Editorial

Ni tan rápido ni tan fácil mientras no se regule

Diario Palentino
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En estos momentos, casi un 12 por ciento de los trabajadores palentinos utiliza la fórmula de manera ocasional, y la patronal y los sindicatos coinciden en que es algo residual

El teletrabajo o trabajo en remoto ha venido para quedarse o, al menos, es lo que viene repitiéndose casi desde el principio del estado de alarma por el coronavirus en marzo del 2020. En la actualidad es una verdad a medias, aunque es cierto que se cumplió en un altísimo porcentaje durante los meses del confinamiento domiciliario. La mayoría de las empresas obligó a sus empleados a trabajar desde casa y la práctica totalidad de los autónomos y de los llamados profesionales liberales también optó por esta modalidad. 

En muchos casos porque al no ser considerados esenciales, no podían acudir a sus sedes laborales y en otros porque, aún siéndolo, como nos sucedió a los periodistas, lo aconsejable era mantenerse alejado de los compañeros y evitar los contactos en la medida de lo posible. Frente a quienes ya llevaban tiempo utilizando esa fórmula, los recién llegados tuvieron que adaptarse a toda velocidad y dotarse de las herramientas imprescindibles, con la dificultad añadida de las reuniones de trabajo. 

Con el uso y el paso del tiempo se fueron solventando las situaciones más complicadas, aunque en el caso de la educación, con profesores, alumnos y padres confinados y enormes diferencias en cuanto a medios informáticos y telemáticos en cada familia, no hubo prácticamente ni un instante de relajación. Tampoco tuvieron mucho espacio para el descanso los sanitarios que se vieron obligados a sustituir las consultas presenciales por las telefónicas.

 En estos momentos, casi un 12 por ciento de los trabajadores palentinos utiliza la fórmula de manera ocasional, y la patronal y los sindicatos coinciden en que es algo residual. El teletrabajo exige una preparación y una formación adecuada, mayor de la que tiene la gran mayoría de los empleados, pero, además, precisa una serie de regulaciones, incidiendo especialmente en la desconexión para evitar riesgos como el de que las jornadas laborales se prolonguen sin unos límites claros o estos se difuminen a lo largo del día. Y es que, a priori, se podría caer en la tentación de pensar que el trabajo en casa favorece la conciliación porque la persona tiene más facilidad para adaptar los horarios, pero no necesariamente es cierto porque, en el lado opuesto, pueden plantearse exigencias que el empresario o el cliente consideren urgentes y obliguen a flexibilizar en exceso la disponibilidad del empleado.

Hace falta dar carácter normativo a esas nuevas relaciones laborales, de manera que se llegue a un equilibrio entre las necesidades del empresario y los derechos del trabajador; hace falta regular los costes en formación y herramientas y hace falta mejorar la accesibilidad. Así que no es tan fácil ni tan rápido ni tan bueno si no se llenan los vacíos existentes.



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