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Armamento y organización militar comunera

José María Nieto Vigil
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La superioridad imperial era evidente: más organizada y disciplinada. La comunera se imponía de forma manifiesta en lo que a bocas de fuego se refiere

Armamento y organización militar comunera

Han quedado claras algunas cuestiones en relación a la Guerra de las Comunidades, en especial en lo referente a Palencia en anteriores capítulos. El conflicto no terminó con la derrota de Villalar, pues seguiría activo el foco toledano hasta febrero de 1522; no se trató de un movimiento antimonárquico, menos aún republicano, solamente contrario a los excesos iniciales del monarca y, sobre todo, al latrocinio y saqueo de sus adláteres extranjeros, verdaderos expoliadores del dinero del erario castellano; de otra parte, aunque surgió en las ciudades, sería en el campo donde encontraría mayor eco y apoyos, es decir, se desarrolló y finalizó en el medio rural; ni qué decir tiene que los procesos que siguieron a la finalización de la contienda se perpetuarían durante años, dando lugar a una implacable represión, encarcelamiento, exilio y ajusticiamiento de muchos comuneros; o, por añadir alguna otra cuestión, Palencia se convirtió en el corazón de la Comunidad en Tierra de Campos.


Mucho se ha escrito sobre este conflicto acerca de sus protagonistas, sobre las interpretaciones políticas de la causa defendida, acerca de los acontecimientos y enfrentamientos militares, incluso se han vertido ríos de tinta en relación a la composición social de las gentes que apoyaron y se levantaron en armas contra su rey, sin embargo, se ha escrito mucho menos sobre asuntos tales como el papel de la mujer en el movimiento, o sobre la organización militar y el armamento utilizado. Precisamente sobre esta cuestión es sobre la que trata el presente reportaje.


 ¿Cómo estaba organizada la Comunidad desde el punto de vista castrense? ¿Eran los comuneros unos desarrapados y mal pertrechados milicianos, casi bandidos y saqueadores, como se ha apuntado? ¿Con qué armas afrontaban su órdago al omnímodo poder real, luego imperial? Dejemos claro desde el principio que el análisis se debe efectuar con la mirada puesta, para una mayor garantía histórica, en que el enfrentamiento librado no puede ser valorado con la perspectiva de hoy. Sería un gravísimo error, trasladable a otros aspectos susceptibles de ser analizados y estudiados. 

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Señalemos que, desde el punto de vista militar, hasta comienzos de febrero de 1521 la balanza estaba del lado de la Comunidad. A partir de entonces, se iniciaría un rápido declive, debido, sobre todo, a la prolongación de un conflicto que demandaba ingentes cantidades y recursos económicos para sostener a la tropa comunera. El pago de la soldada, pertrechar de armas al ejército y mantener a la milicia, eran cuestiones cada vez más difíciles de poder afrontar. Por otra parte, el acantonamiento de las compañías en las diferentes localidades en las que se hallaban, generaba un coste y una presión económica añadida sobre las gentes de aquellos lugares, cada vez más incómodas y menos dispuestas a sufragar la manutención de los sublevados.


Las armas de las que disponían los comuneros eran las mismas que las que utilizaban los realistas, tanto del tren artillero como del armamento que presentaba la infantería. Las explicaciones son varias: la Comunidad había tomado los arsenales de las ciudades donde la rebelión había triunfado, destacando las piezas cobradas en Medina del Campo; se interceptaban los convoyes de armas procedentes de Alemania y los Países Bajos, desembarcados en los puertos de Fuenterrabía y Bilbao, sobre todo, con destino a Burgos, empresa de la que se ocupó el conde de Salvatierra y mariscal de Ampudia, Pedro López de Ayala (1485-1524), que ya se había sumado a la Comunidad en septiembre de 1521; pero no podemos dejar de citar la compra de armas y aprovisionamiento a través de Portugal. Sin embargo, desde el principio, y más aún al final, la superioridad de los ejércitos imperiales era evidente en tres aspectos: de una parte, en lo que a la caballería se refiere; de  otra, disponía de mandos militares más diestros y competentes, habituados a la vida castrense y a la guerra, en definitiva, más organizados y disciplinados y, finalmente, la escasa pericia artillera, por desconocimiento, de las huestes comuneras. Estos aspectos, cruciales, quedarían evidenciados en los campos de Villalar, pero también en la rapidez de desplazamiento y despliegue de tropas sobre el escenario de las operaciones bélicas. 


