algo muy habitual en la época.


Sus tíos eran: Diego Hurtado de Mendoza y Suárez de Figueroa, I duque del Infantado, II marqués de Santillana, I marqués de Argueso y Campoo, II conde del Real de Manzanares, señor de Hita y IV señor de Buitrago. Casado con Brianda de Luna y Mendoza; Pedro Lasso de Mendoza, señor del Valle de Lozoya; Iñigo López de Mendoza y Figueroa, I conde de Tendilla. Casado con Elvira de Quiñones; Mencía de Mendoza y Figueroa. Casada con Pedro Fernández de Velasco y Manrique de Lara, II conde de Haro; Catalina de Mendoza y Figueroa. Casada con Diego Gómez de Sandoval y Rojas, marqués de Denia; Lorenzo Suárez de Mendoza y Figueroa, I conde de Coruña, I vizconde de Torija. Casado con Isabel de Villandrando; Juan Hurtado de Mendoza, señor de Colmenar, El Cardoso y de El Vado; María de Mendoza y Figueroa. Casada con Per Afán de Ribera y Portocarrero, I conde de los Molares, III adelantado de Andalucía. En segundas nupcias con Francisco Fernández de Velasco y Manrique de Lara; Leonor de la Vega y Mendoza. Casada con Gastón de la Cerda Sarmiento, IV conde de Medinaceli; y Pedro Hurtado de Mendoza, señor de Tamajón. Casado primero con Leonor de Quirós, luego con Juana de Valencia.


Relacionar la lista de primos supone un galimatías de más que razonable dificultad. Junto con sus hermanastros, era uno de 'los tres bellos pecados del Gran Cardenal' -según Isabel I, la Católica- el cual estuvo profundamente enamorado de sus dos amantes. 


Algunos de sus primos eran: Íñigo López de Mendoza y Luna (II duque del Infantado); Juan de Mendoza (señor de Belaña y Valfernoso de las Sogas); Pedro González de Mendoza (señor de Castrillo de Villavega, Guardo y Tordehumos); García Lasso de Mendoza (abad de la colegiata de Santillana del Mar); Catalina de Mendoza, casada con Alonso Ramírez de Arellano, I conde de Aguilar de Inestrillas y señor de los Cameros; María Hurtado de Mendoza, casada con Diego Fernández de Córdoba y Carrillo de Albornoz, II conde de Cabra; María de Mendoza y Luna, primera esposa de Beltrán de la Cueva, I duque de Alburquerque; Ana de Mendoza, casada con Juan Pérez de Cabrera y Bobadilla, III marqués de Moya; Beatriz de Mendoza, casada con Diego de Castilla, señor de Gor; Pedro Lasso de Mendoza y Figueroa, señor del Valle del Lozoya, casado con Juana Inés Carrillo de Toledo y Sandoval, señora de Vallehermoso de Tajuña y Mondéjar; Catalina Lasso de Mendoza y Carrillo, casada con Fernández Bernal, corregidor de Toledo; Íñigo López de Mendoza y Quiñones, I marqués de Mondéjar y I conde de Tendilla; Íñigo López de Mendoza y Ribera; Juan Hurtado de Mendoza, II señor de Fresno de Torrete; Fernando de Mendoza y Carrillo, señor de Valdemanzanos; Bernardino Fernández de Velasco y Mendoza, I duque de Frías, III conde de Haro y II condestable de Castilla; Íñigo Fernández de Velasco y Mendoza, IV conde de Haro, I duque de Frías y III condestable de Castilla; Juan Fernández de Velasco, obispo de Cartagena, Calahorra y Palencia (1514-1520); Juana de la Cerda y de la Vega, señora de Muñoz, Barca y Fresno de Caracena; Luis de la Cerda y de la Vega, V conde de Medinaceli y I duque de Medinaceli; Íñigo de la Cerda y de la Vega, señor de Mieces; Beatriz de Ribera, señora de Bornos, Cañete, el Coronil, Espera, Las Agudazeras y Alcalá de los Gazules; Catalina de Ribera, casada con Pedro Enríquez de Quiñones, I señor de Tarifa; Leonor de Ribera y Mendoza, casada con Enrique de Guzmán, I duque de Medina Sidonia, IV conde de Niebla, VII señor de Sanlúcar y I marqués de Gibraltar; Catalina y Guiomar Hurtado de Mendoza y Quirós; y así hasta más de una treintena de primos miembros del linaje de los Mendoza.


Juan Hurtado de Mendoza, se alineó tempranamente junto a la Comunidad. El 26 de octubre interviene en el intento de traslado de la reina Juana I, a instancias de Valladolid ante la Santa Junta, reunida en Tordesillas. En diciembre de 1520 ya ostenta el rango de capitán comunero, teniendo bajo su mando a quinientos hombres. Su claro posicionamiento, le llevó a ser incluido en la lista de traidores al rey señalados en el edicto real de Worms (17 de diciembre de 1520). Posteriormente, finalizada la contienda, sería exceptuado del Perdón General, o Perdón de Todos los Santos (1 de noviembre de 1522), proclamado por el emperador en Valladolid. Para entonces ya había sido condenado a muerte por el Consejo Real.


