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Echando raíces

Jesús Hoyos
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Tiene pasión por el deporte, los viajes por el mundo y el estudio de la naturaleza. Pablo Garrido, investigador actualmente afincado en Cervera, comparte con DP sus diez lugares

Echando raíces

PASIONES Enamorado de la naturaleza y de los viajes en bicicleta y con mochila. En uno de sus últimos viajes de seis meses por Asia, conoció a su actual pareja en India. El deporte y recientemente la meditación han sido y son constantes en su vida.

 

TRAYECTORIA A lo largo de su vida se ha dedicado al estudio de la naturaleza, a entender la relación entre las comunidades de herbívoros, presentes y extintas, y la vegetación. Ha vivido en Suecia más de una década y se ha afincado recientemente en Cervera de Pisuerga, buscando en alguno de sus maravillosos pueblos un rincón de naturaleza donde echar raíces.

 

1.Arbejal. «Son los primeros recuerdos de infancia, allá por el año 1984, cuando fuimos a veranear por primera vez. Aprender a pescar, coger pájaros de los nidos trepando por muros de piedra abandonados, cosechar la hierba, meter la mano en la boca a un jato (ternero) recién nacido, y esa cercanía humana, son recuerdos imborrables».


2.El valle de Tosande. «Es un valle pequeño y muy diverso. Desde la mística y relicta Tejeda hasta sus infinitos secretos escondidos en vallejas de difícil acceso. Siempre encontrando restos de vida salvaje que te emocionan y animan a seguir aprendiendo sobre sus pobladores. Un paisaje esculpido por grandes herbívoros, primos no tan lejanos de sus hoy extintas formas de vida salvajes».


3.El pantano de Ruesga y alrededores.  «Donde aprendí, por ejemplo, a nadar a braza con mi padre a los nueve años. Donde escuché las primeras berreas y exploré solo y acompañado todos sus rincones y secretos. El roblón de Ruesga, el chozo sumergido en el bosque, sus cuevas…».


4.El Sabinar de Peña Lampa.  «Situado en Velilla del Río Carrión, es un bosque de sabina albar muy particular y único representante dentro del Parque Natural de Fuentes Carrionas. Lo he visitado en incontables ocasiones cuando estaba desarrollando el proyecto fin de carrera de Forestales, donde diseñé una senda interpretativa, poniendo en valor algunas zonas degradadas e integrando otras con nuevos usos. Parece que fue hace varias vidas».


5.Valle de Pineda y alto de Tañuga. «De marcado origen glaciar. Cuando estoy en ellos, es como si el tiempo se detuviese. No hay pasado ni futuro, solo presente. Contemplativo, pasa el tiempo hasta que el cielo viene a adornarse de mil y un luceros».


6.Chozos: el de la Espina, el de Linares y el de las Arroyacas.  «Cada uno por méritos propios. El primero, por ser un paisaje espectacular, donde uno puede contemplar una de las mas bonitas puestas de sol en compañía de esas majestuosas formaciones orográficas, tan nombradas en la Montaña Palentina: el Curavacas y el Espigüete. El segundo es como una terapia de naturaleza pura. Al sentarse en su banco de madera contemplando el paisaje, a veces, alguno de sus habitantes se muestra al paciente observador. El tercero es un pequeño paraíso en sí mismo, con su pequeña dehesa de árboles centenarios, supervivientes de aquellos bosques primarios hoy casi extintos en Europa y rodeado de bosques del más alto nivel de conservación».


7.Mirador de Piedrasluengas.  «Desde siempre, llegando en bicicleta o por cualquier otro medio, ha sido parada obligada. Contemplar la frondosidad de sus bosques, la cercanía al Peña Labra y en el horizonte, a menudo cubiertos de un manto níveo, los Picos de Europa».


8.El eremitorio rupestre de Cervera y la iglesia de San Salvador.  «Pequeñas joyas esculpidas por antiguos pobladores de estas tierras agrestes».


9.Los Llazos y la Peña Tremaya. «Un descubrimiento reciente, con las mejores vistas desde La Pernía, que esta siendo repoblado y espero siga asentando población permanente. Es un problema endémico de todo pueblo de montaña desafortunadamente».


10.El monte el Viejo, la Meji, y el Guarro. «De mi etapa como estudiante. El monte por ser lugar de esparcimiento cerca de la capital, de singular belleza en el que disfrutar de un bosque de encina y quejigo; formaciones casi extintas hoy día en tales lugares. La Mejillonera y el Guarro eran los lugares más frecuentados para aliviar la hambruna de hordas de estudiantes a precios muy asequibles».