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Carmen Arroyo

La Quinta

Carmen Arroyo


De despedidas y silencios

03/11/2022

Cuando llega el mes de noviembre y el calendario señala el Día de difuntos, cada persona tiene algún motivo para que sus sentimientos de  pérdida vuelvan a su mente y, ese dolor se renueve y sea compartido o, por el contrario, se transforme en un silencio que rememore con intensidad dolorosa, puede que en calma, la no presencia de alguien que amamos y que ya no volverá. Yo viví desde pequeña la intensidad del dolor silencioso y las lágrimas que mi abuela enjugaba con un pañuelo fuertemente apretado en su mano mientras suspiraba. Y, a mis preguntas, en Acebo, nuestro pueblo, al llevar al cementerio las flores para sus muertos, me decía que estaba triste porque había perdido dos hijos, Francisco y Jesús.
 Al primero no lo conocí. Murió ahogado en una mina de la que sacaban wolframio para los portugueses quienes luego, decían por la tierra, se lo vendían a los alemanes y que éstos, por algún motivo, lo hundían en el mar. Claro que a la luz de la lumbre se contaban tantas historias que vaya usted a saber cuál de ellas era la válida. A mi otro tío, Jesús, sí lo recuerdo pues él tenía 15 años aquel verano en el que sufrió un accidente y murió en Ciudad Rodrigo. No olvido los rasgos de su cara, porque conservo, me lo dio mi padre, tal vez por ser la mayor, un anillo que enmarca la fotografía pequeñísima de su rostro.
En estas fechas de Difuntos y de Todos los Santos  de ese mismo año 1950, vivíamos  ya en Valladolid; mis amigas iban al cementerio de El Carmen con sus padres para limpiar y rezar en la tumba de sus familiares y me hubiera gustado, cosas de niña, haber tenido a alguien en aquel lugar para llevar flores yo también. Para mí, la muerte consistía en que algunas personas se marchaban de viaje muy lejos y no regresaban. Pienso que se ocultaba el dolor para que la alegría no se borrase de nuestras vidas. Nunca fuimos a ese cementerio, tal vez porque a mi padre le quedaba lejos su tierra, donde los dos hermanos habían sido enterrados. Cuando ambas, en algunas culturas, forman una especie de simbiosis imposible de separar, es mucho más llevadero ese dolor. Quienes conservan la tradición de llevar comida a sus difuntos, unen la vida y la muerte, pienso, de modo sencillo y llevadero. Descansen en paz todos  ellos.