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Acaba de morir a los 81 años de edad en el Hospital Río Carrión, don José Luis Salvador Iglesias (Cozuelos de Ojeda 21 de septiembre de 1940 — Palencia 23 de junio de 2022), un sencillo sacerdote que fue casi siempre cura de pueblo. Nacido en el seno de una familia bien numerosa, no hizo cosas extraordinarias, pero su trabajo de párroco lo realizó extraordinariamente bien. Puede ser considerado como uno de esos muchos sacerdotes que han tenido la Iglesia española y palentina, entregados a su vocación y misión en cuerpo y alma, siempre al servicio de sus fieles. Don José Luis fue querido por sus parroquianos, los últimos en Santoyo, Támara y Santiago del Val, a quienes sirvió desde 1980.


Sobre todo, fue un buen pastor del Vaticano II. Ordenado presbítero en la Fiesta de San Pedro y San Pablo de 1964, un año antes de la terminación del Concilio, el acontecimiento más importante de la Iglesia contemporánea, siempre afirmó con alegría que este bendito hecho cambió por completo su vida y modo de pensar. La fidelidad a las enseñanzas del Concilio, y a las dimanantes de él a lo largo del tiempo, ha sido en don José Luis ejemplar. Sin olvidar nunca el ejercicio pastoral cotidiano, se supo poner al día de forma permanente. Conocía perfectamente lo que debía hacer, poniéndolo en práctica con una entrega admirable y dando testimonio de una sobriedad en sus costumbres fuera de lo común.


Siempre se sintió parte del presbiterio de la Iglesia de Dios que camina en Palencia. Participó muy activamente en el Sínodo Diocesano de los años ochenta, así como en los encuentros que su arciprestazgo tenía cada mes: retiro, formación integral, sesiones pastorales. Preparaba bien las reuniones y hacía sus aportaciones de manera ajustada a la realidad.


Era un sacerdote piadoso, que asistía a los ejercicios espirituales, tenía gran devoción a la Virgen y leía literatura espiritual, para alimentar su oración personal y su acción pastoral. Realizaba con especial dedicación la celebración de la Eucaristía y la administración de los sacramentos. Durante algunos años fue capellán de las monjas de la Abadía Cisterciense de San Andrés de Arroyo. Nunca las olvidó y casi cada mes pasaba por el monasterio, para acompañarlas.


Actualmente estamos celebrando un Sínodo Universal, como quiere el Papa Francisco. Él ha participado, en la Casa Sacerdotal, donde últimamente residía, en las reuniones diocesanas de trabajo que algunos sacerdotes teníamos, para contribuir con nuestro granito de arena a las aportaciones que la diócesis desea hacer a la Iglesia Universal. 


Destacaba sobre todo que en el momento actual el sacerdote está llamado a escuchar mucho: al Espíritu, a la Palabra del Evangelio, al pueblo de Dios que se nos ha confiado, a los que viven fuera de la Iglesia, a los marginados del mundo, a los signos de los tiempos que nos ayudan a centrar nuestra tarea en beneficio de todos. 


 Le interesaba profundizar en los inicios del cristianismo y sentía predilección por Flavio Josefo, un historiador judío del siglo I de nuestra era, que es fuente primera para conocer los tiempos de Jesús de Nazaret, el Hijo humanado de Dios. Yo le adquirí: La guerra judía y le presté Las antigüedades judías, que leyó dos veces. A su cargo estuvieron los maravillosos templos de Santoyo y Támara, así como dos de los mejores órganos que hay en el mundo, poseyendo conocimientos muy precisos del románico, el gótico y de los órganos históricos.


 Estoy seguro que el Padre le ha acogido en sus brazos misericordiosos y que ahora, con la felicidad que proporciona el Espíritu, está gozando de Cristo, a quién siguió durante su vida, de María y de los bienaventurados. Querido José Luis, me hizo bien conocerte y ser tu hermano y amigo. ¡Descansa en paz!