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«He sido cumplidor y servicial y nunca he dicho no al trabajo»

Carmen Centeno
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Qué fue de... Julián García Calleja. Hasta 2005 se ocupó de los traslados en el área de rehabilitación del Río Carrión.

«He sido cumplidor y servicial y nunca he dicho no al trabajo» - Foto: Óscar Navarro

Lleva jubilado desde el año 2005, pero no ha olvidado ni la técnica ni la maña a la hora de pasar a un enfermo de la cama a la camilla o a la silla de ruedas, de levantarle o acostarle con una grúa o de echar una mano a los fisios en rehabilitación. «Cuando voy por la calle y veo a alguien que va mal sentado en la silla o que no coloca bien las piernas, me acerco y se lo digo; le aconsejo para que esté más cómodo y no se haga daño. No me deja la condición». Lo reconoce, de igual forma que se confiesa activo, inquieto y dispuesto siempre a ayudar. Porque es su carácter, porque se encuentra bien de salud y en buena forma física y porque sabe mucho más de trabajar y de estar ocupado que de no hacer nada.

Aprendió muy joven el valor de la disponibilidad y, desde entonces, lo ha venido poniendo en práctica. «Mi padre estaba enfermo y a los 14 años tuve que buscar trabajo para ayudar a la economía familiar. Lo encontré de peón de albañil y por la noche seguía estudiando», rememora, para añadir, a renglón seguido, que era «incansable». Lo había sido para jugar en la calle cuando era un niño y siguió siéndolo cuando tuvo que arrimar el hombro. Quizá no fuera lo más adecuado para un adolescente, pero era lo que había que hacer.

«A los 16 cogí la maleta de cartón y me fui a Bilbao, a trabajar en una fábrica haciendo tornillos, pero lo mío era la albañilería y a los seis meses empecé en una obra».  Aquella experiencia laboral fuera de casa no le asustó, de igual modo que nunca le ha echado para atrás la carga de trabajo, por grande que fuera. Lo que no le gustaba tanto era que en el bar todos presumieran de ser albañiles de primera y, luego, en el tajo no lo fueran tanto.

Y es que él no sabía estar mano sobre mano; de hecho, llegó a trabajar en siete obras a la vez, además de trabajar como celador en el hospital de Cruces.

un cambio significativo. A Julián García Calleja (Rágama, Salamanca, 1940), le tocaron los inicios de la banda terrorista ETA. «He visto cosas muy fuertes y alguna barricada me tocó quitar, obligado por la Policía; así que yo, que lo único que quería era trabajar en paz, en cuanto pude pedí el traslado y me vine para acá», comenta. 

La razón de no irse a su localidad natal fue que su novia y más tarde esposa, a la que había conocido en el Centro Leonés de Bilbao donde ella trabajaba, es de Cisneros. «Tenía allí a sus padres», apostilla. Su incorporación al hospital Río Carrión fue para él un cambio significativo. 

«Pasé de un centro donde había mil y pico camas a otro con doscientas y de un lugar donde apenas nos conocíamos entre nosotros a otro donde éramos doce celadores y un conserje», explica. A él esa familiaridad y esa cercanía le ayudaron mucho. Aunque lo que más contribuyó al buen desempeño del trabajo fue la preparación que había recibido en los distintos cursos realizados durante su estancia en Cruces. «Allí había estado tres meses a prueba y otros tres de prácticas, antes del contrato como tal», rememora. 

Añade, a renglón seguido, que todo ha cambiado mucho desde entonces. «Cuando llegué al hospital Río Carrión éramos una familia; el centro era más acogedor que ahora, que ha crecido mucho». Claro que ni aquellas circunstancias ni las posteriores ampliaciones y transformaciones del centro sanitario hasta convertirse en el actual Caupa mermaron su voluntad, sus ganas y su disponibilidad para el desempeño de las tareas cotidianas. «He sido cumplidor y servicial y nunca he dicho no al trabajo», asevera.

una máxima vital. De su boca no salieron negativas ni en el caso del trabajo hospitalario, ni en el de la albañilería. «Cuando me vine de Bilbao, seguí compaginando las funciones de celador con las de albañilería; esa ha sido mi máxima de vida, la de trabajar, trabajar y trabajar, siempre dispuesto, disponible, entregado y echando una mano a quien necesitara mi ayuda», señala.

Su destino en el Río Carrión estuvo siempre en el servicio de rehabilitación, trasladando a los pacientes que llegaban al hospital hasta el gimnasio y la piscina y ayudando a los fisioterapeutas en la medida de sus posibilidades. «Pero también fui celador de autopsias; me gustaba porque siempre he tenido interés por ver lo que hay en el cuerpo y entender su funcionamiento». Por eso, la curiosidad, el preguntar a unos y a otros, han acompañado en todo momento su vida profesional.