La superioridad comunera era manifiesta en lo que a bocas de fuego se refiere, es decir, piezas de artillería que, en no pocas ocasiones, resultarían ineficientes, como quedó patente en el intento fallido de toma del castillo de Alaejos, por parte de Luis Quintanilla (¿?-1526/27), comendador de la Orden de Santiago, maestresala, corregidor y continuo, de buena voluntad pero poco hábil en el manejo de cañones. Todo un despropósito y un despilfarro de munición y armamento. 

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El enfrentamiento en campo abierto y directo -frente a frente, cuerpo a cuerpo- apenas tuvo lugar, fue excepcional, nada común. Lo habitual era sitiar ciudades y plazas para proceder a su asalto y posterior conquista; el saqueo de poblaciones de las que cobrar un botín con el que pagar a la milicia y procurar su abastecimiento de víveres; la realización de operaciones a pequeña escala de ataque y retirada rápida; proceder a dificultar las vías de aprovisionamiento del enemigo; efectuar pequeñas escaramuzas frente a frente; implementar incursiones de reconocimiento y avistamiento del movimiento de fuerzas enemigas, en definitiva, una práctica bélica que buscaba el desgaste del adversario. 


Los comuneros sufrieron enormemente el acoso realista desde las fortalezas que le eran leales, concretamente desde Magaz, Portillo y Simancas. Los comuneros hicieron lo propio en Tierra de Campos y en las Merindades, al norte de Burgos. El hostigamiento era recíproco, y las tropas se movían en función del avance o retirada del enemigo. Se procedía a la ocupación de plazas mal protegidas o abandonadas (Tordesillas, Villalpando, Cigales, Frómista,…) y se solían conquistar, al mínimo descuido defensivo, importantes fortalezas (Torrelobatón, Fuentes de Valdepero, Ampudia, Torremormojón, Villagarcía de Campos, Trigueros del Valle o  Castromocho).


Armamento y cuerpos de ejército. Artillería. Sin duda el arma más valiosa de la que disponían y les hacía superiores, a priori, sobre las mesnadas señoriales y tropas leales al rey. Cabe diferenciar entre dos tipos de cañón: 

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A) Asedio: con ellos se pretende batir blancos dentro de la vista del artillero. Solían fabricarse de bronce o hierro. Empleaban munición de hierro de hasta treinta libras de peso (13,608 Kg.). También eran habituales los cañones pedreros y las bombardas, que empleaban bolaños (bola de piedra) que pesaban entre cincuenta y treinta libras (13,608 -22,68 Kg.) y las culebrinas, mucho más ligeras, de mayor alcance de fuego y con munición de veinte libras (9,072 Kg). La serpentina era otra pieza muy utilizada entonces, de quince pies de longitud (457,2 cm) y que lanzaba obuses de 24 libras (10,886 Kg). Eran el principal tren artillero de gran tamaño. La progresiva sustitución de los bolaños de piedra por las bolas de hierro colado permitiría reducir el calibre. Tampoco podemos olvidar los llamados San Francisco, de gran calibre, muy novedosos y terriblemente destructivos, empleados en la toma de Torrelobatón, o en el asedio de Ampudia. Iban montados sobre cureñas colocadas sobre ruedas.


Existían distintos tipos de bombarda: la ordinaria; la trabuquera, de la que surgiría el mortero o el pedrero; el pasavolante, más larga y de menor calibre; la cerbatana y el falconete. Todas ellas fueron usadas contra personas. El falconete era un cañón pequeño, de calibre entre 5 y 6 centímetros, que disparaba bolas de hierro macizo o de arcabuz. Era un arma de retrocarga, de 400 kilos y de un alcance de hasta mil metros. La cerbatana era de pequeño calibre, semejante a la bombarda, de entre 20 y 40 centímetros de diámetro y cuya longitud no llega a 12 calibres. El pasavolante fue muy utilizado en el s. XV, también denominado merlina mayor. Equivalía a media culebrina y era considerada pieza de artillería de mediano calibre. Su peso podía alcanzar los 1.840 kg. y lanzaba bolas de hasta 18 onzas (5 kilos).


