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Ilia Galán

Ilia Galán


El barberillo palentino

26/06/2022

Acudí al Teatro de la Zarzuela para ver y escuchar El barberillo de Lavapiés, esa divertida obra de Barbieri ambientada en el Madrid ilustrado de Carlos III que, sin embargo, en algunas cosas tanto recuerda nuestros tiempos. El personaje principal, Lamparilla, es algo pillo, como muchos de ahora que sin haber apenas estudiado reciben un título y aplican sus conocimientos haciendo disparates en unos y otros: «Yo fui paje de un obispo, (...) Ahora soy barbero y soy comadrón, y soy sacamuelas y soy sangrador; peino, corto, rizo, y adobo la piel, y echo sanguijuelas.» Aunque actualmente ya pocos trabajarán con obispos, pero si continúan las reformas en los estudios habrá fontaneros que nos saquen las muelas o nos sangren e intervengan con diplomas regalados o, mejor, comprados, tal van las propuestas antieducativas nuestras. Ese personaje pillastre habla sabio de la política hispánica y la de cualquier provincia o aldea: «Pues si en España prendieran al que habla mal del gobierno,  se quedaba sin vasallos el pobre Carlos III». Y ahora nos quedaríamos sin Felipe VI, si bien en críticas al gobierno central es difícil vivir algún momento, tan empeñados en hacer mal las cosas están. Sin embargo, lo que ocurre a escala nacional también pasa a veces en lo local: «Pues aquí tenéis de España una copia y un modelo. Cuatro hombres, cuatro opiniones; si habláramos con doscientos, doscientos partidos, todos con sus ministros diversos. Sería pues necesario para estar todos contentos, que hubiera en cada familia un ministro por lo menos». De ahí que el recurso del majo sea: «Ser enemigo siempre implacable del gobierno, sea el que sea. Así gano amigos, fortuna y crédito. Como no manda más que uno, y ese… no por mucho tiempo, los restantes españoles son de mi partido; y luego, como en eso de ministros está averiado el género, y aquel que no es tonto es malo, y aquel que no es malo es pésimo; en hablando mal de todos, pero muy mal… siempre acierto». Murmuramos, criticamos, a veces con exceso, pero siempre que sea hacia el ajeno, que nosotros mismos justificados siempre nos vemos.