Y es que para Julián García Calleja, limitarse a pasar ocho horas empujando sillas de ruedas no tenía demasiado sentido si, además, no podía echar una mano donde se necesitaba o imprimir otro ritmo a ciertas tareas. «Me fijaba mucho en cómo hacían las cosas los fisioterapeutas, en los movimientos y posturas que recomendaban y por eso yo podía aconsejar a la gente cuando venía que se sentaban mal o corrían riesgos evitables», reconoce. 

Nuestro protagonista lleva a cuestas seis intervenciones quirúrgicas, pero está hecho un chaval. «Me he recuperado estupendamente de las operaciones, como de todo porque nada me sienta mal y sigo haciendo arreglos y chapuzas en casa; la verdad es que siempre he estado en buena forma física y eso ha sido una circunstancia favorable en mi trabajo», afirma.

En su trabajo, del que se jubiló en el año 2005, y en vida cotidiana. La de entonces, cuando estaba en activo, y la de ahora, que le permite organizarse la agenda con total disponibilidad. «Me levanto a las ocho de la mañana, me ocupo de las macetas, hago la compra y todos los recados que me encarga mi mujer y, por supuesto, arreglo lo que haya que arreglar en casa», explica. Julián García no está casi nunca mano sobre mano. La inacción no casa bien con su salud, con su carácter activo, con sus ganas de ayudar ni con esa máxima vital que citaba.

Es comprensible que para quien compaginó durante décadas la albañilería con el trabajo de celador,  estar sentado no sea una opción. De ahí que madrugue, que diversifique las tareas, que se tome el aperitivo con los amigos, que vaya a Cisneros todos los fines de semana y pase allí los meses de verano, que se implique social y culturalmente, que viaje a Sanxenxo de vez en cuando para disfrutar de un lugar que le encanta, o que mantenga su carácter abierto y disponibilidad intacta para lo que haga falta.

un buen balance. Julián García atesoró una vasta experiencia, un buen número de anécdotas -«me gustaba hacer pequeñas travesuras a algunos pacientes, aunque siempre con ánimo de ayudarles a sonreír, a sobrellevar la recuperación y a mejorar»- y una importante dosis de compañerismo y amistad a lo largo de su vida laboral. 

«Siempre me he llevado bien con los compañeros; de hecho, quedábamos de vez en cuando para cenar juntos», asevera. Y es que la vida social también tiene importancia en su biografía, aunque nunca le haya sobrado el tiempo libre. «Me gustaba jugar a las cartas, jugar a pelota mano y a los bolos; ir a bailar a los pueblos, sobre todo cuando sonaban los pasodobles y los valses que eran mis preferidos; o hacer excursiones», apostilla.

También ha viajado y se ha movido por media España, pero también por el extranjero y esto último le ha servido para darse cuenta de que no es preciso ir muy lejos para estar rodeado de belleza. «Recuerdo que fuimos a Venecia y nos la encontramos inundada, con malos olores en muchos de los canales, y con muy pocos servicios públicos. En España hay cosas preciosas y a veces ni nos damos cuenta de ello, no lo apreciamos como se merece».

Confiesa que echa de menos su pueblo natal, aunque de su familia allí ya solo quedan algunos primos. En cuanto a Cisneros, el de su mujer, con el que mantiene una vinculación más profunda y constante, se queja de que no haya unos urinarios públicos a los que puedan ir  los visitantes, que apenas tienen tampoco servicios hosteleros a su           disposición. 

«Tenemos una iglesia parroquial  que es preciosa y formamos parte del Museo Territorial Campos del Renacimiento, pero los visitantes no pueden tomarse un café ni hacer sus necesidades en el pueblo. El patrimonio palentino es muy rico y hay que divulgarlo, pero dotando también de servicios a los lugares donde está enclavado». Es la reivindicación de alguien que conoce bien Cisneros y no solo porque allí pasa mucho tiempo, sino porque además se ha implicado en su vida sociocultural y es miembro de las cofradías del Cristo del Amparo, del Carmen y del Santísimo. Eso conlleva participar en romerías y demás celebraciones y estar pendiente de su organización y sus necesidades. 

«También soy de la cofradía del Carmen, de Palencia capital, porque es mi barrio, y participo en sus celebraciones», añade.

Padre de dos hijos -uno de ellos ATS en el Gregorio Marañón, de Madrid, y el otro administrativo en Talavera de la Reina- y abuelo de un niño de 10 años y una niña de seis, Julián García firma un balance «feliz», cargado de vivencias positivas, abierto a los demás, con los deberes profesionales y familiares cumplidos y cargado de satisfacciones. «Creo que es buen balance y, sobre todo, sin envidias de ningún tipo hacia nadie, porque sentir envidia nos hace peores». Dicho queda.