Era un armamento calificado como cañones de batir, o sea, piezas que por su calibre resultaban ideales para la destrucción de emplazamientos fortificados. Las armas de bronce, hasta el s. XVII fueron más empleadas que las de hierro, pese a su elevado coste, pues ofrecían mejores condiciones en cuanto a fiabilidad y menor peso, pero sobre todo por la mayor resistencia de su alma, dado que no sufría especial erosión a consecuencia del disparo. Fueron estos cañones los auténticos protagonistas de los principales episodios bélicos de la Guerra de las Comunidades. Eran tiempos en los que la artillería se estaba transformando.

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Consecuencia lógica sería la modificación, refuerzo y diseño de los emplazamientos defensivos. La poliorcética, como arte de atacar y defender plazas fuertes, cobró un definitivo impulso. Fortalezas, baluartes, bastiones o fortificaciones variarían su fisonomía ante la violenta acometida de la nueva artillería. 


B-) Artillería de campo abierto:  todos los cañones eran móviles. Junto a las anteriores piezas artilleras, poco utilizadas durante el conflicto en la lucha frente a frente, hay que añadir los sacres, que eran de pequeño calibre, un cuarto de culebrina que disparaba proyectiles de 4 a 6 libras (1,814-2,721 Kg), con variantes como la media culebrina o el sacre hispanoportugués, muy apreciado entre los siglos XVI al XIX. Se trataba de un pequeño cañón tremendamente eficiente frente a la tropa enemiga, pero de escasa contundencia en el asedio. La espingarda, algo mayor que el falconete, todavía se empleaba. Estaba compuesta por dos piezas: el fogón (llevaba la carga de pólvora explosiva), que se colocaba en la tromba que contenía un bolaño de piedra. Era de fácil manejo y movilidad, ya que era portátil. Iba fijada a una cureña sostenida por una horquilla. Su evolución la llevó a tener una culata que permitía su apoyo en el hombro.


Las piezas de artillería real intervenidas en el arsenal de Medina del Campo fueron muy importantes en número y volumen para los intereses de la Comunidad. Según Adriano de Utrecht, se perdieron: seis piezas de gran calibre -cuatro cañones y dos culebrinas-, cinco falconetes con setenta barriles de pólvora, entre 500 y 600 bolas de hierro y 30 bolaños de piedra. Una terrible pérdida que pagarían muy caro las tropas realistas en Tordesillas o Torrelobatón, por ejemplo.

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El arsenal perdido fue reemplazado por el traído desde Pamplona, o desde la frontera francesa en Navarra y Fuenterrabía, y por el que aportaban los nobles leales cuyas plazas se habían mantenido libres. La superioridad en volumen tomaba ventaja en el lado comunero, pero el manejo y destreza de uso permitía cobrar mayor fuerza en el lado realista. Cabe destacar a tres avezados y profesionales artilleros, de enorme prestigio y saber militar al servicio de Su Majestad: Diego de Vera (¿?-1523), Hernando de Vera -su hijo- y Pedro del Peso, futuro regidor abulense, junto a otros aventajados mandos y soldados fogueados en la guerra de Granada o las guerras de Berbería, entre otras. Por parte de la Comunidad, el más relevante conocedor del tren artillero era Pedro de Corrales, sin embargo, su amplia experiencia armamentística fue desaprovechada por razón de la jerarquía política que se establecía en el mando comunero.


Infantería. Estaba organizada en forma de milicia reclutada en cada ciudad levantada. La Santa Junta, sabedora de la necesidad de equipar a su tropa, consciente del mejor equipamiento realista, destinaba grandes recursos a comprar material en Vizcaya y Guipúzcoa, principalmente coseletes (coraza ligera, generalmente de cuero, también de metal), petos y escopetas.


Subsistían los espingarderos, que empleaban la espingarda, un fusil de cañón muy largo, desplazado por el arcabuz de mecha, de rueda y de rastrillo, antecesor del mosquete. Como los ballesteros, escopeteros y arcabuceros, también podían ser empleados por jinetes montados a caballo.