El 5 de febrero de 1521, participa en la toma del castillo de Mucientes, junto a Juan de Padilla, de la que se haría cargo. No cumpliendo el encargo de la Junta de proceder a su derrocamiento. La fortaleza era propiedad de Francisca de Sarmiento (1478-1528) II condesa de Ribadavia, casada con Enrique Enríquez de Velasco (¿?-1534), adelantado de Galicia, hijo de Alfonso Enríquez. de Quiñones (1433-1505), III almirante de Castilla y III señor de Medina de Rioseco.


La Santa Junta le insta que, en un plazo de diez días, vaya a Palencia, con un mandato sobre los concejos de las cuatro merindades, Carrión, Campos, Monzón y Cerrato. Como capitán general y gobernador, debía obtener rentas y tropas para la milicia comunera, es decir, exprimir la ya maltratada hacienda y reclutar tropa. Sus métodos fueron expeditivos, violentos y execrables, lo cual le valió una notable impopularidad entre las gentes de Tierra de Campos. El pueblo se manifestó de una forma pasiva, poco entusiasta y reticente durante su fugaz estancia.


El 22 de febrero todavía no había llegado a Palencia a cumplir su encargo, motivo por el que Esteban Martínez de la Torre reitera su llamamiento a Mendoza para que cumpla su mandato. De manera que, ante la desobediencia de los concejos, le emplaza a venir el 1 de marzo. Se convoca en asamblea a los concejos por dos veces, con un rotundo fracaso, pues el cansancio y el rechazo a proseguir la guerra habían calado entre los palentinos.


El 25 de febrero parte de Valladolid y llega a Dueñas para tranquilizar a los eldanenses. El 26 de febrero entra en Palencia. Pronto, sus medidas son recibidas con rechazo, procediendo al destierro de lo sospechosos de ser poco adeptos a la Comunidad, en especial a los canónigos de la catedral, decretando nuevos tributos y reclutando forzosamente nuevas milicias.


Ante la disidencia manifestada, inició una expedición por Tierra de Campos, como represalia por no haber enviado procuradores a las asambleas convocadas. El 18 de marzo, al mando de dos mil hombres, sale de Palencia con dirección a Carrión, pasa de largo por Becerril, Paredes de Nava y Villoldo. Carrión le abre sus puertas, mientras muchos huyen a Burgos, temerosos de sufrir represalias -entre ellos Juan de Ortega-. Allí permanece hasta el 25 de marzo, cuando se vio obligado a huir ante el clima de rebelión imperante, al tiempo que los carrioneses se resisten a entregarle la justicia y las rentas reclamadas, de todo punto impropias y exageradas. También, por ser consciente de la amenaza militar de la tropa remitida por el condestable de Castilla, al frente de la cual es enviado Luis de la Cerda, que sería muy bien recibida. Con Carrión se perdía un enclave de enorme valor estratégico.


Se retira hacia Sahagún y Villacid, sometida a saqueo. Esta actuación, salvaje y execrable, le sirvió para amedrentar e intimidar a los posibles disidentes.


El resultado de su campaña es limitado, mucho menos exitoso que la de su predecesor, Antonio Osorio de Acuña. Sirvió para acrecentar el descontento popular, no ya por los métodos empleados, sino porque el noble Mendoza no inspiraba confianza alguna entre las gentes de campos. Su crueldad quedó manifestada con la quema de casas, cosechas devastadas, aposentamientos violentos y extenuantes en su sostenimiento. Así, los jefes de la Comunidad de Palencia solicitan a la Santa Junta su destitución, demandando el envío de alguien más prudente, apacible y menos autoritario. Para recabar y contrastar la información recibida de la Comunidad de Palencia, se procede a investigar los hechos denunciados, para ello es comisionado desde Valladolid Diego de Ulloa. Era el 6 de abril, aprovechando la ausencia del belicoso comunero. Juan Hurtado de Mendoza y Tovar, retornaría a Valladolid.


Tras la derrota de Villalar, consciente de la protección que le dispensa su linaje, permanecería en Valladolid, alardeando de su afecto a la Comunidad y a favor de Francia, que había invadido Navarra. Las autoridades realistas le instan a abandonar la ciudad en reiteradas ocasiones, a las cuales desafía con su negativa. Finalmente, consciente del grave riesgo que corre su vida, se exilia en Francia, poniéndose al servicio de Francisco I (1494-1547), donde moriría en 1523. 


