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'LA BELLA DESCONOCIDA', GÉNESIS DE UN LEMA

J. M.Atienza-Fco.J.de la Cruz
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La primera vez que aparece impresa como 'Bella Desconocida' fue un año después de las festividades del VI Centenario y se debe a Matías Vielva Ramos, canónigo archivero de la catedral

Matías Vielba y Eugenio Madrigal. - Foto: AHPPA

La Bella Desconocida. Un sobrenombre tan poético y evocador como arraigado al presente y al pasado de Palencia, a la cultura popular, al arte y a la historia de nuestra ciudad. Y es que, hoy en día, no hay guía de viajes ni recurso turístico que se precie que no utilice ya este apelativo al referirse a la catedral de Palencia. De hecho, el sobrenombre ha traspasado incluso -y de qué manera-, las fronteras de nuestro país. Basta teclear en cualquier buscador de Internet las palabras The Beauty Unknown (Bella Desconocida, en inglés), La Belle Inconnue (en francés), o La Bella Sconosciuta  (en italiano) seguidas de Palencia, para darnos cuenta de que el título de Desconocida debe, definitivamente, dar paso al de Reconocida.

Pero ¿cuál es el origen del título de Bella Desconocida que ostenta la catedral?

Esta es la pregunta que, arrancado ya el mes de agosto, nos hicimos los que suscribimos este artículo. La cuestión surgió de la manera más inesperada y picó nuestra curiosidad de inmediato, así que no dudamos en ponernos manos a la obra para localizar al autor de la expresión y plasmarlo por escrito. 

Matías Vielba y Eugenio Madrigal.Matías Vielba y Eugenio Madrigal. - Foto: AHPPAPues bien, para comprender el origen de este apelativo, debemos retrotraernos, en primer término, a agosto de 1920 -hace exactamente ciento dos años-, cuando Eugenio Madrigal Villada, arcediano de la catedral de Palencia y gran estudioso de la misma, escribió las siguientes palabras en un artículo titulado El VI Centenario de la catedral Palentina, publicado en la revista La Propaganda Católica: «¿No sería de grande oportunidad y demostración de amor a nuestras tradiciones, la celebración del VI Centenario de la colocación de la primera piedra de nuestra Hermosa Desconocida, que de tal me he permitido muchas veces calificar a nuestra bellísima y rica catedral?». 

Lo que probablemente no se imaginó entonces Eugenio Madrigal Villada era que el sobrenombre de Hermosa Desconocida, pues así calificó el arcediano a la catedral en un primer momento -nombre que transmutaría más tarde a Bella Desconocida-, haría historia y acabaría convirtiéndose en marca de la casa, calando hondamente en el ideario colectivo de la ciudad.

FESTEJOS CONMEMORATIVOS. Tres meses después de aquellas declaraciones, concretamente en el mes de noviembre de ese mismo año -1920-, una noticia irrumpió de lleno en la vida pública de la ciudad. El prelado de la provincia, Ramón Barberá y Boada, había citado en el palacio episcopal a todas las personas que, por su cargo o significado para la ciudad, constituían o encarnaban los diferentes estamentos de esta. El motivo, como quizás imaginarán, iba en línea con lo expresado por el señor Madrigal tres meses atrás y no era otro que la proximidad del VI Centenario de la colocación de la primera piedra en la catedral de Palencia y la conveniencia de organizar grandes festejos conmemorativos. La convocatoria fue un éxito rotundo. Al llamamiento del prelado acudieron los gobernadores civil y militar, el presidente de la Diputación, el de la Audiencia, el alcalde, los delegados de Fomento y Bellas Artes, el exministro de Fomento, exsenadores y exdiputados, además de representantes de los diferentes sectores de la sociedad civil, empresarial, religiosa, etc... (la relación completa de asistentes puede consultarse en El Diario Palentino de 9 de noviembre de 1920).

Invitamos aquí a que detengan la lectura por un instante y recreen la escena con su mente. Imaginen las inmediaciones del palacio, cascos de caballos resonando contra el empedrado de las calles, carruajes avanzando lenta y vacilantemente desde las distintas arterias de la ciudad, levantando densas tolvaneras de polvo y orillándose al arcén para dejar paso a los vehículos a motor que ya proliferaban en la ciudad; otros invitados acudiendo a pie, luciendo sencillos hábitos o engalanados para la ocasión, empuñando bellos bastones de paseo, vistiendo sombreros de fieltro y ala rígida, todos confluyendo poco a poco desde los alrededores de la catedral y las iglesias de Santa Marina y San Pablo, auscultados bajo la atenta mirada de docenas de niños y curiosos. 

Atraviesan, poco a poco, los vestíbulos de palacio, paseando por su patio porticado y sus galerías, charlando en corrillos, aprovechando la ocasión para sacar a relucir tal o cual tema, expectantes ante lo que el prelado habría de comunicarles. Dejen aquí que su imaginación configure su propia oleografía de los hechos. 