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El peón (infante) más habitual era el escopetero, cuya divisa era fácilmente reconocible. Llevaba anudado en el brazo izquierdo una cinta o pañuelo rojo. Solía estar equipado de escopeta (parecido al arcabuz), de menor calibre, menor potencia y similar alcance (60-70 metros), con un cañón más largo. Su munición eran balas de plomo esféricas y la pólvora -que era prendida mediante un palo con un trozo de cuerda-. Vestían coraza o coselete -formada por peto y espaldar, escarcelas, hombreras y barbote- y casco (capacete). Era el tipo característico de las tropas profesionales. 


Había ballesteros, aunque la ballesta era un tipo de arma anticuada pero habitual en la infantería de entonces. También había arcabuceros -portadores de arcabuz-, un arma de avancarga, de cañón y alcance más corto (50 metros efectivos), muy eficaz a corta distancia, en especial para perforar armaduras. No faltaban piqueros  -pertrechados con picas-, que medían 4 metros, con moharra afilada en la punta, de fácil manejo y transporte y muy útil contra las cargas de caballería. 


Muy frecuentes eran las alabardas, de 2 metros de longitud, que tienen en su cabeza de armas una punta de lanza como peto superior, una cuchilla transversal con forma de hoja de hacha en un lado y, en su lado opuesto, otro peto o punza de enganchar más pequeño. Eran empleadas para evitar las picas y como dotación de la guardia de las banderas. Las espadas armaban a los oficiales y mandos. Las había de muchos tipos según su guardamanos y longitud de hoja -algunas de más de 80 cm-. Los cascos eran el capacete y su sucesor, el morrión, de forma cónica y cresta cortante, ala ancha -abarquillada y levantada que terminaba en punta afilada por ambos lados-. Solían completar el cuadro armado los escudos, de diversa forma, tamaño y material. Las adargas eran escudos de cuero empleados por la caballería, por el contrario, la infantería los solía utilizar metálicos, muy seguros frente a las armas de fuego.


Evidentemente, cuando la situación era desesperada, o se trataba de una sublevación antiseñorial, se empleaban hachas, lanzas, dagas, cuchillería de todo tipo , o cualquier útil de labranza lo suficientemente contundentes para infringir daño al oponente. 


La movilización de soldados siguió los mecanismos de la reforma de 1496. Se pretendía alcanzar una mayor agilidad y rapidez, de manera que todo varón, en edad comprendida entre los 18 y 60 años, podía ser llamado a filas. No eran muy numerosas, al menos inicialmente, y no muy bien pertrechadas. La situación era muy desigual, por ejemplo, Segovia alcanzaría los 2.500 peones y 150 jinetes, capitaneados por Juan Bravo. También destacaron los efectivos reclutados por Valladolid, Zamora, Madrid o Toledo. Situación bien distinta a la de Soria, Burgos, León, Ávila, Salamanca, Murcia o Toro, por ejemplo, cuyas guarniciones y milicias disponibles eran mucho más discretas y mermadas de efectivos, no así de recintos amurallados. Lo mismo ocurría con la ciudad de Palencia, intimidada por la amenaza que suponía la presencia de la fortaleza de Magaz, en manos del alcaide, Garcí Ruiz de la Mota, leal a Carlos I. 


Según las necesidades del momento, dependiendo de las particulares circunstancias geográficas, o a consecuencia de la necesaria reposición de hombres por exigencias de guerra, cada núcleo afrontó el relevo y refresco de hombres con medidas diferentes. En Toledo, la Junta Local estableció que cada parroquia de la ciudad debía aportar una pieza de artillería, mientras que en los núcleos de población aledaños, se debía aportar un escopetero por cada diez varones entre las edades apuntadas anteriormente. Un caso de especial interés fue el del batallón de los clérigos del obispo de Zamora, Antonio Osorio de Acuña, entre trescientos y cuatrocientos sacerdotes que cambiaron el hábito por el uniforme militar y el cilicio por el arcabuz. Estaban bien provistos de armas y equipo de combate, dirigidos por su prelado que, a la vieja usanza medieval, vestía armadura y blandía espada. 


