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Esperanza a kilómetros del horror

Galena Koleva (SPC)
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Un grupo de voluntarios españoles recoge en la frontera polaca a varias familias de ucranianos en busca de una nueva vida

Recibimiento de una furgoneta con varios desplazados ucranianos en el municipio cántabro de Solórzano

Miles de ucranianos siguen huyendo de su país en busca de refugio, calor y amparo para poder olvidar el horror vivido en dos meses de conflicto armado. Svitlana, Serguéi, Lilia, Vitali... nombres ficticios que reflejan la realidad de mujeres, niños y padres, víctimas forzadas a dejar atrás su vida. Junto a ellos, historias desgarradoras de desconsuelo, muerte y destrucción que han encontrado una pequeña esperanza gracias a la solidaridad de tantos otros que, con la valentía por bandera, han conseguido devolver un poco de luz a familias que lo han perdido todo por la guerra.

Ejemplo de ese espíritu son Sinué Saiz y Daniel González, dos voluntarios cántabros que, ante su desconsuelo por el drama humanitario, decidieron recorrer miles de kilómetros para acercarse a las fronteras polacas y recoger a varios refugiados, infundándoles la ilusión de una nueva oportunidad en España.

Todo comenzó como una decisión personal y voluntaria para alquilar una furgoneta e ir a por quienes necesitasen una vía de escape, un plan que poco a poco fue llegando a más personas hasta acumular a un centenar de individuos que dieron luz a esta iniciativa privada. Así, lograron recaudar más de 12.000 euros, una cantidad que les permitió organizar dos viajes hacia Ucrania.

Dos largas travesías repletas de «miedo y mucha desconfianza» por parte de los desplazados, tal y como relatan ambos: «No saben dónde se suben. Te meten en una furgoneta y te dicen que te van a llevar. Lo más difícil es ganarse la confianza de esa gente con la mirada perdida y que no dejaba de llorar, destrozada».

Y no es de extrañar, pues al terror por los bombardeos y el miedo a abandonar sus hogares, hay que sumar la incertidumbre de los ucranianos en su camino hacia la frontera, cargados con una pequeña maleta -la mitad con comida- y muchas veces de noche, a 10 grados bajo cero. «Ellos tenían que llegar a la zona como pudiesen. Y también se tenían que fiar de quien les llevaran». Pero poco a poco, fueron ganándose su confianza, aunque no fue nada fácil. De hecho, en su primera noche, en uno de los hoteles de regreso a España, las familias eran reacias a separarse e incluso llegaron a dejar hasta cinco habitaciones libres solo por mantenerse unidos.

Preguntados por cómo consiguieron dar con ellos, explican que fue un empresario, quien, desde dentro, se encargaba de contactar con los que querían huir. De ahí, y una vez en la frontera, el reto consistía en armarse de paciencia, pues debían ir recorriendo varios kilómetros en busca de los que cruzaban, muchos sin batería en sus móviles.

Sinué y Daniel destacan especialmente el «control» en el proceso: «Nos tomaron los datos la Policía, el Ejército... para saber qué hacíamos allí». Es más, cuando acudieron a un refugio polaco en busca de gente que quisiese ir a España, «teníamos que garantizarles un trabajo». «Nosotros tenemos garantizada la manutención y la vivienda, pero no un puesto trabajo», lamentan.

Uno de los episodios que más recuerdan tuvo lugar en Polonia, cuando «sonó una alarma antiaérea». «Preguntamos qué era y dijeron que no la habían oído nunca, que deben estar probándola», cuentan sobre un riesgo en el que hasta entonces no habían pensado. Afirman haber sentido miedo, pero, entre todo ese drama humanitario, subrayan sobre todo la solidaridad y generosidad de todos los que se cruzaron en su travesía, desde hoteles, restaurantes u otros grupos, con su iniciativa. «A todo el mundo le duele en el corazón», apuntan.

Denuncia

Denuncian, sin embargo, que aún falta mucha organización por parte de los Gobiernos -aseguran que en las fronteras solo se encontraron con iniciativas privadas- y, especialmente, el tema de la burocracia, cuyos retrasos están impidiendo que algunas personas, alojadas en un albergue del municipio cántabro de Solórzano, puedan salir de ahí y llevar un día a día normal. «Esta gente está incómoda, quieren trabajar, están dispuestos a hacer lo que sea» con tal de rehacer su vida.

Dispuestos a seguir con la lucha, ellos ya están planeando un tercer viaje, para el que no descartan recurrir al avión, pues «el vuelo de Cracovia a Madrid apenas supera los 50 euros, un dinero que muchos se pueden permitir». El problema, matizan, es que allí nadie sabe nada, por lo que sería interesante tener a alguien que les pudiese informar.