Pues bien, volviendo a la historia, fue durante aquella convocatoria, que aglutinaba a los distintos estamentos de la ciudad, cuando el prelado y su arcediano, Eugenio Madrigal Villada, propusieron a los presentes un amplio elenco de actividades para conmemorar el VI Centenario. Entre ellas, una exposición de arte retrospectivo, una velada literaria, un certamen de trabajos relativos al desarrollo de Palencia en los siglos XIV y XV, un montaje de iluminación especial de la fachada sur y de la torre e incluso una cabalgata histórico-artística (esta última no pudo llevarse a cabo por falta de presupuesto), además, por supuesto y como no podía ser de otra manera, de solemnes festividades religiosas. 

La idea fue aceptada por rotunda unanimidad y así, tras siete meses de preparativos, el día 4 de junio de 1921, a las 12 horas del mediodía, un repique general de campanas, acompañado de un recorrido de la Banda Municipal de música precedida de gigantones, indicaba que daban comienzo las grandes festividades de conmemoración del VI Centenario de la colocación de la primera piedra de la catedral, fiestas que se prolongarían durante tres días completos y que vestirían la ciudad de gala. Pues bien, fue en una nueva intervención del arcediano Eugenio Madrigal Villada -esta vez durante el discurso de presentación de la velada artístico musical en el interior de la catedral-, que éste dijo:  «…un templo de las proporciones, grandiosidad, magnificencia y gentil belleza de nuestra actual iglesia catedral, esa Hermosa Desconocida, como me he permitido llamarla muchas veces, pero que desde ahora será ya apreciada en todo lo que vale y en todo lo que significa desde el punto de vista del arte y de la historia…»` (texto extraído del libro del VI Centenario de la S.I. catedral de Palencia, 1321 – 1921, que reproduce íntegramente el discurso del arcediano). 

La Hermosa Desconocida, primer nombre acuñado por Eugenio Madrigal Villada, pronto pasaría a ser La Bella Desconocida. No sabemos con exactitud en qué momento y de qué forma se produjo esta transformación léxica. La primera vez que aparece impresa como Bella Desconocida fue un año después de las festividades del VI Centenario y se debe a Matías Vielva Ramos, canónigo archivero de la catedral y correspondiente de la Real Academia de la Historia, en su trabajo titulado Monografía acerca de la catedral de Palencia, en el que afirmó lo siguiente: «La catedral de Palencia…, a la que Eugenio Madrigal Villada, arcediano de la catedral, ha designado con el encomiástico epíteto de La Bella Desconocida en un artículo publicado en la revista La Propaganda Católica y en el discurso pronunciado en la solemne velada literario-musical celebrada para solemnizar el VI Centenario de la colocación de la primera piedra de la misma catedral...» . 

No queda claro si Eugenio Madrigal mutó su expresión inicial de hermosa por bella o fue el propio Matías Vielva el autor de la transformación, pues las fuentes que cita este último siempre recogen la palabra hermosa y no bella, como hemos mostrado con anterioridad. Lo que sí parece claro es que la publicación de la monografía sobre la catedral, escrita por Matías Vielva, supuso la consolidación definitiva de la expresión La Bella Desconocida, así como su popularización. 

La segunda publicación que atribuye a Eugenio Madrigal la autoría del sobrenombre La Bella Desconocida tuvo lugar ocho años después de los mencionados eventos conmemorativos del VI Centenario, en un texto redactado por el propio Eugenio, publicado en la edición del Diario Palentino de 26 de octubre de 1929, en el que suscribe las siguientes palabras: «La Bella Desconocida, así se me ocurrió hace ya muchos años, llamar a nuestra hermosa catedral palentina. La frase hizo fortuna; y con ese sobrenombre suele ya citarse nuestro primer templo en las modernas guías de turismo, reparada la anterior injusticia, ya que hoy es bastante más conocido y admirado nuestro Templo de San Antolín». 

Se trata ésta de la primera ocasión en que vemos a Eugenio Madrigal utilizar la expresión bella en lugar de hermosa, que era la fórmula que siempre había utilizado anteriormente. 

Todo parece indicar que Eugenio Madrigal acuñó la expresión La Hermosa Desconocida y Matías Vielva la transmutó en La Bella Desconocida, un cambio más que justificado si atendemos a las definiciones que ofrece la RAE al respecto, la cual confiere a hermosa hasta cinco significados distintos -desde grandiosa y perfecta hasta despejada, proporcionada o incluso robusta-, pero que atribuye a bella tan solo dos, a cuál más apropiado (1. adj. Que, por la perfección de sus formas, complace a la vista o al oído y, por extensión, al espíritu. 2. adj. Bueno, excelente).

Así pues, recordemos en esta fecha a Eugenio Madrigal Villada y a Matías Vielva Ramos, a quienes debemos el hermoso apelativo que hoy es por todos conocido y que nos hace sentir, de alguna manera, siempre que lo escuchamos, como en casa.