El desarrollo del conflicto exigió que la milicia urbana, movilizada con carácter temporal, se transformara en un ejército a sueldo, cobrando su soldada correspondiente. Esto exigió especiales esfuerzos económicos y prácticas de guerra para garantizar la provisión de fondos con los que afrontar la paga de la tropa. Así, se procedió al embargo de los impuestos reales en sus zonas de dominio, pero también al saqueo de lugares de señorío, tanto laicos como eclesiásticos (Frómista, Fuentes de Valdepero, Cigales, Castromocho, Dueñas, Villamuriel…). Tampoco faltaron medidas de carácter fiscal extraordinario, como  la imposición de nuevas exacciones, un cobro recaudado incluso de forma violenta.


El miliciano comunero, por lo general, no era un soldado al uso. Se trataba de hombres de escasa experiencia castrense y poco hábiles en el manejo de armamento. Su instrucción era escasa y su  bisoñez más que evidente en las lides de la guerra. Sí cabe destacar la aportación de tropas veteranas profesionales que ya habían luchado en el campo de batalla. Era el caso de los soldados, unos quinientos, que habían participado en la expedición de Djerba o de los Gelves, y que habían desembarcado de vuelta en Cartagena el 2 de julio de 1520, o de algunos guardias reales que habían desertado debido a los bajos salarios que percibían. Mediante un emisario, Carlos de Arellano (¿?-1553), mariscal de Castilla, señor de Ciria y Borobia, conocido como Carlos el Bermejo o el Comunero, el entonces capitán general del ejército comunero, Pedro Girón de Velasco (1477/78-1531), nombrado por la Santa Junta el 11 de octubre de 1520, negoció su incorporación al bando sublevado junto a las milicias urbanas.


El volumen de milicianos varió a lo largo del conflicto y según las circunstancias o exigencias del combate. Su cálculo es difícil y aproximado. Finalizando 1520, se estima que rondarían los 9.000 infantes y en torno a 900 jinetes; en enero de 1521, rondarían los 3.000 milicianos y 400 hombres a caballo; en febrero, alcanzarían los 6.000 soldados y 600 lanzas a caballo. En Villalar, dos meses después, contaron con 6.000 hombres, incluidos 1.000 escopeteros y 400 lanzas de caballería. Así pues, el baile de cifras depende de muchas variables difíciles de poder calcular a nivel global, en su conjunto.


 Un problema notorio, más que evidente, era la fragmentación y dispersión de los efectivos disponibles. Es decir, la autonomía de las milicias de cada ciudad o de la fortaleza en la que se acantonaban, que se solían destinar a garantizar la defensa de su población y entorno, por supuesto que para emprender operaciones de castigo a poblaciones y plazas enemigas próximas. Ocasionalmente eran convocadas con motivo de alguna operación militar de carácter general.


Caballería. Si en infantería y artillería el balance era netamente favorable, más por cuestión de número que por eficacia, a la Comunidad, en lo referente a la caballería la situación tornaba a favor de los realistas. La razón era obvia, la falta de apoyo nobiliar incapacitó notablemente a los comuneros que se vieron debilitados en cuanto a la presencia de este cuerpo de ejército entre sus huestes. Los nobles poseían caballos y jinetes que los montaran, a la sazón, vasallos y mesnadas nutridas. Ello representaba una mayor capacidad de movilidad en el ataque y el repliegue táctico.


Según la tradición, la caballería correspondía, por cuestión de orden y estamento, a los caballeros, es decir a los nobles. Se dividía en dos tipos: 


A) Caballería pesada: cuya reglamentación había sido señalada en 1503. Se refería a la de Guardas, muy activas dentro del ejército comunero. Su equipo constaba de : armadura completa, dos lanzas, espada (espada de punzar estrechada desde la empuñadura, acabada en una afilada punta de tres o más mesas -lados de la hoja-, empleada para puntear, no cortar, muy adecuada para perforar las cotas de malla y el arnés -armadura completa-, el estoque y la daga. Las protecciones de armadura también incluían los petos, arneses y armadura de los caballos. Las lanzas -así llamadas- eran los hombres de armas a caballo. Su coste y manutención era muy elevado. Durante la Guerra de las Comunidades asistiremos al capítulo final de este tipo de cuerpo de caballería. 

 

B) Caballería ligera: también conocida como hombres de armas y coraza o jinetes. Su atavío era: capacete, babera (pieza unida al casco que protegía el cuello, el mentón y la boca), quijotes (pieza que cubre el muslo), faldas, protecciones de brazos, lanza, adarga (escudo de forma alargada o de corazón, usado originalmente por los musulmanes), espada y puñal.