Juan de Figueroa y Ponce de León. El relevo al frente de la milicia comunera de Palencia no tardaría en llegar. Al frente de la misma fue designado el ilustre caballero Juan de Figueroa y Ponce de León, miembro del linaje de los Ponce de León, enfrentados con la Casa de Medina Sidonia (Juan Alonso Pérez de Guzmán (1502-1558) –descendiente de Juan Alonso Pérez de Guzmán, Guzmán, El Bueno-, VI duque de Medina Sidonia, IV marqués de Cazaza, VIII conde de Niebla y XI señor de Sanlúcar de Barrameda). 


Sus padres fueron: Luis Ponce de León Figueroa, señor de Villagarcía, y Francisca Ponce de León Ximénez, III marquesa de Cádiz. Sus hermanos: Rodrigo Ponce de León y Ponce de León, I duque de Arcos, II marqués de Zahara de los Atunes, I conde de Casares, IX señor de Marchena y VI señor de Vilagarcía; Pedro Ponce de León; Bernardino Ponce de León; García Fernández de Villagarcía; María Ponce de León; Ana Ponce de León; Sancha Ponce de León; Leonor Ponce de León y Francisco Ponce de León. Hermanastro, por casar su padre en segundas nupcias con Catalina Ribera: Leandro Alejo Ponce de León Ribera. Su madre, tras enviudar, casaría con Diego de Lira, siendo su hermanastro Diego Lira Ponce de León. Así pues, una de las casas nobiliares más ricas de Europa.


Juan de Figueroa fue el protagonista del alzamiento de la Comunidad en Sevilla (16 de septiembre de 1520), llegando a tomar los Reales Alcázares. Sin embargo, fue un golpe frustrado al día siguiente, cuando es hecho prisionero y luego puesto en libertad, debido a la notable influencia de su familia.


El 9 de abril ya se encontraba en Palencia, pero apenas sí tuvo tiempo de imponer el orden, dado que, desde Burgos, el III condestable de Castilla, Íñigo Fernández de Velasco y Mendoza (1462-1528), ya había salido de la ciudad camino de Palencia (8 de abril). Aún así, tuvo tiempo de proceder a conquistar, saquear y arrasar la fortaleza de Tariego, propiedad de los condes de Buendía. Según las reclamaciones posteriores del III conde de Buendía, Juan de Acuña, el valor de los bienes robados y de los daños ocasionados ascendía a seiscientos maravedís. Numerosos fueron los litigios interpuestos al respecto contra los vecinos de Palencia y Dueñas, por ser partícipes y protagonistas de los hechos acaecidos.


Fracasaría en su intento desesperado por conquistar de nuevo Tierra de Campos. El 15 de abril se hallaba en Becerril de Campos, después de haberla tomado el día anterior, junto a Juan de Luna y el capitán Antonio de San Román, cuando llegaron las tropas imperiales. El condestable había instalado su campamento en el camino de Mazariegos, a escasos kilómetros de distancia. Se entablaron negociaciones para su incondicional rendición y la contribución de aprovisionamientos para su ejército, pero fueron infructuosas. Los sitiados se negaron a las peticiones, De manera que se procedió al asalto y posterior saqueo, por espacio de unas tres horas. Para ello se empleó fuego de artillería (cañones, culebrinas y piezas de artillería ligera) que fue devastador. Los jefes comuneros, que se habían refugiado en la iglesia de ¿Santa María?, fueron hechos prisioneros.


Al tenerse noticia en Palencia del inminente asalto de los realistas, se envían tropas en auxilio procedentes tanto de la capital como de Dueñas, sin embargo el esfuerzo es inútil. Portaban el pendón de la ciudad al frente. Las crónicas de la época hablan de un primer grupo, integrado por mil hombres enviados desde Palencia hacia las cuatro de la tarde, y un segundo grupo, de quinientos hombres procedentes también de Palencia y ciento cincuenta peones desde Dueñas. Según parece, al llegar a Villaumbrales, la suerte estaba echada y procedieron a retornar a Palencia. In situ, en Becerril, comenzarían las ejecuciones sumarias y el saqueo in misericorde de infausto recuerdo para los becerrileños. Hay que recordar que la villa era un lugar de behetrías, es decir, sus vecinos disfrutaban del privilegio de elegir a un señor sin tener que estar obligados a un linaje determinado. En definitiva, era una villa de realengo, lo que suponía disfrutar de un régimen fiscal y jurisdiccional de mayor libertad.


 Juan de Figueroa fue trasladado a Burgos y de manera inmediata se iniciaría un proceso criminal contra él, por delito de traición. Sin embargo, se tiene constancia de su puesta en libertad en agosto de 1521, parece ser que con objeto de ser reclutado para la Guerra de Navarra. Fue exceptuado del Perdón General, aunque alcanzaría la gracia imperial en 1525. Era el principio del fin de una rápida agonía del movimiento comunero en Tierra de Campos.