Las milicias urbanas, sin duda alguna, constituían el grueso de sus tropas, aunque de capacidad militar muy limitada. Pese a ello, en su desesperado intento de crear un cuerpo de caballería, tan necesario como fundamental, dada la desventaja con el bando realista en este cuerpo de ejército, se hicieron esfuerzos denodados e insistentes por conseguir reclutar jinetes. Esto les permitió contar con una caballería reducida, pero muy reforzada con las quinientas lanzas, que, se estima, incorporarían de las Guardas que se sumaron, previo pago de su soldada, a la Comunidad. No obstante, su fuerza iría mermando antes de la batalla de Villalar. Para entonces, los realistas habían conseguido rehacer y concentrar sus fuerzas, mejor equipadas, más motivadas y profesionales, espoleadas por los grandes y pequeños señores del Reino. 


Jefes y destacados capitanes. Ante la necesidad, inesperada, de organizar un ejército que canalizara las fuerzas de la milicia, la Santa Junta, establecida en Tordesillas junto a la reina Juana I, toma la decisión de nombrar de oficio, como capitán general de la Comunidad, a Pedro Girón de Velasco (1477/78-1531), III conde de Urueña, con Grandeza de España, señor de Osuna, Tiedra, Peñafiel, Frías, Briones, Frechilla, Morón de la Frontera, Archidona, El Arahal, La Puebla de Cazalla, Gelves, Olvera, Ortejícar, Villafrechós, Gumiel de Izán, Villamayor y Santibáñez. Casi nada. Que tras el desastre de Tordesillas (5 de diciembre de 1520), por su negligencia, más traición que otra cosa, sería relevado del mando. Le sustituiría, sin votación ni nombramiento oficial, por aclamación popular, como nuevo capitán en jefe, Juan de Padilla y Dávalos (1490-1521), célebre caudillo comunero e hidalgo castellano, esposo de la célebre 'leona de Castilla', María López de Mendoza y Pacheco (1496-1531). Lo sería hasta la derrota de Villalar.


Pedro López de Ayala (1485-1524), conde de Salvatierra, mariscal de Ampudia, señor de los valles de Ayala, Llodio, Arciniega, Arrastaria, Urcabustaiz, Cuartango, Orozco, Valdegovia, Morillas y Orduña, destacó con especial brillantez en las Merindades. Fue nombrado capitán general del norte de España el 26 de noviembre de 1520.


Otros jefes militares, sobradamente conocidos, fueron el de las milicias de Segovia, Juan Bravo (1483-1521); el de las de Salamanca, Francisco Maldonado (1480-1521) y su primo, Pedro Maldonado Pimentel (1490-1522); de Toledo, Pedro Lasso de la Vega y Guzmán (¿?-1554); el obispo de Zamora, Antonio Osorio de Acuña (1453-1526); de Madrid, Juan de Zapata, su hermano, Pedro de Zapata, Pedro de Laso o Rodrigo Luzón; de Medina del Campo, Luis de Quintanilla, Fernando de Bobadilla y Francisco del Mercado; de Ávila, Suero del Águila y Gómez Dávila; de Valladolid, Alonso de Saravia y Pedro de Tovar; de León, Ramiro Núñez de Guzmán; de Toro, Diego de Ulloa y Sarmiento; de Burgos, Garcí Pérez de Urrez; de Cáceres, Juan Torres Golfín; en Guadalajara, Francisco de Medina, Juan de Urbina y Diego Esquivel. En definitiva, no faltaron arrojados comuneros, erigidos en los líderes de su respectiva Comunidad, pero de igual manera hubo oportunistas que cambiaron de bando a conveniencia. El denominador común era la falta de conocimientos apropiados necesarios para la guerra. No era suficiente el entusiasmo, el valor o el compromiso.


En Palencia sería muy interesante la organización de guerra dispuesta por un experto, Gonzalo de Ayora (1466-1538), o la contribución del capitán Antonio de San Román, Bernardino de San Román, Pedro López de Calatayud, o los últimos jefes militares de la Comunidad palentina, Juan de Mendoza y Juan de Figueroa.